A la pregunta ¿por qué el Padre Hurtado es
Santo?, vamos a tratar de contestar con sencillez. Si después de lo
que yo diga hay alguna pregunta o hay inquietudes, ojalá que tengamos
tiempo para poder compartirlas.
El Padre Hurtado fue una visita de Dios a nuestra patria, porque a través suyo en Chile se produjo una inducción, una entrada permanente de Dios Padre, de Dios Hijo y de Dios Espíritu Santo. El padre Hurtado fue como un pedacito de cielo que se abrió y nos dejó ver en parte la gloria de Dios.
Es imposible callar su obra son proféticas, por eso las palabras de Mons. Manuel Larraín en la homilía fúnebre son profética: “Apóstol de Jesucristo, si nosotros calláramos, las piedras gritarían. No podremos acallar su voz, su obra, su presencia; la vida de Alberto ha sido la visita de Dios a nuestra patria”. Esto es muy importante de subrayarlo, porque don Manuel dijo esto el año 1952; nosotros ahora sabemos que el Padre Hurtado es santo, por la vida que ha ido desplegando, por la fe que la gente ha ido teniendo en él, por los milagros que ha hecho; pero don Manuel esto lo dijo el día en que murió el Padre Hurtado, por eso tiene mucho de profético lo que don Manuel dijo, porque don Manuel lo conocía y lo quería mucho: eran íntimos amigos.
Yo pienso que el Padre Hurtado fue como un volcán que hizo erupción en Chile y dejó marcada su geografía espiritual y social para siempre; así como los volcanes del Sur que cuando usted empieza a acercarse a sus faldas dice: “por aquí pasó un río de lava, clarísimo, hay una quebrada honda, por aquí pasó un río de lava, por acá pasó otro, modificando la geografía”. El Padre Hurtado fue eso, un volcán del amor de Dios que hizo erupción en Chile y cambió la geografía para siempre. Chile no es el mismo en su alma con Alberto que sin él. Los santos son eso, son una palabra de Dios que cambia toda geografía. La Iglesia siguió la huellas de esas lavas volcánicas, averiguó, preguntó, hizo indagaciones y concluyó: Alberto Hurtado está en el Cielo; y eso es lo que el próximo año, en el mes de mayo, Dios mediante, estaremos celebrando todos los chilenos juntos.
Quiero decir algunas palabras sobre la santidad. Trataré de no cansarlos, porque aunque es un tema muy precioso hay que tratarlo con cuidado, porque si se deforma uno se queda con una mala idea de la santidad: o que es demasiado fácil, y por lo tanto no vale la pena; o que es demasiado difícil, y tampoco vale la pena esforzarse. Hay que poner la santidad, a la que todos estamos llamado, en su punto medio.
Algunas palabras sobre la santidad: Primero, sólo Dios es Santo, es algo que está clarísimo. Él es tres veces Santo como dice el profeta Isaías, es inmenso. Dios es eterno pero quiso acercarse a nosotros por medio de Jesucristo; la santidad cristiana consiste en una sola cosa: la unión con Jesucristo; una persona es santa si se ha unido a Jesucristo, esa es la medida.
Cuando la Iglesia escucha hablar acerca de una persona de la que se está rumoreando que ha sido santo, averigua si ha vivido unida a Jesucristo en todas las circunstancias de la vida.
Dios diviniza la vida humana. Los santos, todos los santos, son muy humanos y muy divinos. El Padre Hurtado era muy humano, muy educado, muy fino. No con esa fineza de salón un poco prefabricada y artificial, el Padre Hurtado era fino de adentro, porque a cada persona con la que él se encontraba le decía, con sus gestos: “tu eres muy importante, tu vales una inmensidad”. Una persona es educada y fina de verdad cuando vive eso, cuando va por el mundo diciendo a todos los que encuentra: ¡por Dios que eres importante, te escucho, te quiero, te respeto, te felicito! El Padre Hurtado era muy humano para servir a los jóvenes un cafecito caliente o un chocolate con leche en la mañana, para llenarle las tazas diciéndoles: “otro poquito patroncito”; era muy humano en eso de estar preocupado hasta de los pequeños detalles de la vida de los demás.
La santidad es, hay que decirlo, iniciativa de Dios. Dios que se apodera de una vida normal y la va divinizando, porque un hombre y una mujer alcanzan su máxima estatura cuando alcanzan la santidad, nunca un hombre es más hombre, nunca una mujer es más mujer que cuando es santo. Dios no nos quita nada para hacernos grandes.
El Padre Hurtado decía: “Dios creó el mundo para que floreciera en él la santidad. Este es el único ideal digno del hombre, el norte de su vida, Dios nos puso en este mundo para que seamos santos, resplandor de su amor y de sus perfecciones”. Todos los miembros de la Iglesia estamos llamados a ser santos, como lo dice San Pablo en las cartas a los Tesalonicenses.
Los seres humanos pueden ser santos sólo y cuando, a través de la Iglesia, viven unidos a Jesucristo. El impacto de los santos es grande en la historia porque ser santo significa unirse férreamente a Jesucristo y, por lo tanto, dejar que el Espíritu Santo actúe a través de nuestra persona. El Espíritu Santo se dedica a ordenar todas las cosas cristianamente, el Espíritu Santo le da la inteligencia al hombre y a la mujer, que se dejan influir, para hacer que todo confluya a Cristo. Por eso un santo recoge todo lo bueno de una época y lo hace confluir hacia Jesucristo. Es lo que llaman los padres de la Iglesia la “recapitulación en Cristo”, poner todo a los pies de Cristo Jesús.
Todos los cristianos estamos llamados a la santidad, aún cuando no a la misma santidad, es decir, no todos tenemos que vivir de la misma manera la forma y el tipo de unión con Cristo, no todos tendremos también la misma plenitud de vida cristiana. Por ejemplo, en el Colegio Apostólico están la Virgen y están los Doce Apóstoles, sin embargo, la plenitud de santidad que se vio en María no es la de Pedro ni la de Juan, aunque todos fueron todo lo santo que tenían que ser. Es cuestión del tamaño del vaso, un vaso chiquito si se lo colma de agua limpia decimos que está lleno, perfectamente lleno; un vaso grande también está lleno aunque con mayor cantidad de agua; no hay dos santos iguales ¡gracias a Dios! Así es que no podemos andar los unos con otros midiéndonos la santidad, o compitiendo en el don de santidad. Eso no se debe hacer.
Así como todos los santos son distintos, todos estamos llamados a la Santidad porque todos podemos amar a Dios con toda la fuerza del corazón, con toda la mente y con toda el alma: eso es ser santo. Es fácil comprender que todos los que estamos aquí tenemos mente diferente, corazón diferente, alma diferente y fuerzas diferentes. El punto es que todos seamos lo que tenemos que ser. Creo que esto es muy fácil de entender, pero quiero redundar y gozar un poco: es muy fácil entenderlo cuando uno contempla la naturaleza, porque las criaturas naturales son totalmente obedientes a Dios, y una violeta es todo lo linda y todo lo perfecta que tiene que ser; un musgo chiquito que crece en un bosque nativo de la cordillera y que nadie ve, es todo lo perfecto que tiene que ser, y también lo es el alerce; y alerces y musgos y violetas no pelean entre sí, no se envidian mutuamente. No hay tratamiento antidepresivo para violetas que se sienten pequeñas, que yo sepa; tampoco hay cursos de humildad para los alerces que son inmensos; simplemente, ellos son lo que tienen que ser conforme a la voluntad de Dios. La santidad es un poco eso, está en los hombres y mujeres todos diversos, con capacidades distintas, útiles para varios tipos de cosas, pero cada uno en plenitud puede amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la fuerza y con toda la vida; esa es la santidad. Eso hizo el padre Alberto Hurtado durante toda su existencia.
Con razón el papa Juan Pablo II, cuando miró el horizonte del milenio que viene con toda la globalización, con todos los desafíos de la genética, de la ingeniería, de todo el tema espacial, con todos los desafíos para la familia que pareciera destruirse, con todas las preguntas que no se contestan, escribió en la Novo Millennio Ineunte que la primera tarea de la Iglesia para entrar a este milenio es la santidad; si no somos santos no tendremos nada que hacer ni decirle al mundo que viene.
Y para consuelo nuestro nos dice que la santidad no es una especie de vida extraordinaria que sólo algunos pueden practicar, como los juegos olímpicos, adonde van solamente los que tienen marcas cercanas a las mundiales; en estos juegos olímpicos podemos correr todos, y todos alcanzar medallas; no es practicable, dice el Papa, sólo por algunos genios de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno.
El Padre Hurtado dijo algunas frases que a mí personalmente me estremecen, que están en un muy buen libro que se llama “Un disparo a la Eternidad”; una persona que lee ese libro detenidamente no puede seguir igual después, si uno lee ese libro con detención algo le tiene que pasar, es un libro con temperatura, tiene calor ese libro. Allí el Padre Hurtado dice: “Hay una vida pobrísima que apenas es vida, esa vida de pecados veniales repetidos, vida pobre, vida de infidelidades a la Gracia, sordera espiritual, falta de generosidad; y hay vidas ricas, plenas, fecundas, generosas; a eso nos llama Cristo: eso es la santidad”.
Cristo quiere cristianos plenamente tales, que no cierren su alma a ninguna invitación a la Gracia; Cristo quiere cristianos que se dejen poseer por ese torrente invasor, que se dejen tomar por Cristo, que se dejen penetrar de Él, eso quiere Dios. Luego agrega: “en la medida en que se posee a Cristo, la vida puede llamarse vida”. Es una convicción que, yo diría, está escrita por puño y letra del Espíritu Santo a través del Padre Alberto Hurtado.
Esta santidad no puede ser comprendida como algo extraordinario, reservado sólo para algunos, como hemos dicho, sino para todos nosotros; los caminos de santidad son adecuados a la vocación de cada uno. Me parece que la imagen de los juegos olímpicos es muy adecuada, porque ahí algunos compiten por rapidez, por fuerza, por resistencia, por puntería, por pulso, cada uno compite por la virtud que tiene, ahí hay algo parecido a lo que es una vocación. A través de las virtudes que Dios le da a cada uno lo llama a ser algo en el mundo; al santo le pasa eso, el santo descubre todo lo que tiene que ser cuando ha encontrado a Cristo Jesús.
Los Santos cambian las épocas
Por eso el Papa cuando llama a transformar el milenio que viene, pide a todos los cristianos que demos un paso adelante en el desafío que Cristo nos propone hacia la Santidad. El Papa dice que sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética superficial, minimalista, con una religiosidad de poca hondura. Cuando uno le pregunta a alguien ¿quieres bautizarte? le pregunta en el fondo ¿quieres ser santo?
Alberto Hurtado es un chileno como tantos otros, es un chileno que amaba a su patria entrañablemente. En algunos escritos del Padre Hurtado uno se da cuenta cómo amaba a Chile, lo amaba con pasión. El Padre Hurtado todo lo hacía como con rabia, pero rabia de la buena, no de la otra que hace mal. Amaba la patria, amaba sus montañas, amaba sus ríos y amaba sobre todo a su gente. Al Padre Hurtado le gustaban las empanadas “caldúas”, le encantaban las empanadas jugosas y se reía cuando algún chiquillo estaba comiendo una empanada y le corría el jugo por el codo. Le gustaba la alegría sencilla del pueblo, gozaba y comentaba con emoción una cuequita bien zapateada; era un chileno como cualquiera, un hombre normal, un hombre que gozaba la vida, no era un hombre extraño; gozaba con las cosas pequeñas del pueblo. El Padre Hurtado fue un chileno, cristiano de verdad, que comprendió y asumió las consecuencias de ser bautizado.
Algo sobre el camino de Santidad
La personalidad del Padre Hurtado, así como la de todos los santos, fue esculpida con dos cinceles principales: La alegría y el dolor. Su vida fue una combinación de alegría y de dolor vividos profundamente en Cristo Jesús. Él siempre lo decía: “la alegría y el dolor siempre son una visita de Dios. Cuando usted tiene una alegría profunda en su corazón es que Dios lo está visitando, cuando hay un dolor profundo en su corazón es que Dios algo le quiere decir, porque el dolor calla la vida para que podamos escuchar”.
Alegría y dolor marcaron al Padre Hurtado desde pequeño, con la partida temprana de su padre el cual murió cuando él era muy niño -tendría unos cuatro a cinco años- y quedaron en la miseria, su familia perdió toda su seguridad, especialmente la económica. Además, el Padre Hurtado es hijo de una época muy convulsionada, cuando él vivió estaban muriendo 40 a 50 millones de hermanos en Europa, en la guerra Mundial; ello significó toda una generación marcada por el dolor. Alegría y dolor fueron los dos cinceles que tallaron la vida del Padre Alberto.
Su alegría brotaba de su experiencia de sentirse profunda y totalmente amado por Dios; esa era la fuente más original de su alegría. El padre Hurtado era un hombre que sentía que Dios lo amaba total y profundamente. Eso él lo capto de una manera sensacional, Dios le concedió detectarlo de una manera excepcional porque le iba a pedir también realizar tareas excepcionales. Yo subrayaría eso sobre todo, porque también a eso estamos llamados nosotros, y si uno de nosotros no descubre que es inmensamente amado por Dios no se puede entregar totalmente.
Conversaba hace poco, en una reunión que tuvimos con Carabineros, con otros Obispos sobre la seguridad ciudadana -tema muy en boga hoy día- y comentábamos que la mayoría de los violentos, la mayoría de los que destruyen, la mayoría, o casi todos, salvo patologías en casos especiales, son personas que sienten que la sociedad no los ama, a quienes la sociedad les dice “tú no eres importante, tú no vales, tú no puedes entrar a un hospital bueno, tú no puedes aspirar a una casa grande”. Si una persona no se siente amada no puede salir de sí lo mejor que tiene, la gran tarea para conseguir la seguridad ciudadana -no sé cómo se hace pero hay que hacerla- es que la gente, los jóvenes y los niños se sientan más amados, más queridos.
En el Padre Hurtado la raíz de su fuego, de su pasión, de su equilibrio interior, de su mirada tierna y compasiva, tiene que ver con eso: él se sentía profundamente amado por Dios; sentía la alegría de la amistad íntima con Jesucristo en la oración, en la Eucaristía y en la Palabra; y alegría también, hay que decirlo aunque pueda sonar un poco abstracto, de tener siempre delante de sí la conciencia y la certeza de Jesús Resucitado, del triunfo definitivo de Cristo. Alegría de encontrar a Dios por todas partes, en el cielo estrellado, en los campos de verdura, pero sobre todo la alegría de encontrarlo en las personas, en los pequeños, en los gestos solidarios, en la inocencia de los niños; alegría de estar respirando el aire de la Trinidad Santa. Esas eran las alegrías del Padre Hurtado, mucho más fuertes, sin duda, que cualquiera tristeza. El Padre Hurtado sufría mucho, pero no era triste porque sus alegrías alimentaban lo más profundo de su vida, y de ahí salían sus gestos, sus compromisos, sus búsquedas y sus luchas.
Por otra parte, ¿cuáles son los dolores que golpearon al Padre Hurtado?: el dolor del pecado y de la muerte, el dolor de ver las consecuencias del pecado y del mal que siembran en el mundo injusticia y violencia.
Dolor, porque el Padre Hurtado veía bien -los santos tienen buena vista porque ven con los ojos de Dios- las consecuencias de la decisión torpe de preferir las criaturas al creador. El padre Hurtado sufrió como propio el dolor del padre solo y tuberculoso, el dolor de la humillación de los que para no perder su trabajo lo toleran todo; esto al padre Hurtado le dolía hasta lo más profundo del alma: tantas humillaciones, tantas esperas, especialmente de los pobres. A él lo hacía sufrir hondamente el aborto de los niños indefensos, el endiosamiento de ideas y teorías que dejan de lado al hombre, el ocultamiento del rostro de Dios entre tantas desfiguraciones, la degradación humana y la injusticia.
Los santos encarnan aquí en la tierra el dolor de Dios por el sufrimiento de sus hijos, porque para Dios todos somos hijos únicos y amados. Los santos encarnan el dolor de Dios por el sufrimiento de los hijos, y Alberto Hurtado fue un santo.
El Padre Hurtado es santo porque hizo suyo el sentimiento de Cristo y se mantuvo férreamente unido a Él en todas las circunstancias de la vida. El Padre Molinai, que es un Jesuita que llevó la causa de la beatificación, cuando alguien le preguntó ¿por qué el Padre Hurtado es santo? contestó: “el Padre Hurtado es santo porque lo que creía lo vivía”. Él creía que en el pobre vivía Cristo, el creía eso y lo vivía.
La Iglesia, que es sabia, ha establecido al menos dos criterios para decidir si la vida de una persona es o no santa. El primer criterio toma en cuenta el testimonio del pueblo creyente, porque el pueblo de Dios tiene al Espíritu Santo y el Espíritu Santo da una sabiduría a los fieles para olfatear, para darse cuenta cuando hay algo que hace bien, que es de Dios, que atrae. Entonces, lo primero que la Iglesia mira es eso.
Daré un ejemplo, y espero no herir a nadie, en Talca hubo un sacerdote que fue un hombre muy de Dios, muy bueno, que vivió en el siglo XIX, que se llamó don Fortunato Berríos. Cuando lo desenterraron encontraron que su cuerpo se hallaba incorrupto, y algunos pensaron que eso era un signo de santidad, pero hasta ahora la Iglesia no ha iniciado siquiera un proceso de beatificación, y es porque el pueblo de Dios no se ha pronunciado: no hay romerías, no hay jóvenes que vayan a visitarlo, hay un silencio en esas voces. Pongo este ejemplo con mucho cariño, porque don Fortunato fue un gran sacerdote, y muy probablemente Dios dispondrá que más adelante algo pase y crezca la devoción.
El segundo criterio es la vivencia de las virtudes cristianas en forma heroica. La Iglesia necesita demostrar que esa persona, además de que el pueblo de Dios se acerca a su tumba, la invoca, la imita, tiene imágenes de ella, la pone como un modelo, en su vida fue heroica en la fe, heroica en la esperanza y heroica en el amor, en la caridad y en la solidaridad. Por eso el Padre Hurtado obtuvo aplausos en la persona que estaba más interiorizada en el tema, el Santo Padre, cuando declaró sus virtudes heroicas. Después de averiguar y conocer los testimonios, después de ver cómo reacciona la gente, luego de saber lo que hizo, cómo lo hizo, cuán profundo caló en los corazones, nosotros podemos decir que el Padre Hurtado vivió en forma heroica la fe, la esperanza y la caridad.
Para el Padre Hurtado la Vida de la gracia era la primera aspiración de su alma, estar en Dios, tener a Dios, vivir la vida divina, ser templo de la Santísima Trinidad; por no perder esa Vida estuvo dispuesto a perder el ojo, la mano, su vida; la Vida divina era para él la perla preciosa, el tesoro escondido. Alberto Hurtado fue un hombre de fe que consideró la amistad con Dios como el tesoro más precioso de su vida, y que nos invita a nosotros a considerarlo así también.
Conozco
a un sacerdote, a quien quiero y le debo mucho, que conoció al padre
Hurtado. Desde que era niño sintió la inquietud por ser sacerdote,
sentía que algo lo llamaba a eso; cuando le hablaron del Padre Hurtado
tenía como 16 años y fue a verlo para conversarle sobre esta
inquietud; después de varios días lo encontró y el Padre
Hurtado le concedió veinte minutos –era como sacarse la lotería-,
lo tomó de un brazo y lo llevó a una capillita que hay en San
Ignacio y, abriendo la puerta, le dijo: “Fernandito, ahí en esa
cajita está el patrón, ahí está Jesucristo vivo,
converse con Él unos veinte minutos y de ahí lo vengo a buscar”.
Ese fue el primer encuentro del padre Hurtado con un joven al que no conocía,
no sabía si era masón, mormón, si tenía fe, si
era agnóstico, nada sabía de él. Sin embargo, descubrió
claramente lo que había en el alma de ese joven, porque tenía
una mirada muy penetrante. Cuando ese joven, quien hoy día es un gran
sacerdote, llegó a su casa le dijo a su madre: “acabo de estar
con un santo, mamá”.
También Monseñor Valdés, Obispo de Osorno dice: “yo
a Alberto Hurtado, cuando volvió de EE.UU. y de Bélgica, de
sus estudios, lo fui a ver celebrar misa y comprendí de inmediato que
era santo. Lo dice Mons. Valdés, que no era ningún exagerado,
más bien austero y sobrio en sus expresiones; y además Mons.
Valdés también está en camino de ser santo.
Queda claro, entonces, que respecto a la vida del Padre Hurtado hay un testimonio clarísimo del pueblo creyente; una multitud de gente humilde y sencilla ha sentido en el Padre Hurtado la presencia amorosa de Dios; también hay muchos políticos de hoy día que lo conocieron y que quedaron “marcando ocupado”, los dejó vueltos para el otro lado. Chile está lleno de gente marcada por esta lava volcánica que se les metió en el alma y los dejó moldeados para Dios. Usted conoce y yo conozco muchos de esos hombres, desde hombres muy sencillos, muy desconocidos, hasta gente importante de la política, de la economía y de otros ámbitos de la sociedad a los que el Padre Hurtado dejó marcados para siempre.
El Padre Hurtado fue heroico en todas sus virtudes, especialmente en la virtud de la fe: el Padre Hurtado creía que Dios es Dios y que por lo tanto nada debe anteponerse a su Voluntad y a su Gloria; creía que Jesucristo es el único camino para la felicidad humana, que Cristo es la única posibilidad total que tiene el ser humano de ser feliz.
Escuchen lo que decía, en breves y hermosas palabras: “progresar en esta vida es progresar en los planes de Dios, en lo eterno, en lo real, en lo verdadero”.
El Padre Hurtado, hombre de fe, creía que Jesucristo vive en la Iglesia a pesar sus dificultades. Uno escucha tantas veces a gente que se escandaliza por la iglesia, y el Padre Hurtado nunca se escandalizó de ella, la amaba entrañablemente, aún cuando la Iglesia no lo trató bien a veces; porque querer a la mamá amorosa ¿qué gracia tiene?, a una mamá que sea puros besos y abrazos ¿qué gracia tiene quererla? El Padre Hurtado amaba a una Iglesia que le opuso resistencia, que lo hizo sufrir, que le impuso pruebas injustamente. El Padre Hurtado creía que Cristo vive en la Iglesia y lo demostró amándola y obedeciéndola en forma madura y heroica. El Padre Hurtado creía que Cristo está vivo en la Eucaristía y lo demostraba con su actitud, nunca iba a una parroquia, a un templo, o a un colegio sin ir primero a saludar al Santísimo al Sagrario; lo primero que preguntaba era: “¿dónde está el Patrón?”. Cuando estaba en reuniones difíciles y con problemas muy complicados, les decía a los laicos que le ayudaban: “permiso patroncito, voy y vuelvo”, ¿y dónde creen ustedes que iba?, iba al Sagrario, se arrodillaba delante del Señor, quedaba en silencio y volvía con la claridad, con la respuesta, con la sonrisa.
El Padre Hurtado creía firmemente que Cristo está vivo en la Eucaristía, y así lo vivía, para él no era simple teoría. En esta certeza tenemos que crecer, porque nosotros somos muy pobres en eso. A veces me da pena y vergüenza, impotencia y rabia, una combinación así, por lo poco que nosotros los cristianos vivimos esta dimensión del Padre Hurtado, de aprovechar más la presencia viva de Cristo en la Eucaristía. El Padre Hurtado tenía con el Santísimo un trato muy hermoso, un trato muy de amigos, porque creía que Cristo estaba ahí; y nosotros vivimos como si no estuviera. En la Catedral nunca hemos tenido el problema de que la gente no quepa en el templo porque todos quieren venir a ver al Señor, nunca hemos tenido ese problema. Bancos llenos, supermercados llenos, farmacias llenas, todo lleno, y en el Sagrario sólo una viejecita devota.
El Padre Hurtado no era como nosotros, y en su ejemplo tendremos que crecer, por eso amaba tanto a los pobres, porque amaba intensamente a Cristo; el amor a los pobres no se improvisa, no se inventa, no se crea: el amor a los pobres nace del contacto amistoso y permanente con Cristo.
Les he contado alguna vez que cuando el Padre Hurtado iba a visitar o a buscar a niños que estaban botados en el río Mapocho, viviendo debajo de los puentes, llenos de piojos, de llagas, sucios y malolientes, invitaba a jóvenes estudiantes de humanidades, y algunos universitarios, para que lo acompañaran, se juntaba con ellos en la noche y haciendo un círculo les preguntaba: “¿cómo estuvo la oración hoy día, rezaron su rosario, visitaron a Jesucristo en el Santísimo?”. Así era el Padre Hurtado, muy claro y muy directo, sin pelos en la lengua. Si alguno le decía: “sabe Padre, hoy día tuve una prueba en la Universidad y no pude rezar, no pude leer la Palabra”, él contestaba: “no hay problema, pues patrón, usted se queda aquí, usted no va con nosotros..., lo siento mucho, si usted no ha orado usted no puede reconocer a Cristo en los pobres, y los pobres no son monos de circo para hacerse famoso uno con ellos”. Eso decía, porque entonces, como ahora, había gente que se hacía famosa con los pobres: “miren, aplaudan a esa persona, miren como está con los pobres”. El Padre Hurtado sabía eso, sabía que los pobres pueden ser también un distintivo, un premio. El Padre Hurtado lloraba frente a los pobres por tener que darles un pan, pidiéndoles perdón, esa es la vida de un Santo.
Alberto Hurtado era heroico en la fe, creía que Cristo es el único camino a la felicidad humana, que nada debe anteponerse entre nosotros y Dios, nada, ni el dinero, ni el placer, ni la política, nada; creía que Jesucristo vive en la Iglesia, creía que Cristo está en la Eucaristía, creía en la Palabra de Dios que le decía que Cristo vive en el pobre y que todo lo que hiciese al más pequeño de los suyos se lo hacía al mismo Cristo. El Padre Hurtado creía que Cristo estaba en los pobres y lo vivía, de pronto tomaba a un niñito, a un “patroncito” de los que estaban en el río, sucio, con los moquitos colgando, lleno de lagañas, lo levantaba y lo miraba con ojos muy tiernos, diciendo “Cristo, Cristo”. Una y otra vez lo repetía, con entera convicción. Alberto Hurtado era un hombre de Dios que descubrió a Cristo en los pobres, en los niños.
El Padre Hurtado creía que el amor de Cristo era la más poderosa fuerza transformadora del hombre y de la sociedad, de eso él estaba convencido, y por eso no ahorraba sufrimiento con tal de hacerlo conocer. El Padre Hurtado nunca eligió otros medios para cambiar la sociedad, nunca le hizo reverencia a otras eficacias; él creía que sólo el amor de Cristo es capaz de cambiar al hombre sin estropearlo, pasando por su libertad, respetando toda su hermosura, sus caídas, sus defectos, su historia. Eso es lo que el Padre Hurtado creía y es lo que nosotros debemos creer también.
Hombre de fe y de caridad, Alberto Hurtado vivió también en forma heroica la esperanza. La esperanza cristiana es la alegría presente, la alegría de hoy por el triunfo de mañana. Hay una frase del Padre Hurtado que la expresa muy bien: “Nuestro gran problema pues, no consiste en buscar a Dios, sino saber que hemos sido buscados y hallados por Él. Él se ha venido a instalar en nuestra casa y no quisiera salir nunca, vivir oculto en nosotros hasta la muerte y después manifestarse espléndido en nosotros mismos, y, esto cómo ensancha, aquí se funda mi alegría completa”. Son palabras preciosas, en las que realmente se revela toda la dinámica que movía la vida del Padre Hurtado: “... y después manifestarse Él espléndido en nosotros mismos, y, esto cómo ensancha”, cómo agranda el alma, cómo agranda el corazón. Esto nos evita el mal de este siglo que es la pusilanimidad, almas pequeñas que no son capaces de aceptar desafíos grandes, que no son capaces de comprometerse para toda la vida, almas pequeñas, pusilánimes; decía el Padre Hurtado: “esto ensancha el alma, esto nos hace grandes... aquí se funda mi alegría completa, contento, Señor, contento”. Ahí está la fuente original de ese caudaloso río.
El Padre Hurtado piensa que si esta vida no es más que una vida terrena, sin trascendencia, no sirve, por eso dice: “por feliz y triste que sea, carece de sentido; una vida sin después no es vida”.
Una existencia que se encierra en los límites de este mundo es indigna del hombre; para el hombre que tiene ansias, para el hombre y la mujer que tienen ansias de plenitud, una vida intrascendente no es vida, eso el Padre Hurtado lo repetía constantemente.