Queridos hermanos y hermanas: nos hemos reunido hoy como
Iglesia para celebrar a nuestra madre, María Santísima, recordando
su asunción al cielo. Hoy celebramos también el día de
los religiosos, quienes escucharon la voz del Señor que los invitaba
a servirlo y la siguieron sin tardanza, y alegran a la Iglesia con su vida,
acercando el amor de Dios a tanta gente.
Estamos reunidos aquí, ante la Virgen, de una manera muy parecida a como se reunía el pueblo de Dios en Jerusalén. Venían de todas partes, de muy lejos, caminaban a veces días y días para llegar a Jerusalén a celebrar la liberación, a celebrar esa maravilla que Dios había hecho con ellos al sacarlos de la esclavitud para llevarlos a la tierra prometida. Hoy, estamos viviendo algo parecido, de todos los rincones de la Diócesis hemos venido a celebrar. Pero lo que hoy celebramos es algo mucho más grande que aquello que celebraba Israel. Israel celebraba la liberación de la esclavitud en Egipto, nosotros celebramos la liberación de la muerte, del mal, del pecado y del demonio. Celebramos hoy día la llegada al cielo de María, quien se nos ha adelantado a ese lugar donde el gozo y la alegría no conocen fin.
La Asunción de María nos indica que nuestra vida es un caminar hacia la vida. Por eso los católicos, los cristianos, somos alegres, porque no caminamos hacia la muerte sino que caminamos hacia la vida. Hoy celebramos esa maravilla que se ha abierto para nosotros: la entrada al reino de la luz, de la verdad y de la paz. La imagen que escuchábamos en el libro del Apocalipsis nos ofrece esta idea portentosa: La Virgen, imagen de la Iglesia, nos espera vestida de sol, con la luna bajo sus pies y con 12 estrellas que coronan su cabeza.
María vive y nos acompaña. Esto lo confirmó de forma absoluta el Papa Pío XII, cuando declaró que la Virgen María está en cuerpo y alma en el cielo. La gente ya lo presentía, mucha gente ya lo creía, muchos ya lo conversaban, pero el Papa lo declaró como una verdad inamovible. Un sacerdote, me contaba que cuando el era jovencito el padre Hurtado lo invitó en un grupo de jóvenes a la costa de San Antonio, en esa noche en que iban a transmitir desde el Vaticano la declaración del Papa. El Padre Hurtado, alrededor de las tres de la mañana, encendió una radio a pilas, y con los jóvenes a su alrededor escucharon la transmisión; la que era en latín, por lo que el Padre Hurtado debía traducir lo que el Papa decía; y cuando el Papa declaró: “María está en cuerpo y alma en el cielo”, el Padre Hurtado cayó de rodillas y quedó largo rato en silencio, y todos los jóvenes que estaban con él se sumaron a ese silencio ¡Cómo impacto al corazón de este Santo que amaba tanto a la Virgen, un chileno que está en el cielo, esa noticia que para todos nosotros es también hoy buena noticia!
La Virgen está en el cielo y para nosotros está claro el camino que tenemos que recorrer para llegar allá. María lo anduvo, María anduvo el camino que nosotros podemos andar; ella también camina con nosotros para señalarnos el camino hacia el cielo. La Virgen nos enseña qué tenemos que hacer para llegar al lugar de la vida. María, para lograr lo que hoy tiene, escuchó la palabra Dios y la dejó anidar en su corazón. Nosotros tenemos que hacerlo también, y vivir esto en familia; tenemos que trabajar por la vida familiar; por la vida familiar impregnada de fe pasa todo lo que esperamos y que para muchos aún no llega. Sin la familia en la que vive Dios no tendremos un mundo fraterno, a pesar de los esfuerzos de los gobernantes y científicos, sin familia de Dios no tendremos un mundo mejor.
Queridos padres: esfuércense por construir hogares cristianos, hogares donde se escucha la Palabra, donde se aprende a orar, y donde la Palabra y la oración se vuelven amor, respeto, servicio y apertura a los demás. El Papa Pablo VI decía a las familias: “orando junto con sus hijos, los padres calan profundamente en su corazón”. Una mamá y un papá, o la mamá sola con sus hijos, si ora con ellos calará profundo en su corazón y dejará huellas que ningún acontecimiento posterior podrá borrar. Un niño y una niña que aprenden a rezar en su hogar, serán capaces de estar siempre de pie, pase lo que pase, de pie y caminando con el rostro levantado.
En la televisión vemos estos días los juegos olímpicos, en que compiten tantos deportistas que se han preparado por años para alcanzar una medalla; muchos corren, pero uno o dos no más ganan. Aquí, todos corremos y todos podemos ganar. Si corremos la carrera de la familia, de la escucha de la Palabra y del amor solidario, en esa carrera todos podemos alcanzar una corona, una medalla, como tan preciosamente nos dice San Pablo. ¿Qué tenemos que hacer entonces?: llenarnos de Dios como la Virgen, en la escucha atenta de la Palabra, en la Eucaristía, tenemos que trabajar por tener familias más unidas, más solidarias, más respetuosas y más orantes.
Miremos a la Virgen, ella concibió en su corazón, luego abrió los ojos para ver la necesidad de su prima Isabel. También nosotros queremos abrir los ojos para ir a apoyar a tantos hermanos que sufren la ausencia de la luz y del amor. Como en la familia de Isabel y Zacarías, en cada familia, hay una maravilla esperando nacer, hay una flor que quiere brotar. Nosotros, como la Virgen María, como iglesia Misionera, tenemos que ayudar a que esa flor brote, que esa sonrisa se dibuje, que esa paz se abra espacio en los corazones.
A nosotros nos corresponde averiguarlo y ponernos a su servicio. Queridos hermanos y hermanas, Isabel le dijo a María unas palabras que yo hoy día repito a todos ustedes: “¡Feliz tú porque has creído!”. Que la Virgen nos ayude a ser como ella, llenos de Dios, enamorados de Cristo y humildes servidores de un mundo que espera nacer. A Cristo sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.