Entonces darle gracias a Dios porque uno siente que el Espíritu de verdad guía a la Iglesia, personas providenciales para los tiempos históricos, Dios preocupado de la historia y lo que necesitamos nosotros hacer, como estuvieron nuestros hermanos Obispos, abiertos a las inspiraciones del Espíritu para hacer con prontitud lo que Dios les pedía; así que creo que es una bonita manera de retribuirle a ellos, regalándole al menos nosotros, especialmente a don Pancho hoy día un Ave María por su descanso, para que esté abrazando al Señor en el cielo y para que se le haya cumplido ese deseo que tenía tan hondo; un deseo tan grande que tenía de abrazar a su mamá en el cielo, la señora Anita, a la que quería con devoción casi; entonces recemos por el este ave María y que esta oración por el, nos comprometa a ser como él, hombres y mujeres de Dios, que son capaces de captar las hondas del espíritu y encarnarlas con prontitud, con bondad, con eficacia también.
Hay un texto del Evangelio de San Pablo, de la carta a los Romanos que nos presidirá la primera parte y después otro texto que nos presidirá en la segunda parte. Lo mío va a ser solamente poner una especie de ambiente de oración, algunos elementos que nos ablanden un poquito la mente y el corazón para disponernos a hacer bien el trabajo que el P. Mauricio ya nos enunció y que más adelante nos va a indicar más en lo concreto: “Nos acomodéis a este mundo, al contrario, transformaos y renovad vuestro interior para que sepais distinguir cual es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”; esa es la música de fondo, eso es lo que queremos pedirle hoy día precisamente al Señor, poder distinguir su voluntad con nitidez, hacer lo que él quiera.
Desde nuestro Sínodo diocesano venimos haciendo un cierto camino pastoral, orientado por qué cosa, por un deseo, de ser siempre y más una Iglesia de Talca al servicio del reino, ese es nuestro deseo, eso nos anima; hemos venido intentando hacer el querer de Dios y estamos en el momento de detención, hoy nos detenemos un momento para saber cómo vamos a seguir, queremos aconsejarnos para saber cómo vamos a seguir; es un momento necesario de sinceridad con el Señor, con nosotros y con el pueblo que servimos. Vivimos nuestra fe y nuestro servicio al Señor en la historia y lo vivimos en circunstancias que van cambiando, todos sabemos cuanto van cambiando; y hoy, van cambiando tan aceleradamente; es por eso que de diversas maneras y en diversos niveles se nos impone la pregunta: ¿Señor, qué tenemos que hacer ahora? Ya nos hemos hecho esta pregunta antes y hemos dado una respuesta que es nuestro Plan Pastoral con sus opciones. ¿Vamos a seguir igual, vamos a cambiar? ¿Seguiremos igual por inercia, por comodidad? ¿Cambiaremos por tincada? ¿Qué nos pide vivir hoy el Señor para fermentar mejor esta época y esta circunstancia con la levadura del Evangelio?, como sentimos que lo hizo don Pancho tan lúcidamente, tan humildemente y tan arraigado en Cristo ¿Qué nos pide hoy el Señor para fermentar mejor esta época, para no ponernos en el lado de los que sólo se quejan, reclaman y critican, para entrar en la época e inyectarle el evangelio de Cristo?
Este ejercicio sano de preguntarnos nosotros, lo realizamos animados por fidelidad a Jesucristo, queremos ser fieles al Señor y por la certeza de que él vive y actúa en la Iglesia: “estaré siempre con ustedes, hasta que el tiempo se termine”, esa promesa de Cristo es la que nos anima, Mateo 28.
Por su encarnación hace dos mil años, Jesús, como dijimos en el CPD anterior, Jesús se asoció indisolublemente al caminar de la Iglesia en todos los siglos y en todas las culturas; Jesucristo se encarnó y se casó con todas las épocas y con todas las culturas indisolublemente, desde entonces, en todas las épocas y circunstancias el Señor ha contado con hombres, mujeres y comunidades que han sido sus amigos y que han impactado los tiempos viviendo en la lógica del Espíritu; en todas las épocas Dios ha tenido esos amigos, no ha habido en segundo de la historia donde no haya habido un Santo. Toda la historia de la Iglesia está tejida, está marcada, está iluminada en todos sus segundos por la presencia de algún santo, de alguna santa; alguien que está haciendo heriocamente el querer del Señor, eso ha pasado siempre, mujeres, hombres, comunidades que han vivido bajo el impulso del Espíritu; ellos cambiaron los tiempos inyectándoles la fuerza del Espíritu, el fruto de esa amistad con el Señor abrió siempre, aún en circunstancias muy complejas y duras, abrió siempre un espacio por el que penetró la fuerza y la vida de Dios haciéndolo todo más de Dios y, por lo tanto, más humano; eso han sido en la época nuestros santos, lo digo porque también el Papa no tiene pelos en la lengua y nos llama sí o sí que la primera prioridad pastoral siempre será para nosotros la búsqueda y el cultivo de la Santidad de vida, que nosotros busquemos la santidad.
En las circunstancias más difíciles y más oscuras ha habido esas luces que bajan del cielo y que se encarnan profundamente en la historia y la suben y la elevan a Dios que son los Santos. Recordaba estos días el mes pasado especialmente a san Maximiliano Colve, el antepasado; como en esa situación tan dura, lo digo porque a mí personalmente san Maximiliano Colve es muy importante en mi vocación, el conocer su historia, su vida, su amor a la vida, su centralidad en Cristo, su valentía, me marcó muy definitivamente y marcó a toda una generación entera, en esa situación tan espantosa de falta de todo, porque la tarea de los campos de concentración era que nadie, que nadie quedara con una gota de dignidad, esa era la idea; era barrer con la dignidad humana hasta lo más profundo, que se convencieran que simplemente eran cosas y San Maximiliano Colve, ahí entregando su vida dicen los biógrafos que cambió el clima de *** y lo cambió, no se acabó *** pero cambió, los verdugos fueron menos crueles, las ejecuciones sumarias fueron menos numerosas, cambió el clima, había algo de dulzura después de eso en una situación tan dura; esos son los santos, son encarnaciones de Cristo.
Entonces, la certeza de que Cristo es el mismo ayer, hoy siempre; la certeza de que Cristo camino con nosotros, es la convicción que mueve nuestra vida personal y eclesial. La certeza de que Cristo vive y actúa eficazmente en la Iglesia haciendo él presente el Reino de Dios, le garantiza buenos frutos a nuestro empeño, al trabajo que hacemos hoy día, porque Cristo está con nosotros, porque Cristo camino con nosotros, porque Cristo es el mismo de ayer, hoy y siempre; entonces, necesitamos unirnos a Cristo tratando de sintonizar hoy, tratando de sintonizar fino esa sintonía fina con él. Necesitamos descubrir lo que está en la mente de Cristo hoy, necesitamos descubrir que cosa está en la mente de Cristo hoy para pensarlo nosotros; nosotros queremos pensar lo que está en la mente de Cristo, quisiéramos pensarlo como Iglesia; tenemos, de hecho tenemos lo que él tuvo, tenemos el Espíritu del Señor y tenemos los pobres, los sufrientes, los encarcelados, los que han perdido cualquier tipo de libertad. En referencia Lucas 4.
Contamos con su espíritu y con los hombres y mujeres en situación de esclavitud, miseria y debilidad, allí están siempre en el camino de la Iglesia para orientar nuestro camino, nuestros esfuerzos, nuestras tareas; entonces, lo que necesitamos es hoy discernir y para eso está ese texto tan bonito de Papa Juan Pablo II que es un discurso a los Obispos de los Estados Unidos con ocasión a las situaciones tan difíciles que les ha tocado vivir.
Es preciso discernir, este ejercicio, yo estoy seguro, salvo excepciones y no quiero ser peyorativo, me incluyo, personalmente me incluyo y no por eso se acaba el peligro de que sea peyorativo pero la verdad es que este ejercicio no es común en nuestras comunidades, ustedes saben, la visita pastoral ha sido un regalo precioso, especialmente para mí, creo que en las comunidades también ha sido una cosa muy bonita y uno de los elementos que me he dado cuenta de que no están presentes y que vamos a tardar un tiempo largo y no por eso hay que desesperarse porque es un cambio de mentalidad, un cambio de cultura y también un cambio de espiritualidad; no tenemos para nada adquirido todavía como Iglesia el tema del discernimiento; actuamos todavía muy puntualmente, todos, quien más quien menos, hay lindas excepciones gracias a Dios pero actuamos ciertamente no con una actitud de discernimiento permanente; personal, lo hay me parece pero comunitario no lo he visto todavía en escena.
Es preciso discernir, no todos los entusiasmos y triunfos vienen de Dios, y no todos los fracasos y decaimientos son del mal espíritu. Esta es una experiencia secular de la Iglesia y por eso desde el principio de la Iglesia, cuando comenzó el anuncio del Evangelio, se impuso la necesidad de discernir, desde el comienzo, San Pablo pedía a los Filipenses, lo que nosotros pedimos para nosotros mismos hoy día: “pido que nuestro amor crezca cada día más en conocimiento y discreción, para que sepaís discernir lo más perfecto a fin de que seaís puros e irreprochables para el día de Cristo”. Está también en esta carta de Pablo a los Filipenses esa perspectiva escatológica del discernimiento; discernimos de cara a la eternidad.
Tenemos que tener la capacidad de poner nuestro aporte en un designio más amplio de Dios, debemos inscribir nuestros trabajos y empeños en una corriente que es anterior a nosotros, que será posterior a nosotros y que siempre es más grande que nosotros. Lo que nosotros hacemos, lo intuimos, nos zambullimos en un río que es antiguo, que tiene mucho futuro y que es muy ancho, ahí nos zambullimos, ahí incluimos nuestra navegación como Iglesia diocesana rodeada por el Espíritu.
Es preciso descubrir la voluntad de Dios que se manifiesta en signos que son posibles de ver y de leer, que son los signos de los tiempos, son esos llamados de Dios que nos hace en la historia, ahí está el tema del Papa que no lo voy a leer. Les voy a decir un texto de el Padre Hurtado en que nos invita a asociarnos a este espíritu de Cristo: “Nuestra llamada es a unirnos a Cristo para que el viva en nosotros, unirme a Cristo, dejar que su gracia se apodere de mí, que mis pensamientos, mis deseos y aspiraciones sean los suyos”; ese es el clima que ojalá reine en esta mañana en medio de nosotros, que su gracia se apodere de mí, que mis pensamientos, deseos y aspiraciones sean los suyos; que podamos decir como Pablo: “para mí la vida es Cristo”, como Tomás: “Señor mío y Dios mío”, o como Francisco de Asís: “Mi Dios y mi todo”.
Es fundamental en el discernir, la unión, la unidad y también la diversidad, y es clave por ello la fidelidad a lo que hemos recibido, por un lado, fidelidad a lo que hemos recibido pero también es clave la fidelidad a la frescura que Dios nos quiera dar en este tiempo de renovación, así podemos ser fieles a nuestra vocación, a nuestra identidad y también fieles a la historia. Hoy, hoy tenemos que preguntarnos si mantenemos, o modificamos o cambiamos las Opciones Pastorales que hemos dado para ser fieles al Señor, haciendo lo que a él le agrada, para encarnar y hacer vida hoy nuestro Sínodo Diocesano; las hemos asumido hasta ahora pensando que en este momento preciso de la historia y en nuestras circunstancias que vivimos era preciso trabajar estos aspectos, nuestras opciones; tenemos un horizonte y tenemos nuestra situación actual ¿con estás acentuaciones, podremos seguir avanzado hacía ese horizonte que hemos conocido, que el Señor nos mostró? Con las opciones que hemos tomado ¿podremos seguir avanzado en forma ordenada, orgánica, sostenida y acorde a la realidad que vivimos para tener esa iglesia que soñamos de comunión, misionera y convertida a Jesucristo?
La tarea que se
impone ante nuestra mirada es la transformación de esta sociedad, esto
exige de nosotros una mirada pobre, atenta e informada para buscar soluciones
nuevas o soluciones renovadas, para que nuestra Iglesia tenga las características
que necesita hoy. Para hacerlo bien me parece que tendríamos pedirle
algunas cosas al Señor, pedir con seriedad la ayuda del Espíritu
Santo, que lo hemos hecho, escuchar pacientemente que lo haremos, respetar
los diferentes puntos de vista y la verdad que hay en cada uno, que espero
lo hagamos y evaluar sinceramente los distintos puntos de vista que nos pueden
aclarar el propio parecer; ojalá no le busquemos “soluciones
a los demás”, sino que pensar en la oración y preguntarle
al Señor ¿qué es lo que me debería pasar para
que en este tiempo pueda yo ser y vivir como un Cristo? ¿De qué
modo atentan contra el Evangelio en mi vida las tendencias, los lenguajes,
las modas, las preguntas de hoy, que acentuar para aprovechar los influjos
benéficos de esta época? ¿Qué será bueno
fortalecer para hacer presente la experiencia de Jesús? Es preciso
hacer pasar las opciones por mi propia conciencia ¿estas opciones a
mí, personalmente me ayuda a estar en el mundo si las vivo, a estar
en el mundo transformándolo, siendo instrumento del Señor y
planificándome como persona?
Queremos precisar las metas apostólicas que nos sirvan de inspiración
en un clima de caridad y de obediencia a Dios. El Espíritu del Señor
tiene facilidades para hacerlos si es que este ejercicio lo realizamos con
sinceridad, hagamos entonces, el ejercicio de pobreza y disponibilidad comunitaria
para facilitarle al Señor que se apropie hoy de mis ideas, para facilitarle
al Señor que se apropie de mis sentimientos, mis intereses; el lugar
donde sucede esa apropiación de Cristo está en los movimientos
interiores del corazón que son básicamente dos movimientos,
los clásicos dos movimientos que los autores espirituales más
sabios en temas de discernimiento dan. ¿Dónde se radica?, donde
se radica este apropiarse de Cristo de mis sentimientos y los movimientos
de mi vida, de mi interioridad en los movimientos del corazón y que
son básicamente dos: los movimientos que promueven y entusiasman y
que normalmente llevan al cambio y a las modificaciones, gusto, alegría,
consolación cuando pensamos en las cosas y al pensarlas nos dan gusto,
alegría, consolación. Esos movimientos del corazón los
que promueven y los que detienen: producen miedo, confusión y disgusto.
El arte de discernir consiste precisamente en darle lugar a que se manifiesten esos movimientos, esos movimientos del corazón que se manifiesten y a valorarlos en profundidad; si es entusiasmo que nos sea un entusiasmo irresponsable, pasajero, de algo que simplemente me gusta y que ni siquiera he evaluado si crece y resulta; si una cosa me detiene que sea por responsabilidad y no por temor y por cobardía o por el hecho que si lo digo voy a quedar mal, en el grupo o en la asamblea.
Discernir, consiste entonces, en darle lugar para que el espíritu del Señor pueda manifestar esos movimientos y el mismo espíritu ayudarnos a ponderarlos, ver cuanto valen, cuanto pesan.
Quiero decir, y ustedes lo saben, pero creo que es bueno que lo digamos que, porque podríamos darle a nuestro ejercicio intelectual o discusión, o que las conclusiones sean exactamente las que debieron salir porque eran ocho opiniones en contra y cuatro a favor, más allá de eso que puede ser perfectible y siempre perfectible, el sólo hecho de ponernos hoy en situación de discernir es ya, es ya una purificación del corazón, por el hecho de querer hacerlo.
Es un acto de amor al Señor, el solo hecho de querer hacerlo, es reconocer, como dice hermosamente el Cardenal Martini, dice: “es reconocer que en mi vida yo estoy en diálogo con una palabra que es más fuerte que yo, eso es discernir, nos ponemos en diálogo con una PALABRA que es más fuerte que yo, que me ha creado y que me ha redimido, que me sostiene, que me guía y me acompaña”. Discernir es eso, es como Iglesia nos ponemos en diálogo con esa PALABRA que tiene toda la autoridad sobre nosotros, autoridad que le viene principalmente del amor que nos tiene y del bien que sabemos que procura para nosotros.
Entonces el sólo hecho de hacerlo hoy, digo, ya es una purificación del corazón, ya es una gracia, ya es una bendición para nuestra Iglesia diocesana, es un momento de gracia, de disponibilidad y de desapego. Cuando uno pregunta ¿qué debo hacer?, quiere decir que ya está dispuesto a hacer algo distinto o a seguir haciendo lo que está haciendo, es un momento de pobreza y así expresamos algo muy bonito, expresamos que vivimos en tiendas, que vivimos en tiendas que vamos de camino a casa, que somos peregrinos.
Finalmente, tres condiciones para que esta búsqueda sea sincera; al menos las escuchamos, las condiciones para que esta búsqueda del querer de dios sea sincera, las condiciones que el Espíritu necesita para que lo que nos dice lo escuchemos son tres, al menos tres; primero que nada la escritura, la palabra del Señor. La palabra del Señor que nos familiariza con Jesús, con su estilo de vida, con su manera de ponderar las cosas, con el misterio del padre; de alguna manera y ojalá que no muy intrincada, todo lo que nos proponemos debería estar iluminados por la palabra de Dios, ojalá lo más evidentemente posible, no es que esto de alguna manera lo dice la palabra si destacamos; un decano de la Facultad de Teología decía con mucha sabiduría que nosotros en la Iglesia no interpretamos la biblia literalmente, pero ojalá que lo intentáramos lo más literalmente posible, porque cuando no lo hacemos es cuando nos echamos la palabra al bolsillo; entonces la escritura.
Lo segundo, es la purificación de los sentidos, para este clima en que el Espíritu tenga posibilidad de hablarnos y nosotros de escuchar, la purificación de los sentidos, para no ceder, para no ceder a la comodidad ni a la sensualidad. Leía por ahí, no me acuerdo donde algo muy bonito que muchas veces, la mayoría de las veces discernir es principalmente resistir, vivir con resistencia, con perseverancia; muchas veces discernir es sinónimo de consistir, de persistir, de mantenerse en una línea. Muchas veces el afán de novedad, que los antiguos criticaban con tanta fuerza, el afán de novedad, el hambre de novedad, que nos pase hoy día también a nosotros; las noticias son casi hoy día una droga, la gente no puede vivir sin la noticia y no es que sea malo, pero vive de novedades pero sin novedad.
Entonces la escritura, lo segundo la purificación de los sentidos para no ceder a la comodidad ni a la sensualidad; y lo tercero es la ayuda de la Iglesia; lo hacemos en un ambiente eclesial, lo hacemos con criterio eclesial, lo hacemos en una corriente eclesial sabiendo que se inscribe en lo nuestro algo que, como decía antes, es más viejo que nosotros, tendrá más futuro que nosotros y es ciertamente muchísimo más amplio que nosotros. Tenemos los documentos de la Iglesia universal, las inspiraciones, las grandes inspiraciones del Concilio, tenemos tantas, tantas potentes luces, nuestro Sínodo, nuestro Plan Pastoral, las conversaciones, lo que hemos venido haciendo, enseñanzas actuales que nos resultan también más familiares.
Las condiciones entonces para que la búsqueda sea sincera y eclesial, auténtica son: escritura, purificación del corazón, de los sentidos y la eclesialidad la ayuda de la Iglesia, el apoyo de la Iglesia, el ambiente eclesial en el que realizamos la búsqueda. Entonces hagamos esta búsqueda todos juntos en ese espíritu de abandono, como hijos que confían en el Padre, como hijos que saben que el fruto de su discernimiento va a ser algo precario, el Señor siempre seguirá escandalizándonos, siempre, porque se encarnará en realizaciones precarias nuestras para que se vea que la grandeza viene de él y no de nuestras buenas ideas y de nuestras fantásticas conclusiones.
Como hijos que confían en el Padre hay riesgos pero el abandono nos dará paz y serenidad para revisar los pros y los contra de lo que se nos presentará como posibilidad esta mañana.
Para lo que buscamos, para lo que buscamos no podemos encontrar respuestas matemáticas, sólo encontraremos respuestas filiales y pobres, si lo vivimos con espíritu de fe, el querer de Dios aparecerá seguro en nuestra pobreza, siempre fue así desde el día de la encarnación en las entrañas purísimas de esa pequeña niña virgen en Nazaret, si lo vivimos con espíritu de fe, el querer de Dios, la encarnación ocurrirá. Entonces los dejo entonces con estos pensamientos por lo que nos pueda servir para que inspire el trabajo de esta mañana.