CHARLA SEMANAS SOCIALES P. RAFAEL VILLENA ROCO


Deseo destacar dos aspectos importantes de la personalidad del Padre Hurtado, basándome en parte en el libro de don Carlos González: “Traspasado por Dios y servidor de todos”. En primer lugar, hay que destacar al Padre Hurtado como un buscador. En general, las personas nos distinguimos entre buscadores y fugitivos, de distintas cosas: uno puede ser un buscador o un fugitivo de su propia verdad, de su propia historia; puede ser buscador o fugitivo de la realidad; puede ser buscador o fugitivo de Dios. Si uno es un buscador, seguramente la vida le va a resultar dura, va a ser siempre cercana a la cruz; pero, si es un fugitivo, va a ser siempre un fantasma, se va a confundir con su propia sombra, y las sombras son más largas que los cuerpos que las proyectan, y la sombra es ausencia de luz, y en la luz habita la verdad y la justicia. Por ello, es tan importante que en la vida seamos buscadores y no fugitivos.

El padre Hurtado me parece un hombre profundamente buscador: buscador de Dios y buscador de los pobres y de la justicia. A estos dos aspectos me voy a referir.

Don Carlos cita un poema, que al parecer al padre Hurtado le gustaba recitar y recordar: “Si me aparto Jesús de tu lado, inquieto y turbado camino a la sangre y no es mucho que gima Dios mío, también gime el río buscando la mar”. El padre Hurtado hablaba de sus búsquedas, al comienzo con bastante tormento, lo que llega a hacerle decir: “El que haya mirado a Jesús profundamente, aunque haya sido una sola vez, a los ojos, esa persona no puede seguir siendo igual”. Está haciendo así referencia al encuentro personal, el mismo que el padre Hurtado tuvo con los pobres.

Podríamos nosotros hoy día, mirando la vida del Padre Hurtado, decir con él que quien mira profundamente a los ojos a un hermano o una hermana pobre, su vida no puede seguir igual, porque son ojos transparentes, son ojos que nos pueden resultar acusadores.

El padre Hurtado tuvo esa doble experiencia: la experiencia de sentirse mirado por Dios y el encuentro profundo con otras personas, en actos y fenómenos humanos que transforman la vida.

El padre Hurtado llega a decir una cosa muy semejante a la dicha por San Pablo: “Cristo y yo somos uno”, cuando se pregunta también por los pobres y dice: “No sé quienes son, pero son míos”, asumiendo una responsabilidad muy personal, y por eso intransferible, indelegable. El problema encierra la solución, y por eso tenemos mucho que aprender como Iglesia y como sociedad del testimonio del Padre Hurtado: El problema encierra la solución, porque es en sí mismo oportunidad, el mundo nos enseña eso: a los problemas no hay que llamarlos problemas sino oportunidades; porque si sabemos mirar, seguramente descubriremos caminos nuevos.

El padre Hurtado dice que hay que buscar al Cristo completo, y eso, también para nosotros hoy día, tiene muchas implicancias: buscar en Cristo no sólo el aspecto que me gusta, el que me acomoda, o esa verdad de Cristo por la cual me siento confirmado en lo que pienso creyendo que Cristo me da la razón; debemos buscar al Cristo total: al Cristo que denuncia, que invita a transformaciones profundas, al Cristo que compromete.

“A Jesús nada se le niega y mi oración es la suya”. El Padre Hurtado llegó a una comunión tan profunda con Jesús que sentía que él no tenía ya nada que pedir; su oración era la oración de Jesús, él se ponía en el lugar de Jesús para hacer oración, y así pasaba largas horas de oración, como pasaba también largas horas de trabajo.

La figura del Padre Hurtado ha sufrido algunas deformaciones en Chile, porque las personas se han quedado con distintos aspectos de él: algunos presentan al Padre Hurtado como elevado en las nubes, y otros como un super activista, y el era, en realidad, un hombre sumamente espiritual, entendiendo esto como la vida completa y total vivida en el espíritu de Jesús, que es amor. Profundamente espiritual, y por eso profundamente comprometido.

El Padre Hurtado nos invita a “chiflarnos” por Cristo, porque a Cristo nada se le niega: “cuando se tiene a Dios hay que sacrificarlo todo, dejarse hallar por Dios, chiflarse por Cristo, déjate mirar por él, ponte en sus manos y quédate en él”. El Padre Hurtado fue un buscador de Dios, y por eso fue también un buscador de la justicia y de los pobres. Nosotros decimos que en los pobres está Cristo, que los pobres son manifestación y presencia de Cristo; el Padre Hurtado, de forma más radical, afirma que “el pobre es Cristo”, y que si queremos servir a Jesucristo tenemos que servir a los pobres, no hay otra alternativa.

El Padre Hurtado dice: “cada pobre es Cristo en persona que carga su cruz”, por eso desarrolla tan bien el conflicto existente entre caridad y justicia; darse es cumplir justicia; la injusticia causa mucho más daño que lo que la caridad puede regalar, entonces, donde termina la justicia empieza la caridad, no antes. Hay declaraciones del padre Hurtado sumamente duras respecto de los cristianos dispuestos a participar en obras de caridad pero no en obras de justicia; hay un cierto “egoísmo” en dar lo que uno quiere dar, pero no hay la misma generosidad para dar o devolver lo que corresponde, entonces hay hoy un llamado para nosotros: trabajar la correcta síntesis y relación que existe entre verdad, justicia, misericordia, perdón y caridad. Pidámosle al Señor que esto se pueda realizar entre nosotros, aunque los esquemas de sociedad que vivimos no son tan fáciles.

Plantearé algunos aspectos, inspirados en la pastoral social, en el pensamiento social de la iglesia y en torno al ejemplo que el Padre Hurtado nos va dando en este tiempo: ¿Qué significa para nosotros hoy día, para los creyentes y para los no creyentes, esa presencia de Cristo en los pobres, esa tremenda verdad de que en toda persona hay un prójimo, hay un hermano, un semejante? Para percatarnos de esto no es necesario la fe, para esto basta pertenecer al mismo género humano y ser consciente de ello; entonces, el trabajo que podemos desarrollar con los no creyentes me parece que es muy importante.

La Iglesia ya no es la única mesa que convoca, hoy día son muchas mesas, ¡gracias a Dios! La Iglesia sigue teniendo autoridad, a pesar de todo lo que va ocurriendo, que experimentamos con dolor pero que no nos quitan la fe; nuestra fe está puesta en Dios, y creemos también en la Iglesia y la queremos, aunque tenga defectos; en un mundo moderno, plural, en donde existen muchas verdades, nosotros tenemos que ser capaces de plantearnos con humildad. Una de las cosas que a la Iglesia se le critica en Chile es que se plantea como un poder frente a otro poder, y, muchas veces, como un poder que negocia por debajo de la mesa, eso no se nos perdona. Sin embargo, la Iglesia en este tiempo sigue siendo respetada, más que por su doctrina y sus muchos aspectos institucionales, por su testimonio de solidaridad, por su capacidad de servicio, por su coherencia en el testimonio: eso nos hace respetables.

¿Qué hacía respetable a la primera comunidad de creyentes? “Mírenlos como se aman”, decían entonces. Compartían sus bienes, a nadie le sobraba, y por lo mismo, a nadie le faltaba; eso hace que un mensaje sea creíble, lo testimonial.

Los creyentes de hoy enfrentamos algunos desafíos que son muy importantes. Tenemos una clave fuerte en los sistemas económicos que estamos viviendo, que el liberalismo es implacable y lo ha invadido todo, transformándose de un sistema económico a una cultura, a una mentalidad, a una manera de ser. Creíamos, ingenuamente, que el liberalismo era sólo una concepción económica y ha terminado devorándolo todo: cada uno elige lo que estima su bien, y en un esquema así sólo los grandes y fuertes subsisten; los débiles desaparecen o no cuentan, el resto se adapta o perece.

En el liberalismo reina lo individual y no lo colectivo, y los cristianos porfiamos por lo comunitario, aunque sea más lento. Hay una fábula para ejemplarizar lo dicho: se estaba quemando una selva y el incendio era imparable, un picaflor tomaba agua, la llevaba en su buche y la lanzaba sobre las llamas; un elefante y un león, que se rascaban la panza lejos del incendio, se reían del picaflor y le decían: “tú estás chiflado, si crees que así vas a apagar el incendio; entonces, el picaflor los miró y les dijo: “seguramente no lo lograré solo, pero, al menos, yo estoy haciendo lo que me corresponde hacer”. Cuando en una sociedad cada uno hace lo que le corresponde, se puede apagar cualquier incendio; cuando cada uno estima que no puede hacer algo, efectivamente no puede.

Existen algunos aspectos que podrían ayudarnos a desarrollar algunos proyectos comunes, proyectos colectivos en los que podemos asociarnos a mucha gente: en primer lugar, y después de un aprendizaje duro, el compromiso con la vida, con la expresión de vida, pero sobre todo con la vida humana, esa vida tan frágil en el inicio y en el final, pero otras veces tan frágil en todo el trayecto de la vida: personas discapacitadas, los pobres que sufren de una discapacidad social que nosotros hemos provocado; la defensa definitiva y total de la vida, que significa cuidarla, defenderla, impulsarla, elevar sus niveles, dar y aumentar sus posibilidades; una línea clara en la que todos debiéramos estar inscritos.

En segundo lugar, respeto a la naturaleza, a nuestro ambiente; tenemos también un compromiso con la ecología. En tercer lugar, un compromiso irrestricto con los derechos humanos. A veces pensamos que esto es sólo una cosa ideológica o política, y qué no es bueno inmiscuirnos en ello. No obstante, tenemos el deber de defender los derechos del hombre, y debemos ser capaces de asociarnos con las personas que están con la defensa de los derechos humanos.

En cuarto lugar, la no discriminación de las personas; ya que hoy día nos cuesta tanto tratar con los que son diferentes, con los que son distintos. No sé a quienes discriminamos nosotros como católicos y creyentes, podríamos discriminar a creyentes de otro tipo, o a los no creyentes; quizá discriminamos a los homosexuales o a personas que están en esquemas distintos de los nuestros. Tenemos que ampliar nuestros horizontes para producir un encuentro de toda la comunidad, porque una sociedad fragmentada es tremendamente peligrosa, débil, una sociedad que no tiene unidad externa le da lugar a cualquier loco; en cambio, una sociedad que es capaz de descubrir puntos comunes es una sociedad muy firme. Debemos aumentar nuestra capacidad de tolerancia, en la que ponemos a la persona por encima de todo; debemos buscar mayores instancias para trabajar juntos, para compartir, para ponernos de acuerdo con los que son diferentes, sin olvidar que para ellos nosotros también somos distintos. El Padre Hurtado es tan delicado cuando expresa el respeto por las otras personas, muestra tanta delicadeza, tanta ternura, tanta generosidad y nobleza. Este debe ser nuestro ejemplo.

En quinto lugar, la transparencia y coherencia de vida. En el último tiempo se ha discutido mucho en Chile sobre los límites entre lo público y lo privado. En este terreno a la Iglesia se le ha dado duro, y eso no es gratuito; si en EE.UU. se derrumban las Torres Gemelas, eso tampoco es gratuito, todo tiene su historia. La Iglesia ha sentado en el banquillo de los acusados, desde el principio de su existencia, a muchas personas y a segmentos importantes de la humanidad; de alguna forma nos toca a nosotros también; tenemos que aprender con humildad y desde la verdad cómo relacionarnos más adecuadamente con el mundo moderno, puesto que hoy se respeta más la coherencia de vida que la autoridad. Existe un refrán que sólo aplicamos en parte y que dice: “la ropa sucia se lava en casa”, pero se nos olvida la continuación del refrán, porque el texto completo es: “la ropa sucia se lava en casa, pero la del rey se lava en la plaza”. Cuando hay responsabilidad pública, esa responsabilidad afecta toda nuestra vida, y cada uno de nosotros tenemos, de una u otra manera, responsabilidades públicas. Hay que saber respetar la honra de las personas, pero también hay que saber exigir el cumplimiento de las responsabilidades comunes. En esto el padre Hurtado tiene también mucho que enseñarnos.

Otro punto, es la capacidad de asociatividad para ejercer el bien común. Como Iglesia, muchas veces nos planteamos como una sociedad paralela, ese esquema ya no sirve, hoy día no se espera que todo sea Católico; hoy día se busca que todos seamos capaces de trabajar con los demás en torno a aquello en lo que estamos de acuerdo. Eso exige de nosotros un gran espíritu misionero, porque existe un horizonte muy amplio y tenemos que ser capaces de ir nosotros a canchas de otros equipos; ir humildemente, llevando la verdad a otras partes donde nos inviten. Por eso es que queremos cristianos no sólo de iglesia, no sólo en la comunidad organizada de la Iglesia, sino queremos cristianos en toda la sociedad. El Padre Hurtado formó generaciones de dirigentes, formó también sacerdotes y religiosas, pero fueron muchos más dirigentes cristianos los que entregó a la sociedad; eso es lo que hoy día nosotros tenemos que rescatar.

En la vida hay grandes verdades que no se enseñan pero se aprenden en forma casi instintiva; a muchos padres de familia se les escucha decir: “a mí nadie me enseñó a ser papá o a ser mamá”, y, sin embargo, han aprendido bastante bien. Los pobres no nos enseñan, pero de ellos podemos aprender mucho para luchar contra la pobreza. Tenemos que ser capaces de aprender los siguientes aspectos: ¿cuál es el tipo de relación entre ellos?, ¿cuáles son sus cánones?, ¿cuál es su vocabulario?, ¿cuáles son las maneras en que la gente pobre subsiste?; entendiendo todo eso podemos aprender mucho.

Debe haber un sano pragmatismo en la búsqueda de soluciones, el Papa ya lo dijo hace demasiado tiempo: “los pobres no pueden esperar”, es decir, hay esperas que son intolerables, impostergables; hay esperas frente a las cuales no podemos seguir haciéndonos los locos, necesitamos soluciones concretas, y ellas surgen desde la gente que es capaz de ponerse a pensar, que se sienta a conversar sobre el problema y se hace la misma pregunta que se hacia el padre Hurtado: “¿qué haría Cristo en mi lugar?”.

Otro punto importante es desarrollar compromisos y actitudes coherentes con la democracia, porque la democracia no es sólo un tema ideológico; la democracia es un tema de cultura, de sistema de vida. En Chile no es más de la mitad del país la que cree y la que conoce que es la democracia. Si hiciéramos una encuesta y le propusiéramos a la gente la aceptación de un sistema o un régimen de gobierno no democrático, pero que ofrece mejores alternativas económicas, la aceptarían inmediatamente y con mucho agrado; eso es muy peligroso para el país. Necesitamos desarrollar redes democráticas, necesitamos cultivar actitudes democráticas, cívicas, sociales y políticas. Hoy hay tanta indiferencia frente al tema político y, sin embargo, esa es la manera en que se gobiernan los pueblos. Si la mayoría de los jóvenes de nuestro país se inscribieran en los registros electorales, votaran y participaran activamente, sería otra la realidad política del país. Hay entre los jóvenes una separación dramática entre lo social y lo político; los adultos hablamos muy fácilmente de lo socio-político, los jóvenes no; a los jóvenes los mueve y los conmueve lo social, pero en lo político “no están ni ahí”. Se hace necesario, entonces, desarrollar actitudes democráticas en todos los ámbitos: al interior de la familia, en la comunidad, en la organización del barrio, en todo lugar donde estemos presentes.

Hay que dar una lucha decidida contra la pobreza e impulsar todo lo que ayude a superarla, con un especial protagonismo de los pobres; la pobreza se supera con trabajo y con estudio. Tenemos que organizarnos en donde estemos para que los jóvenes y toda la gente estudie; tenemos que organizarnos también para que la gente trabaje. En nuestra región hay índices de cesantía tremendos, y tenemos que ayudar para que haya trabajo, aunque no seamos empresarios poderosos, pero podemos participar en todas las acciones que se ejecuten para lograr dar trabajo y utilizar la mano de obra existente. Esto se puede lograr a través de las microempresas, porque ellas son las que absorben el mayor porcentaje de mano de obra del país, y no las grandes empresas. El Intendente Christian Suárez nos decía que el gobierno ha invertido miles de millones de pesos en la región, y eso es verdad, pero eso no ha dado trabajo. Si se instala una planta super moderna, como cementos Bío Bío en Curicó, o las plantas eléctricas con inversiones millonarias, pero que no dan trabajo, ¿cómo nos convencemos que el crecimiento económico no significa necesariamente trabajo? En general, esto es un problema de distribución. ¿Cómo los cristianos nos dejamos impactar hoy día por esas realidades? ¿Cómo podemos seguir durmiendo tranquilos si sabemos que hay gente que se muere de hambre y de frío?

Una imagen idéntica fue la que hizo al Padre Hurtado fundar el Hogar de Cristo, una institución que permanece todavía como una ayuda, y nació a partir de un sueño. Cuando el pobre sufre, es Cristo el que está sufriendo, cuando el pobre muere, es Cristo el que está muriendo, y eso tiene que mover a los cristianos a ser muy eficientes en su compromiso con los pobres.

Hay que desarrollar una mentalidad más proactiva, más emprendedora que reactiva: en general, reaccionamos ante los efectos de temporales, de terremotos, de inundaciones; pero ¿cómo adelantarnos a eso? Adelantarnos significa ir a las causas y tener una mentalidad más iluminada para buscar caminos nuevos.

El Padre Hurtado habla de formar líderes, de pasar de una fe de niños a una fe de adolescente y luego a una fe de adultos, en que se descubre a Jesús como líder. ¿Cómo ser capaces de cultivar una relación adulta con Jesús, en que cada uno de nosotros también proyecte la idea de ser líderes en la sociedad? Hay conceptos negativos y positivos de la figura de un líder; manejemos el positivo: una persona que es emprendedora, que tiene ideas y que es capaz de realizarlas en concreto, que es capaz de aglutinar la voluntad de muchas personas; ¿cómo ser capaces nosotros de ser los mejores? En una sociedad surgen los mejores, los más capacitados en sus respectivos campos, pero también los mejores son los que son capaces de dar un buen testimonio coherente de su vida, los que viven valores, los que creen en la verdad, los que creen y defienden la justicia, los que son capaces de respaldar su discurso con toda su vida. La fuerza de los pobres está en sí mismos, porque los pobres se tienen a sí mismos y tienen también a mucha gente dispuesta a trabajar con ellos, pero, ¿cómo desarrollar la dignidad esas personas?

Hay que educar a nuestra gente para ofrecer al mercado las propias competencias, sin exigir mucho al mercado. Siempre estamos esperando las cosas de arriba, del lado, siempre de afuera; otra lógica es: ¿qué ofrezco yo?, ¿qué competencia tengo? Así cada uno puede ir descubriendo su lugar en la sociedad, en la familia y en la comunidad. Ello significa conocerse muy bien, ser capaces y muy conscientes de nuestras posibilidades y también de nuestras limitaciones. No tenemos derecho a no ofrecer algo, a no participar; nadie es tan pobre que no tenga nada que dar, como nadie es tan rico que no tenga algo que recibir. El padre Hurtado hablaba de regalar la sonrisa, nadie es tan pobre que no pueda sonreír; una sonrisa es una acción tan simple y, sin embargo, tan transformadora.

En tiempos de egoísmos, o de autocentralidad, no debemos caer en la tentación del autoabastecimiento; cuando tuvimos la crisis del gas con Argentina la tentación del país fue la de abastecernos con nuestro propio gas, pero nadie puede autoabastecerse de todo; la cosa no es atrincherarnos en un rincón sino ¿cómo podemos relacionarnos mejor con todos?, de manera de dar y recibir. La tentación del autoabastecimiento es muy grande y ninguno de nosotros puede autoabastecerse, todos necesitamos de otros, ninguno de nosotros es completo, necesitamos el aporte y la complementación de los demás.

Hay que desarrollar el optimismo, el espíritu positivo y la creatividad, porque el ánimo es muy importante; una persona desanimada termina actuando finalmente con la mentalidad que está rechazando; una persona optimista, en cambio, tiene la capacidad de mirar positivamente todas las cosas, a pesar de sus aspectos negativos. Es importante ser capaces de reconocer esos brotes, esos gérmenes que van surgiendo en la familia, en los niños, en los pobres, en las instituciones donde estamos participando, para destacar lo positivo y tener una actitud triunfadora.

Tenemos que recuperar la mística, creer en las utopías, en los imposibles, en el sueño común, porque todos nos estamos resignando a vivir la cultura, tan conocida en nuestros campos, del que “cada uno mata su chancho”. Debemos desarrollar la capacidad del sueño común, porque las utopías y el sueño aparentemente imposible de un mundo más justo, más fraterno, con más posibilidades para todos, siguen aún en pie.

No debemos olvidar que el poder continua siendo para el servicio. Las luchas para obtener el poder son crueles y sanguinarias; nos esforzamos y despedazamos para alcanzar el poder, y a haberlo obtenido tratar de mantenernos en él, mientras los otros tratan de subir o de tirarnos para abajo. No olvidemos que el poder es para servir y que quien tiene más poder tiene que hacerse más servidor; no pensemos en los más grandes, pensemos en que cada uno de nosotros tiene poder en algunos aspectos, en la familia, en el trabajo, y en la relación con otras personas; el poder se legitima cuando se escucha lo que Jesús dice: “si eres el primero, tienes que hacerte el último y servir a los demás”.

Como último punto, quiero invitarlos al rechazo decidido y desenmascaratorio de todo populismo demagógico e irresponsable. Hay tanta gente con grandes y elocuentes discursos pero de quienes nada se consigue, son personas artificiales, como payasos de la sociedad; lamentablemente, hay muchas personas así en el mundo y también en el país. Debemos ser capaces de no llenarnos la boca con cosas que no estamos dispuestos a vivir; tenemos que desenmascarar a quienes tratan de engañarnos, aunque el respeto humano a veces nos induce a guardar silencio, porque con la ilusión de los pobres no se juega, con las posibilidades de superar la pobreza no se hace chiste ni se hace historia, tenemos que ser tremendamente responsables e inscribirnos decididamente en algunos aspectos de lucha para superar tantas situaciones de injusticia. El Padre Hurtado resulta tan agresivo cuando habla de entregar toda la vida por Jesús y por los pobres.

Pidámosle al padre Alberto Hurtado para que interceda por nosotros y podamos seguir su ejemplo a pesar de las dificultades. Sabemos la tremenda resistencia que el Padre Hurtado despertó y la cruel persecución que hubo contra él; su canonización ha costado mucho, porque escribió y tuvo intervenciones fuertes en aspectos muy complicados de la historia del país. Así es la vida de todo profeta, y de todo hombre y de toda mujer que lucha por lo que cree; y por eso es tan importante que nosotros vivamos así también: luchando aún con riesgo de nuestro prestigio y de nuestras vidas por lo que creemos, con apertura, incorporando puntos de vista distintos, dejándonos enriquecer por los demás, pero con una mínima coherencia interna. El mínimo derecho que un hombre y una mujer tienen, es a conocer su propia verdad y a vivir y jugársela por su defensa.