CHARLA DE MONS. HORACIO VALENZUELA EN EL COLEGIO SANTA MARTA
TEMA: VALORES DE LA JUVENTUD


Hace un tiempo atrás me pidieron un tema para apoyar la tarea tan importante y tan difícil como la de educar los hijos; tal vez una de las tareas que más oprime el corazón a los papás y a las mamás, quienes se sienten impotentes ante las influencias externas: las amistades, la televisión, las fiestas, el mundo en que vivimos, la tecnología.

Podría yo tomar dos caminos: uno, dar algunas fórmulas y recetas para ayudar a que los hijos no sean drogadictos, no sean violentos, que tengan identidad propia para ser hombres bien hombres y mujeres bien mujeres. El otro, ir a la fuente de donde sale toda la sabiduría de la familia: la Trinidad Santa. Esto último vamos a hacer hoy día, vamos a viajar hacia la fuente, a contemplar ese paisaje hermoso que es la Trinidad Santa, de donde todo papá y toda mamá puede aprender ese difícil arte que es formar a los hijos.

Hay dos ideas fuertes que hay que considerar ante la educación de los hijos: lo primero, que somos hijos e imágenes de Dios y, por tanto, Dios es la fuente donde beber y el modelo que copiar para llegar a ser buenos educadores de nuestros hijos.

Lo segundo, que todas las personas somos alguien por hacer; tanto los niños como todos nosotros debemos irnos fabricando hasta que se acabe el último minuto de nuestra vida.

Monseñor Pitau, un sacerdote muy sabio que trabaja en el Vaticano, dijo una frase que a mí me quedó grabada: “Dios nos hizo lo menos posible”. Dios nos creó lo menos posible, lo que significa que al crearnos nos dio los elementos básicos para que nosotros lleguemos a ser y, de ese modo, la tarea de ser alguien grande es una tarea en la cual Dios nos acompaña pero que nosotros debemos llevar adelante.

Tenemos nuestro origen en Dios, nuestra relación con Él es indisoluble y permanente; es fundamental, entonces, intentar comprender cuál es la estructura del ser humano, qué es lo que usted tiene que saber de su hijo. No siempre sabemos qué cosas promover, qué cosas prohibir a los hijos, qué quitar, qué felicitar, qué estimular para hacernos responsables de ese gran regalo de Dios que son los hijos. Aunque que todos queremos que los hijos tengan su vida construida sobre certezas, que sea una vida construida con buenos materiales.

Para encontrar luces permanentes es preciso, queridos hermanos, volvernos, con Cristo Jesús, hacia la Trinidad Santa. Sólo gracias a los ojos de Cristo podemos contemplar la Trinidad Santa.

Cuando uno no conoce bien a Dios uno desconoce al hombre, a las personas; cuando uno conoce bien a Dios y lo contempla, y averigua sobre Él, y lee su Palabra y dialoga con Él en la oración, cuando uno conoce bien a Dios conoce bien al hombre. Dios, por medio de Jesucristo, es el único camino para conocer y ayudar a crecer a la persona humana.

Sobre mecánica preguntamos a los mecánicos; sobre frutales preguntamos a los agrónomos; sobre una máquina preguntamos al fabricante; sobre el ser humano hay que preguntarle a su autor, a Dios; a Él tenemos que preguntarle y contemplarlo, y eso vamos a hacer hoy día.

Vamos a mirar a Dios para sacar alguna conclusión cómo es Dios, cómo tenemos que tratar de ser nosotros, es sencillamente eso, no es nada complicado, sencillamente hacer contemplación de Dios para sacar consecuencias: lo primero que vemos en Dios es que es Padre, Hijo y Espíritu Santo; Dios es una pluralidad, son tres personas diversas, distintas, el padre no es el hijo, el hijo no es el padre, el espíritu no es ni el padre ni el hijo, son tres personas distintas, pero, uno solo; por lo tanto, una familia buena es aquella donde se cultiva la pluralidad. Un buen papá y una buena mamá son aquellos capaces de promover que sus hijos sean diferentes.

Es muy clave que se experimente en el hogar la sensación de que uno puede ser lo que uno es; tú eres lo que eres y yo te voy a ayudar a ser lo que Dios te ha dado como dones, como regalos; el tipo de inteligencia, el tipo de sensibilidad que tienes, yo eso lo voy a respetar y no te voy a imponer mí voluntad para que tú seas lo que yo quiero que seas o para que seas lo que yo no pude ser. Lo que un buen papá siempre tiene que siempre averiguar es qué es lo que Dios quiere que sea su hijo, cuáles son sus virtudes, cuáles sus habilidades. La Trinidad es una, pero plural, y nos demuestra que se puede ser muy feliz siendo diferente.

Para un niño así criado, cuando crezca, lo distinto y extraño no tendrá el sabor de lo prohibido que tantas veces deforma y captura la existencia; muchas veces lo prohibido tiene fuerza, aunque nos hace mal, porque no hemos vivido en un ambiente de pluralidad donde el otro está cerca y es distinto y lo prohibido no es una cosa extraña.

Cuando uno quiere a alguien no quiere absorber su identidad, no quiere aniquilar su particularidad; cuando uno quiere a alguien tiene que quererlo tal como es, y, cuando el amor es de verdad ayuda al otro para que sea lo que tiene que ser, ese es el amor verdadero, ese es el amor que hace bien.

Entonces, en esa primera mirada a Dios, queridos hermanos y hermanas, es donde se descubre la maravilla que es la pluralidad en el amor; el que ama de verdad ayuda al otro a que sea lo que tiene que ser.

Segunda mirada: en Dios vemos a tres personas muy unidas, en una felicidad eterna con proyección futura; vemos un clima de caridad; un clima de amor intenso; todo lo que sucede en Dios, la misma vida de Dios, es por la felicidad de otro, siempre: el padre actúa por la felicidad del hijo, el hijo por la felicidad del padre en el Espíritu Santo, eso es Dios.

Ninguna cosa es tan educativa para un niño como el clima de amor en el hogar, el clima de amor respetuoso, dialogal. No quiero que ustedes se angustien porque pongo una valla muy alta; uno puede caminar a eso lentamente, camino es largo, nunca llegaremos perfectamente pero hay que caminar hacia allá; tenemos que tratar de que en la casa haya un clima de amor, de caridad; eso es lo que más bien le hace a los pulmoncitos de los niños, respirar ese ambiente de amor. Porque Dios es amor y nosotros somos sus creaturas, esa es la razón, y en el cielo no habrá un ambiente distinto a ese. Una buena mamá y un buen papá preparan los pulmones de sus hijos para respirar en el cielo. El padre Hurtado decía: “Papás, Dios les entregó los hijos para que los preparen para el cielo”.

El clima familiar, y escolar, de amor por los otros, es tal vez lo más decisivo de la tarea educativa. Quiero relatarles experiencia que viví cuando recién estaba ordenado obispo: un curita me invitó a celebrar la misa a la cárcel y luego nos reunimos con un grupo de 12 reclusos, hombres entre 19 y 26 años. Les pedí a todos que me dijeran su nombre y que me contaran brevemente algo de sus vidas; fue una reunión larga donde todos contaron algo de su pasado. Coincidentemente, ninguno había tenido la experiencia de una familia, ni uno solo de ellos; algunos contaron experiencias muy traumáticas de su deambular de hogar en hogar, de asilo en asilo; un padrino que lo crió, o una madrina, después un tío de la mamá, etc.; todos, sin excepción, habían tenido graves déficit de amor en sus vidas. Por eso, todos los temas que nos preocupan en la educación de nuestros hijos tienen que ver con la enfermedad de la relación con los demás, falta el clima de caridad.

Lo que yo soy, lo soy por mí mismo, pero también soy lo que los demás me van diciendo: mi padre, mi madre, mis hermanos, me van diciendo; que soy importante, que soy artista o matemático; complejos, aprovechamiento, violencia, descontrol, son déficit o hipertrofia de la relación con los demás.

El gran San Agustín dice a los papás, nos dice a todos nosotros, pero, especialmente a los que tienen responsabilidad sobre otro, autoridad paterna, materna, sacerdotal, religiosa: “si gritas, grita con amor, si callas, calla con amor, que el amor sea la raíz de todas tus acciones”.

Un clima de caridad no es fácil, por eso hay que pedirle a Dios la purificación de nuestras relaciones; los que han descubierto el don precioso de la oración pueden dar testimonio de cómo el espíritu Santo instruye al papá y a la mamá cuando oran.

Fomentar un ambiente de amor es la tarea más clave para alguien que quiere construir a sus hijos internamente, para que el niño pueda ser educado por dentro. Para criar hijos que salgan armados al mundo a sortear sus peligros, a aprovechar sus oportunidades y a colaborar con Dios, hay que limpiar la casa y purificar el corazón de todo lo que es contrario al amor.

La mejor mamá y el mejor papá son los que aman de verdad con el mismo amor de Dios, porque el amor de Dios es el único que a una persona la hace crecer en todas sus dimensiones.

En la vida los hijos irán siempre detrás de los que los hayan amado y aceptarán rechazarán lo que sus padres les hayan enseñado.

Una vez, estando en el seminario, fui a comprar insumos para hacer un cercado; al llegar al lugar de ventas me llamó la atención un caballero que estaba muy triste y decaído. Fue tan fuerte la impresión que me acerqué a el y le empecé a conversar para animarlo; al poco rato me empezó a contar su vida que estaba llena de momento trágicos: se le había ido su señora, había perdido el dinero conseguido luego de 40 años de trabajo, había perdido a sus hijos, un compadre lo había traicionado, etc. Me dijo que muchas veces había estado a punto de quitarse la vida y no lo había hecho porque su madre era muy católica y a ella no le habría gustado que tomara esa decisión, que lo mantenía luchando, a pesar de su cansancio y su tristeza solamente por el recuerdo de su madre que era tan católica. Vean ustedes la fuerza que tiene el ejemplo de un padre o una madre cristianos, que inculcaron principios claros en sus hijos.

Tercera mirada: en la Trinidad Santa hay un clima de mucha libertad. Dios es un ser libre que a los que lo aman los vuelve libres de verdad; estrictamente, en la Trinidad cada uno puede hacer lo que quiera sin dejar de ser jamás la unidad; en ella el cariño es inmenso, pero jamás uno captura al otro. Así debiera ser en nuestra familia y en nuestra vida, aunque a veces tenemos muchos mecanismos para quitarle la libertad al otro. Muchas veces, en forma muy velada, los papás le roban la libertad a sus hijos, quieren que estén siempre con ellos e intervienen en la profesión u oficio que deben aprender o realizar.

Cuarta mirada: Dios es gratuito, y por ello el clima en nuestra casa debe ser un clima de gratuidad; el mejor negocio de la educación de un hijo es educarlo gratuitamente, de modo que se de cuenta de que lo aman por el solo hecho de que existe, y no porque se saca buenas notas o porque es un buen hijo, se le ama porque es un regalo para sus padres.

Un hijo que no sea amado gratuitamente, fácilmente será engañado en el camino de la vida por cualquier mercader que le comprará su pureza, su ternura y su libertad. Por el contrario, un hijo criado en la gratuidad tendrá el sentido interior desarrollado para preferir siempre lo que le haga bien a otro. El papá o la mamá que tienen libertad y que aman gratuitamente a su hijo, serán capaz de llamar la atención con firmeza porque no pone nada en juego, no va a dar ni a quitar nada, por ello tiene mucha más facilidad para corregir, porque siempre está negociando con sus hijos.

El clima de gratuidad pasa por el tema de la austeridad, que evita que la gente esté permanentemente endeudada y entregando su sangre a las financieras. En Dios la austeridad es total, porque la riqueza de Dios son las personas. Cuando la riqueza de una familia son las personas y no las cosas se puede vivir plenamente, aunque con austeridad. Erróneamente, los padres muchas veces llenan a sus hijos de cosas y no les recuerdan con frecuencia que son personas, preocupándose de sus sentimientos, de sus gustos y de sus actividades.

La austeridad consiste, entonces, en enseñarles a nuestros hijos a saber que son más importantes las personas que las cosas. Los seres humanos terminamos siendo lo que buscamos: si buscamos y tenemos sólo cosas, cosas seremos, y trataremos a los demás como cosas que se compran y se venden, cosas que se cambian, que se dejan, que se botan, cosas que se usan. Cuánta gente vive su afectividad pensando en el otro como una cosa, y cuánto se sufre por eso.

El exceso desmedido, y a veces irresponsable, de sensaciones, que es lo que financia la cantidad de cosas, parece dar un cierto sentido a la vida, pero tiene un efecto de torrente desbordantes y destructivo. Cuando un niño no ha sido criado en la austeridad no es dueño de sí mismo, y en la vida puede ser arrastrado más fácilmente por el torrente de sus pasiones. Sin embargo, el que un hombre actúe así no siempre significa que fue mal educado por sus padres, pero es cierto que un niño educado en un ambiente poco austero es mucho más frágil frente a estas cosas.

Otro rayo que sale de Dios para hacer más hermosa la vida familiar y para educar mejor los hijos, es, sin duda, la generosidad; es esa manera de decirle al otro soy tu amigo, te pertenezco. El marido y la esposa que le dice al otro con sus gestos y sus actos, con su modo mirarse, te pertenezco, y los hijos que le dicen a sus padres: les pertenezco, están ejerciendo la generosidad.

Es tarea nuestra, entonces, cultivar una generosidad total, especialmente entre los esposos que comparten todo, sin reservas egoístas o cálculos, que aman de verdad al otro por lo que es cada uno en sí mismo y no por lo que de él reciben. Hay que vivir la alegría de dar y no de exigir; nuestro niños y jóvenes merecen que les mostremos ese camino, esta forma de plantearse frente al mundo y los demás.

Nadie es más persona, más feliz y más querido que aquel que se da a sí mismo. Nadie tiene menos que el que quita y guarda; el que quita y guarda es un miserable, no tiene nada, porque lo que tiene guardado no le pertenece, no lo disfruta él y tampoco lo disfruta otro. Dios es totalmente generoso con nosotros al darnos la vida, por el cariño que nos tiene, por el cuidado que nos presta, porque nos a abierto cielo al precio de la muerte de su hijo. Entonces, los padres que aman a Dios se contagian con esta manera de ser de Dios, que es generoso y da sin calcular.

Finalmente, Dios es abierto, y una familia tiene que ser abierta a los demás. Es preciso que la familia tenga responsabilidad eclesial, que los hijos crezcan en la casa sabiendo que allí está el lugar en donde se proyectan para ir al encuentro de los demás, donde se reza por los que sufren. Las familias encerradas en sí mismas normalmente tienen mala salud.

Pidámosle a Dios que nos enseñe , con el ejemplo de su Trinidad, a ser buenos padres y a saber entregarnos a nuestros hijos. Este trabajo no es para genios, sino para gente sencilla que tiene un corazón generoso y quiere cumplir a la altura la tarea preciosa que nos ha entregado. Dios es el que nos modela, el que nos anima, el que nos hace crecer, para ser para sus hijos las manos de Dios.