Queridos hermanos y hermanas:
Estamos celebrando este día, último domingo de septiembre, el día de Oración por Chile, como los Obispos lo determinaron hace ya muchos años. Rezamos por la patria, porque cuando uno reza realiza un acto muy inteligente.
Rezar es poner a nuestra disposición toda la potencia de Dios y toda la sabiduría de Dios. Cuando una persona ora hace suya la fuerza de Dios. Esa es la maravilla de la oración. Es una posibilidad inédita, que no existía antes de Cristo.
Cuando Cristo Jesús vino a nosotros descubrimos el inmenso tesoro que ponía en nuestras manos: la posibilidad de orar.
¡Qué maravilla es saber que tenemos esa posibilidad de conectarnos con Dios, directamente, en un plan de infinitas posibilidades, sin restricción de ningún tipo, de minutos, de nada, en una comunicación total con Dios!. Eso es la oración.
Es Dios que pone a nuestra disposición todo su amor, toda su gracia y toda su fuerza. Y rezamos por Chile, porque en verdad somos privilegiados. Hoy día cada uno de nosotros se irá a su casa sin temor a bombardeos, a actos terroristas que lancen por los aires a hermanos inocentes, sin grandes plagas, sin ciclones; hoy podremos todos, Dios mediante, volver a casa tranquilos.
Vivimos en un país privilegiado queridos hermanos y le pedimos a Dios y a la Virgen que no nos arranquen de las manos el tesoro que tenemos: un país que todavía tiene grandes valores de acogida, de fe, de respeto por los demás; con una vida relativamente tranquila, aunque aparecen en el horizonte algunos nubarrones. Dicen algunos estudios que los chilenos estamos siendo cada día menos felices, que hemos perdido la alegría y que ello tiene que ver con esta fiebre que nos consume, con esta vida tan rápida, en este caminar desenfrenado, en este ir sin saber para donde, en este endeudarse permanente de las familias para poder conseguir algo, en este hacernos esclavos de las grandes tiendas, para tener una vida que la televisión nos obliga a buscar.
Por eso le pedimos a hoy a la Virgen Santísima para que esto no nos suceda. Hoy el Evangelio nos recuerda una palabra preciosa.
El Evangelio de hoy nos recuerda cuando la Virgen María le da a los servidores, en las bodas de Caná, el consejo más sabio, el consejo más precioso que se haya escuchado en la tierra. La Virgen se hace eco del consejo dado por el mismo Padre Dios cuando en el bautismo de Jesús en el Jordán, cuando se abrió el cielo y se escuchó: “este es mi hijo el amado, escúchenlo”. La Virgen Santa, quien estaba en íntima comunión con Dios porque Dios vivía en su corazón, le dice las mismas palabras a los servidores: “hagan todo lo que Él les diga”. Consejo que cada uno de nosotros puede hacer propio. Cada uno de nosotros puede hacer en su vida lo que Cristo nos diga.
En las bodas de Caná la familia de los novios tenía un problema que resolver... Las fiestas de bodas en el tiempo de Jesús duraban casi 8 días y los dueños de casa tenían que proveer para 8 días de fiesta. No era fácil. Caná era un pueblecito pequeño y era difícil conseguir vino y alimento y vino suficiente para tantos invitados. Entonces la Virgen María interviene y le da solución al problema. Hoy día, la Virgen María también está presente en la familias que tienen problemas que resolver.
Hoy como país tenemos problemas de diversa índole: hay mala distribución de los ingresos, porque hay gente que tiene demasiado y la hay que ni siquiera tiene lo necesario para vivir; en uno de cada tres hogares hay violencia intrafamiliar; cada día aumenta la neurosis entre las personas; en la Región del Maule hay demasiada gente endeudada; tenemos, en suma problemas en las familias, tenemos problemas personales y tenemos problemas en el alma.
Podemos preguntarnos: ¿dónde está ese mundo donde no hay problemas?, ¿cómo hacer de los problemas una posibilidad para ser más felices, más profundos, más serenos? El problema que hubo en Caná de Galilea sirvió para que se manifestara la gloria de Dios. La clave fue la inteligente decisión de los dueños de casa de invitar a Jesús y a su Madre, porque Ella recomendó acercarse a Jesús, y esperar que se manifestara el poder de Dios.
Siempre
tendremos problemas, grandes o pequeños. La vida es una sucesión
de problemas, y no es una mirada pesimista, sino muy realista. El problema
es una situación que resolver, de la cual puede salir un resultado
bueno o malo.
Hoy, contemplando a la Virgen María, nuestra Madre, sabemos cómo
se solucionan todos los problemas. Se solucionan presentándoselos a
Jesús.
Cuando una persona tiene un problema y le pide luz y consejo a Dios siempre obtiene lo que es bueno para solucionar ese problema, aunque no sea lo que se esperaba; siempre el resultado será favorable para que el pide, pues se manifestará la gloria de Dios en la paz de su corazón.
¡Qué torpe es resolver nuestros problemas sin preguntarle a Dios!. Tratar de resolverlos con violencia, con rabia, con despecho, con impaciencia, o preguntándole a los adivinos, como se escucha en programas de radio: tristes diálogos, con personas afligidas que le preguntan a falsos consejeros.
No pidamos la solución a nuestros problemas dejándonos llevar por estados viscerales, ni consultando a pseudo consejeros que se ganan la vida orientando lo que es imposible orientar, porque el futuro le pertenece sólo a Dios.
Hoy, la Virgen nos invita a hacer todo lo que Él nos diga, y quisiera que estas palabras nos quedaran resonando a todos en nuestros corazones. Vengamos a Jesús, hablémosle de nuestros dolores, contémosle nuestras cosas, y es seguro que cualquier vacío que haya en nuestras almas, tarde o temprano, Cristo lo llenará con el vino de la alegría.
Los que le preguntan a Jesús siempre saben salir del atolladero. Eso lo podemos apostar a ojos cerrados, porque es Palabra de Dios.
Que la Virgen nos ayude a que todos los problemas que tenemos como país, como personas, como sociedad aprendamos a entregárselos a Jesús. Sin muchos discursos, sino acercándonos al Sagrario y hablándole confiadamente con sencillas palabras.
¡Al Señor sea la gloria por los siglos de los siglos!.
+ HORACIO VALENZUELA A
Obispo de Talca