La existencia del pecado es una cadena que nos amarra y que nos impide que parte importante de nuestra vida pueda ser elevada a Dios, aunque haya mucha bondad en nuestro corazón; mucha bondad y mucho sufrimiento. Asimismo, el pecado grave nos puede impedir celebrar la Eucaristía con buenos frutos; la obligación nos hace ir a misa, pero participar plenamente en ella nos resulta una situación muy difícil; no porque seamos malos, sino, porque tenemos cierta imposibilidad, cierto impedimento; alguna parte importante de nuestra vida no puede entrar en esta dinámica salvadora de Dios, que toma todo lo nuestro y lo lleva a Él.
Todas las clases de egoísmo personales y sociales perjudican y hasta impiden nuestra participación plena en la Eucaristía. La Eucaristía es un don de Dios para hacernos a nosotros don para los demás. Dios se hace don, regalo, para que nosotros nos hagamos regalo para los demás. El anhelo de Dios es llevar todo y a todos de vuelta a la casa del Padre.
La Eucaristía es alimento de caminantes y peregrinos y por lo tanto no tiene fin en sí misma, sino que favorece y es fuente permanente, al menos, de tres gracias que nos hacen don para los demás. La Eucaristía es fuente de tres dones que a nosotros nos hacen presencia del Reino para los demás; donde hay uno que se da a los demás allí está Cristo, allí esta el Reino.
La primera gracia o regalo de la Eucaristía es que es fuente de una energía superior. Al instituir la Cena Eucarística el Señor quiso poner a disposición de los creyentes la energía necesaria para el crecimiento de la vida cristiana en todas sus dimensiones. La Eucaristía tiene mucho del calostro, la primera leche materna, que es una maravilla de la creación, porque contiene vitaminas y otro tipo de sustancias que dejan al bebé a salvo de casi todo peligro de enfermedad. La Eucaristía es algo así, es una energía total, superior y necesaria para que la vida cristiana crezca en todas sus dimensiones. Para ninguno de nosotros es novedad que somos débiles y que necesitamos crecer en la semejanza de Cristo; sabemos que tenemos que ser otros Cristos, pero tenemos conciencia también de nuestra debilidad. ¿Qué cubre la distancia entre nuestra debilidad y la posibilidad de ser otros Cristos?: La Eucaristía.
La buena voluntad, por muy firme y decidida que sea, se muestra frágil cuando sobrevienen las dificultades. La soledad de Cristo en la Cruz muestra con dramatismo lo débil que era la fidelidad de los apóstoles, le dijeron al Señor: “iremos contigo a donde quiera que vayas”, esa es la decisión de la humanidad, del entusiasmo por Cristo, y Jesús les dice a sus discípulos poco tiempo después: “así que no han podido mantenerse despiertos conmigo ni una hora, manténganse despiertos y pidan no ceder en la tentación, el espíritu es animoso pero la carne es débil” (Mt. 26, 40)
El único remedio para nuestra fragilidad y único alimento para nuestro crecimiento es la ayuda de Dios; las propias fuerzas espirituales o psicológicas son totalmente insuficientes, no bastan. Para crecer en todas las dimensiones en que necesitamos crecer lo humano y lo natural es insuficiente; por ello, los tiempos de angustia, de enfermedad, de debilidad, de sentimientos de fracaso son tan fecundos, porque experimentamos en carne propia la insuficiencia de nuestras capacidades y recurrimos al Señor para que nos ayude; estos tiempos son fuente de tantas y tantas conversiones, de tantas bendiciones.
El Señor ha querido comunicarnos su energía a través de la Eucaristía; en ella Dios nos dice: “estoy contigo”, y esta presencia de Dios provoca una transformación total de toda la persona, desde el núcleo de la vida. A diferencia de los alimentos corporales que recibimos y asimilamos, la comunión eucarística nos asimila a nosotros y nos transforma y nos hace de Dios, nos eleva a una vida superior. Los alimentos los asimilamos nosotros y los volvemos energía para vivir, en la Eucaristía Dios nos asimila a su propia vida.
Nuestro patrono San Agustín dice: “No eres tú quien me cambiará en tí, sino que tú serás cambiado en mí”, es una manera preciosa y finísima de decirlo. Cristo entra en nosotros con su fuerza asimiladora, que nos asume en todo lo que somos, nos sana y nos eleva. Desde entonces no quedamos desarmados frente a las tentaciones, las luchas, las enfermedades, los sufrimientos, pues tenemos a nuestra disposición la misma fuerza de Cristo para vivir su vida, para vencer las tentaciones y para superar todas nuestras debilidades.
Si esto lo viviéramos más y mejor muy distinta sería nuestra vida. Tenemos toda la fuerza de Cristo para perdonar y orar, y nos cuesta tanto perdonar y rezar por quien nos hirió, por el que nos calumnió, por el que nos hizo tanto daño. Muchas veces no tenemos la fuerza para perdonar porque nuestro deseo de perdonar está mezclado con egoísmo y con impureza, y por ello le hacemos resistencia a esta fuerza de Dios con la que contamos para tolerar las adversidades, los problemas y las cruces.
Queda claro entonces que la Eucaristía está muy lejos de ser un premio para los puros y para los buenos y los perfectos; la Eucaristía es un remedio y fuerza para los débiles y los pequeños. En la Eucaristía se nos muestra claramente el principio que inspira toda la obra de la salvación: la misericordia de Dios, que se inclina sobre los más débiles y pequeños para levantarlos. En Lucas 7, 36 y ss. el Señor revela claramente que ama más el que más ha sido perdonado, en el pasaje de la mujer conocida como pecadora y que ungió con perfume los pies del Señor.
Mucha gente dice que no comulga porque no se ha confesado. Eso está bien pero puede estar mal. Uno no debe acercarse a la Eucaristía cuando siente que alguna parte importante en su vida no está siendo llevaba por los caminos de Dios, aún cuando sea a veces por culpa de otros; pero si uno tiene pecados veniales, si uno tiene pecados de menor peso, por así decirlo, la Eucaristía, como todos sabemos, tiene también la virtud de perdonar nuestros pecados. El encuentro con Cristo, que quema nuestras debilidades, no es premio para los buenos, es alimento para los débiles, fuerza para los caminantes.
Luego de lo dicho, lo primero que podemos ver en la Eucaristía como regalo de Dios para nosotros, es que es una fuente de energía para volvernos don para los demás; don que tiene fuerza para levantar, para perdonar, para iluminar, para esperar a otros y mucho más.
La segunda gracia o regalo de la Eucaristía es que es fuente de caridad. Es muy decidor el hecho de que el mandamiento del amor haya sido entregado en la última Cena; el Señor entrega el mandamiento y ofrece también la posibilidad de cumplirlo. Nos dice a donde hay que ir y nos da el dinero para el pasaje. Con la Eucaristía ha querido entregar a sus discípulos la capacidad de amarse como Él los ha amado. Podemos decirlo, sin la Eucaristía no es posible amar como Cristo nos ha amado, podremos amar tal vez pero no como Cristo nos ama.
El Papa ha dicho a los jóvenes durante su Jubileo: “Sean ustedes mismos testigos fervorosos de la presencia de Cristo en nuestros altares”, el Papa invita a los jóvenes a que sean testigos de que Cristo está en los altares, que lo repitan, que demuestren con su presencia, con sus actitudes, que la Eucaristía modele sus vidas, la vida de las familias que formarán, que oriente todas sus opciones de vida; que la Eucaristía, presencia viva y real del amor trinitario de Dios les inspire ideales de solidaridad y les haga vivir en comunión con los hermanos que están en todos los rincones del planeta.
En esto, no me cansaré de decirlo, nos falta mucho aún, nos falta tanto; pidámosle a Dios que nos ayude a crecer, que nos permita hacer evidente en nuestra vida que Cristo está en la Eucaristía, que sin decirlo lo digamos, Cristo está en el Sagrario; falta que nuestra vida sea más elocuente de esa presencia. A las personas que nos ven no les debería quedar ninguna duda de que el hijo de Dios vivo está en el Sagrario, no les podría quedar duda, y en esto nos falta, nos falta tanto.
Hubo un Obispo español que se llamó Manuel González, que el Papa canonizó hace poco, fue Obispo de Valencia y cuando llegó a la Diócesis se dio cuenta que la mayoría de los sagrarios estaban abandonados, y le causó tal pena, que dedicó todo su ministerio episcopal a predicar sobre esto, este fue el tema principal de su predicación. Cuando el llegó Valencia era una diócesis arruinada prácticamente y cuando murió el Obispo, don Manuel, era la diócesis más floreciente en vocaciones, y estupendas vocaciones.
Queridos hermanos, ¡sean testigos fervorosos de esa presencia de Cristo en nuestros altares! Siempre surgirá la crítica, y está bien que surja, pero no les importe. Los que han vivido de verdad son los que más han descubierto la presencia de Cristo en los hermanos, ¿saben por qué?, porque la Eucaristía de alguna manera entrena la vista, porque usted tiene que “ver” a Cristo en un pequeño pedazo de pan. Por ejemplo, si usted tuviera que subir el cerro de la Virgen y para subirlo más fácilmente usted se entrenara antes ascendiendo los Himalaya, o las Torres del Paine, o el cerro El Plomo, o el Aconcagua, ¿Con cuánta menos dificultad podría subir el cerro de la Virgen?
Lo mismo pasa con la Eucaristía cuando usted entrena – todas las palabras son pobres – pero cuando usted entrena su mirada, la mirada de su alma, de modo que pueda descubrir a Cristo en el pan inerte, pequeño, insignificante, será mucho más fácil que descubra después a Cristo en los hermanos, porque ya habrá escalado el Everest, como en mi ejemplo anterior. La Eucaristía es el sacramento de la fe, nos habilita para descubrir a Cristo en los hermanos y es por eso que los santos han sido siempre así, todos, la Santa Madre de Jesús, el Padre Hurtado, todos. Entonces, este llamado del Papa a los jóvenes es también para todos nosotros, para que seamos siempre fervorosos testigos de la presencia de Cristo en nuestros altares.
Así como es fuente de la caridad de Cristo también la Eucaristía es seria exigencia; es preciso que la ofrenda que hacemos a Dios en la Eucaristía tenga el valor del esfuerzo que hemos hecho de reconciliarnos con nuestro hermano; ese esfuerzo nuestro es imprescindible aún cuando el culpable sea el otro. La iniciativa siempre debe ser nuestra para el encuentro con el hermano, un cristiano de verdad no espera a que el otro venga, sino que camina hacia él, lo busca. La caridad de Cristo es también exigencia, pues todos recordamos lo que dijo el Señor: “cuando vayas a presentar tu ofrenda si recuerdas que estas disgustado con tu hermano, deja ahí la ofrenda, reconcíliate y vuelve a presentarla”.
En todo caso, para que no nos entristezcamos tanto porque nuestra ofrenda siempre será imperfecta, lo que no puede faltar en el corazón es la voluntad de la armonía, el querer reconciliarse; si ello está, la ofrenda agrada a Dios y nuestra vida también. ¿Qué significa que la ofrenda agrade a Dios?, que todo lo que hacemos se vuelve grato a Dios y nuestra vida, de alguna manera, es colocada en el Cielo. Eso significa que la ofrenda sea agradable a Dios.
No es posible desligar el amor a Dios del amor al prójimo, esto fue casado con matrimonio indisoluble por Dios, esto no se puede disolver, aunque hagan leyes contra la voluntad de Dios para disolverlo todo, contra esto nada pueden hacer: el amor a Dios y el amor al prójimo están unidos indisolublemente en Cristo.
Juan lo dice en forma poco suave, sin anestesia: “Nosotros oímos, de Él mismo, su mensaje y se lo anunciamos a ustedes: que Dios es luz y que en Él no hay tinieblas. Si decimos que estamos en comunión con Él, mientras andamos en tinieblas, somos unos mentirosos y no andamos conforme a la Verdad. En cambio, si nuestra vida es luz, como Él está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de Jesús, hijo de Dios, nos purifica de todo pecado” (1 Jn. 1, 5-7)
Al participar en la Eucaristía podemos pedir a Cristo la fuerza del amor necesaria para vivir la reconciliación que deseamos, así se une la propia ofrenda a la única ofrenda de Cristo en el altar. Nada debería ser obstáculo para llegar con el amor de Dios al otro, al difícil, al burlesco, al mal agradecido, mientras que el amor es más de Cristo menos ahorra dolores y heridas para alcanzar a otros con el amor de Dios. La Eucaristía es fuente de esa caridad, la caridad que no ahorra dolores ni sufrimientos con tal de llevar el amor de Dios a los demás.
He leído muchas veces un pequeño texto que se refiere a la Madre Teresa de Calcuta: la monjita estaba en tiempos de problemas -uno cree que las monjitas no tienen problemas, pero hay problemas, siempre están viendo quien es más santa, como en todas las familias donde hay seres humanos, hay siempre problemas, a veces cae el ánimo de uno u otro, como en las familias-, entonces la madre Teresa llamó a un Capítulo General, donde se reunieron religiosas delegadas de todo el mundo, entonces ella cuenta: “en el Capítulo General de la Congregación las hermanas pidieron que la Adoración al Santísimo, que teníamos una vez a la semana, la empezáramos a tener todos los días a pesar del enorme trabajo que pesaba sobre ellas”, (todas las religiosas trabajan mucho, me consta, pero las monjitas de Calcuta... llega a cansar verlas, en verdad trabajan desde tempranas horas de la madrugada... ya a las cinco de la mañana están levantadas). “Entonces, donde había problemas hubo una solución: en vez de hacer Adoración un día a la semana, adorar todos los días, a pesar de todo el trabajo que tenían; esta intensidad de oración ante el Santísimo ha traído un gran cambio en nuestra Congregación: hemos experimentado que nuestro amor por Jesús es más grande, que el amor de unas por otras es más comprensivo, que nuestro amor por los pobres es más compasivo y tenemos el doble de vocaciones”. La Adoración al Santísimo todos los días logró la solución total de los problemas; podemos decir que la decisión tomada por la Congregación General fue iluminada por el Espíritu Santo.
Cristo ha querido darnos en la Eucaristía la fuerza para amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado, no con un amor cualquiera, para unirnos a su Pascua y para morir a la muerte. Con el regalo de su cuerpo y de su sangre nos ha dado la fuerza de amar sin límites en todas las condiciones humanas; en la caridad aquella que nace del encuentro con Cristo está la caridad que todo lo excusa, todo lo tolera, todo lo cree y todo lo espera; es imposible, entonces, separar la celebración de la Eucaristía con el compromiso de caridad con los hermanos. San Juan Crisóstomo (llamado “boca de oro” porque era muy elocuente), en el siglo IV, dice: “¿Tú quieres honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies entonces cuando está desnudo. No lo honres aquí en el templo con tejidos de oro y seda mientras que lo dejas sufrir al frío y por falta de ropa. Porque el que dijo: “esto es Mi Cuerpo” es el mismo que ha dicho “ustedes me vieron con hambre y no me dieron de comer”. ¿Qué ventaja puede tener que la mesa de Cristo esté llena de vasos de oro mientras que Él mismo se muere de hambre? Comienza por saciar al hambriento y, con lo que te sobre, puedes adornar el altar. Tú vez a Cristo cubierto de harapos y tiritando de frío y tú le niegas el abrigo, pero le levantas columnas de oro en el templo diciendo que lo haces para honrarlo. ¿No te dirá más bien que tú te burlas de Él? ¿No pensará que tú le haces una injuria y la peor de las injurias?” Está muy claro, para tratar bien a Cristo tienes que tratar bien al pobre: tu Eucaristía fuente de caridad.
Recapitulando, la Eucaristía para hacernos don para los demás nos da una energía superior sin la cual no podríamos lograrlo. Luego, la Eucaristía es fuente de caridad, pues une indisolublemente el amor al Señor con el amor de los hermanos y, finalmente, la Eucaristía es fuente de alegría.
En los Hechos de los Apóstoles, al registrar lo que ocurría en la fracción del pan, se destaca como característica principal en la primera comunidad la alegría y la sencillez del corazón.
Santo Tomás de Aquino lo dice hermosamente: “El alma se encuentra en alegría espiritual, en cierto sentido se embriaga de la bondad divina”. Normalmente, en la vida humana los banquetes siempre tuvieron connotación de gozo, de generosidad y alegría. Decimos: “estábamos tan contentos que echamos la casa por la ventana”. Todos sabemos que cuando vamos al campo a visitar a alguien empiezan a tiritar las gallinas y los pavos arrancan para los cerros, porque visita y alegría y entregar lo mejor que uno tiene es lo mismo, y en el campo, en contacto con la naturaleza, la gente tiene mucho más sano ese concepto. En otros países hay mucha frialdad, contratan un servicio, arriendan una casa de eventos para que se coman un completo a 20 kilómetros del hogar, aquí en cambio decimos: “pase adelante”, y ponemos la tetera o inmediatamente sale un chiquillo a comprar una bebida. No nos cuesta hablar de esto, ¡gracias a Dios!, es una de nuestras riquezas.
Esta connotación de gozo, de generosidad, de alegría siempre fue así. Esta imagen se encuentra descrita en la parábola de Jesús, en la que el Reino se compara con un festín que un rey organiza por las bodas de su hijo (Mt. 22). Las circunstancias del banquete es una ocasión para darse, para entregar lo mejor de lo mío a los demás; es un momento en que el dueño de casa da lo mejor de lo suyo a sus amigos y ojalá en gran cantidad. Por eso que yo no entiendo cuando se critica a la gente pobre que hace una fiesta grande, y dicen: “¡Cómo hacen esa fiesta, se encalillan y después no tienen para comer!”; esa crítica yo no la acepto, porque es desconocer el alma humana. ¿Qué importa si se encalillan si van a estar tres años acordándose de la fiesta? Eso es bueno, porque pudieron dar con abundancia, así lo querían y así lo hicieron, y se parecieron a Dios porque pudieron dar abundantemente a los seres queridos, e invitaron a mucha más gente también.
En esta circunstancia del banquete, que es una ocasión de dar lo mejor de lo nuestro a los demás, quiso el Señor entregar su vida entera, su carne y su sangre. En el milagro de las Bodas de Caná, en Galilea, el primer signo del Señor fue un anuncio de la Eucaristía como banquete nupcial. La presencia del Señor asegura que puede continuar la fiesta, la alegría, y el vino que alegra el alma también. Esto puede aparecer poco científico y poco teológico, pero es así: el vino ayuda para que los alimentos hagan bien y por eso se nos recomienda: “tómeselo con un poquito de vino para que le haga bien, esa es buena medicina”; hasta San Pablo lo recomendaba y Cristo es un poco eso, Cristo es aquel que cuando lo tenemos en el alma todo nos hace bien, y hacemos todo bien. Cristo tiene el efecto del vino en el alma, el Espíritu del Señor en el alma tiene ese efecto que nos hace bien, que no nos indigesta la vida, no hay sobredosis cuando actúa el Señor en el alma. El vino que nos ayuda a que estemos sanos en el vivir, ese es Cristo para nosotros.
Entonces, la Eucaristía es también fuente de alegría, y el signo del vino nos hace comprender que su sangre está destinada a producir nuestra embriaguez espiritual. A los cristianos nos falta esa especie de embriaguez del espíritu, esa bendita desinhibición que nos vuelve a veces veraces, difusivos, cariñosos, para anunciar a Jesucristo, para no tener vergüenza de dar testimonio de Él. El Espíritu Santo y Cristo, la sangre de Cristo, tiene esa virtud de desinhibirnos y nos vuelve misioneros, más difusivos, más cariñosos, es una bendita embriaguez; esta embriaguez nunca llega a borrachera, nunca; Cristo embriaga en la justa medida, esa es la diferencia.
La Eucaristía es imagen del Banquete del Cielo que tiene en el centro a Cristo como al esposo, esta comida es una fiesta para celebrar la Alianza, ¿Cuál Alianza? El trato definitivo entre Dios y la humanidad, ese trato que se ha sellado en Cristo verdadero Dios y verdadero hombre, en Cristo, el hijo de Dios que tomó nuestra carne de la Virgen María.
Porque la Eucaristía es memorial de la muerte y resurrección del Señor se mezclan en ella el llanto y la alegría –el llanto por la muerte y la alegría por la resurrección–; en ella se mezclan el dolor y la agonía de Cristo y el triunfo del amor y de la vida. Sin embargo, el Cristo de la Eucaristía, el que comulgamos, al que adoramos, es el Cristo del Cielo, es el Cristo que está en la gloria, es el Cristo que está en la alegría perfecta del amor trinitario, ese es el Cristo que comulgamos y por eso que es fuente de alegría, porque es un Cristo triunfante, es un Cristo llagado pero resucitado; por eso no puede sino ser fuente de alegría una buena comunión, una alegre participación en la Eucaristía. El cuerpo de Cristo recibido alimenta el gozo y produce el cambio de la tristeza a la alegría. Estamos en pecado pero con Él llega luego el perdón y la resurrección y el encuentro íntimo con Cristo.
Dice el Papa Juan Pablo II: “Mi fe ha podido reconocer en el pan y en el vino consagrados al Divino Caminante, que un día se puso al lado de los discípulos de Emaús para abrirle los ojos a la luz y el corazón a la esperanza”. Eso es la Eucaristía.
La alegría en la Eucaristía tiene, finalmente, un valor escatológico, un valor que nos conecta con el fin del tiempo, con el triunfo definitivo de Cristo, porque anuncia la felicidad del Cielo; es una prueba diaria de la intención del padre Dios que ha organizado todo para llevarnos a una felicidad plena y eterna; en ella le podemos “tomar el gusto a Dios” y aumentar, por lo tanto, el deseo de poseerlo más plenamente. La Eucaristía tiene algo de aperitivo, que es una cosita anterior buena,, que alimenta, pero que nos anticipa algo más pleno. ¡Dios quiera que este don y entrega de Cristo sea para nosotros fuente de esa fuerza que nos lleva a la caridad y que engendra en el corazón una alegría incontrolable!
Termino con la última frase de la carta sobre la Eucaristía donde el Papa habla de la Santísima Virgen: “Hay pues una semejanza profunda entre el sí de María y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe la comunión, se parece el sí de María al ángel con el amén que decimos nosotros al comulgar; a María se le pidió creer que el que tenía en su seno era el hijo de Dios y a nosotros se nos pide creer que el mismo hijo de Dios se hace presente en el pan y el vino”. Por eso la Eucaristía es un sacramento que aumenta la fe.
Isabel dijo a María: “¡Dichosa por haber creído que de cualquier manera se cumplirán las promesas del Señor!” (Lc. 1, 45) María, primer tabernáculo de la historia, donde el Hijo de Dios todavía invisible a los ojos del hombre se ofrece a la adoración de Isabel, como irradiando su luz a través de los ojos la mirada embelesada de María al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al abrazarlo en el pesebre, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse toda comunión eucarística? Deberíamos tratar la Eucaristía, dice el Papa: “con la misma delicadeza y el mismo cariño con que María trató a Cristo en Belén”.