HOMILÍA DEL TE DEUM DE FIESTAS PATRIAS
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Queridos hermanas y hermanos: ¡A ti, oh Dios, alegres te alabamos! ¡A ti Padre del cielo te aclama la creación! En estos días patrios, días de amistad, de alegría y de oración, hagamos conciencia de cuál es nuestra común igualdad y el motivo de nuestra esperanza. Somos hijos muy amados de Dios redimidos por la sangre de Jesucristo, encomendados al cuidado maternal de la Virgen del Carmen. Que nuestra alabanza se traduzca en una vida y en una sociedad construida con los mejores criterios y el mejor auxilio, con los criterios de Dios y el auxilio de nuestra Madre del Carmen. Hermanos, el don de la creación es patente para quien tiene los ojos humildes y habituados al contacto con la naturaleza, con los campos, las montañas y el mar. Ante esta escena grandiosa de la creación alabamos a Dios por la alegría de las cosechas, por el trabajo bien hecho, por el esfuerzo de cada una de las familias de nuestra patria y de nuestra región. Alabamos al Señor por las autoridades y servidores públicos que asumen la hermosa tarea del bien común. Y alabamos también llenos de humildad y en silencio por el dolor que nos revela nuestra radical indigencia, el dolor que nos abre hacia Dios y que bien sabemos hace florecer la compasión, la ayuda mutua y la solidaridad. Nos unimos al dolor de tantas familias que aún padecen postergaciones y violencia de diversa índole. Estos días la televisión nos ha mostrado imágenes difíciles de mirar, jóvenes destruyendo la vida de otros jóvenes. Postergaciones, violencias laborales, personales, familiares. Hoy oramos al Señor por tantos de sus hijos que a pesar de sus esfuerzos no logran ponerse en pie. Pero junto con el don de la creación queremos alabar al Señor porque ha visitado y redimido a su pueblo. Hermanos, sin Dios somos incapaces de vencer nuestros enemigos principales que son el pecado y la muerte, enemigos implacables de todo ser humano. Si miramos nuestra vida social marcada muchas veces por el sin sentido, la injusticia y la violencia, nos encontraremos con la realidad del pecado que malogra la amistad con Dios, que rompe el vínculo con los hermanos y que hace estéril la buena voluntad. A su vez, la muerte en cualquier momento nos despoja de todo y pone una nota de inseguridad a nuestros proyectos. Cuando se da la espalda a Dios la idea del fin de la propia vida gatilla una fiebre, una ansiedad por las cosas materiales, todo se reduce al tener y al disfrutar. Así se enferma el amor humano y la sociedad se transforma en una carrera donde solo hay vencedores y vencidos, fuertes y débiles, ganadores y perdedores. El ser humano no solo tiene necesidades materiales, tiene sed de vida eterna, de cielo, tiene sed de Dios. En la hermosa parábola del Buen Samaritano que hemos escuchado se le hace a Jesús nuestra pregunta más fundamental, una pregunta que a todos nos late en el fondo de nuestro ser. Le preguntan a Jesús “¿Qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?”. En el fondo es qué tengo que hacer para que la muerte no tenga dominio sobre mí. Jesús responde señalando los dos principales mandamientos: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. En ellos se resume toda la sabiduría. El camino que conduce a Dios pasa por el hombre, el camino que conduce hacia el hombre pasa por Dios. Este es el centro de nuestra fe cristiana, como dijera nuestro querido Juan Pablo II: “¿Qué es el cristianismo? El cristianismo es ese profundo estupor respecto al valor del hombre”. El Evangelio del Buen Samaritano nos ofrece un plano, una clave organizar la edificación de un mundo más feliz, un mundo más de acuerdo al plan de Dios. En este mundo mejor que todos anhelamos, todo debe organizarse en función de la persona humana, en especial debe organizarse en función de los hombres heridos, los olvidados por nosotros mismos, los pobres, los solos, los enfermos, los excluidos. Ellos marcan la lógica de un mundo mejor. Es claro que el hombre botado a la orilla del camino es el centro del relato que Jesús nos hace, su presencia desvalida juzga las actitudes de los victimarios y también de los que pasan por el camino. En torno al hombre botado se organiza toda la gran escena, que es la escena del mundo mirada por los ojos de Dios. Este cuadro verifica si son o no humanas las culturas, las políticas, los proyectos sociales. Esta escena construida por Jesucristo juzga la historia y todas las historias. La hermosa narración de San Lucas nos habla de lo que significa la salvación. Ante la pregunta ¿quién es mi prójimo? Jesús cuenta la historia de aquel hombre que bajando de Jerusalén a Jericó fue brutalmente asaltado y abandonado en el camino. El Evangelio destaca la indiferencia de los que se tenían por justos y finalmente la caridad del samaritano, que era un hombre ajeno a la patria y a las creencias y que se hizo cercano. La enseñanza de este texto no solo encierra una obligación, un imperativo moral, cuidar a los que han quedado a la orilla del camino por cualquier causa, por su condición, por su pasado. La actitud del Buen Samaritano nos muestra sobretodo cómo es el rostro de Dios revelado en Jesucristo, rostro que contemplamos en el Evangelio y oculto en la Eucaristía, rostro que resplandece en el testimonio de los santos, en la vida de los humildes; rostro que permanece y quiere actuar en el corazón humano. El hombre derribado y herido en el camino somos nosotros mismos que fuimos despojados por la violencia del mal y del pecado. No nos avergüence nuestra radical indigencia porque en nuestra misma pobreza nos ha encontrado el samaritano que es Cristo. Él ha tenido compasión de nosotros. Él a todos nosotros nos ha llamado con una vocación santa, nos ha elegido antes de la creación del mundo, ha lavado nuestras heridas con la sangre del costado de Cristo. Nos ha ungido con el Espíritu Santo, el aceite de la alegría y nos ha confiado el cuidado de la Iglesia madre hasta el día en Cristo vuelva venir al mundo. La parábola del Buen Samaritano no solo señala las virtudes del prójimo, nos enseña nuestra única verdad de nuestra vida presente y eterna. ¿Cuál es la gran verdad?: necesitamos a Cristo, necesitamos su salvación. Que Cristo nos encuentre en el camino y se incline a recogernos. Esta vida, que es un disparo a la eternidad como decía San Alberto, no tiene sentido sin Dios. No tiene frutos sin el auxilio del vino y del aceite. Hace poco en esta misma Catedral hemos despedido a un servidor público que ha partido en la plenitud de su servicio a la patria. Unimos ese dolor al de tantas familias, al de tantos hermanos nuestros que han partido durante este año. Nos preguntamos ¿Dónde están? ¿Qué ha sido de ellos? ¿Cuál es la causa de que en medio del legítimo dolor cada uno de nosotros tenga una íntima esperanza de que lo volverá a encontrar? ¿Será posible que las montañas, los ríos, incluso las obras humanas, permanezcan cientos y miles de años y nosotros peregrinemos tan brevemente y sin esperanza? Meditemos y agradezcamos el don de la creación, hagámonos responsables de esta vida, pero hagámoslo con los ojos fijos en Jesucristo. La vida nos ha sido regalada para buscar a Dios nos ha dicho San Alberto Hurtado. Esta patria nuestra es un camino para la patria definitiva, construyámosla con los criterios de Dios, busquemos la salvación nuestra y la de nuestros hermanos y tendremos no solo los dones preciosos de la paz y de la alegría, sino se nos dará también todo lo demás añadidura, progreso material y espiritual, sobretodo una vida con esperanza. “Maestro, ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?”. Esta es la pregunta fundamental de nuestra vida. Jesús nos dice: se como el samaritano, se compasivo, generoso, heroico, ve y haz tú lo mismo. Pero de dónde sacar la fuerza que asiste a nuestra debilidad. ¿Cuál es el manantial de vida que nos dará la energía para alcanzar la meta de una sociedad más justa? Jesús mismo nos responde: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Quien me sigue no camina en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida. Seguir a Cristo es cumplir los mandamientos y dar testimonio hasta el martirio de la santidad de la vida humana, desde su origen hasta su muerte natural. De la unidad e indisolubilidad de la familia, de la necesidad y santidad de un trabajo digno, dar testimonio sobre natural de nuestros propios actos, de la necesidad de Dios para nuestras vidas, de la dependencia de toda realidad de Dios. Seguir a Cristo es denunciar también las injusticias y comprometerse vitalmente con las soluciones, movidos por el amor a Dios y a cada persona. Este es el testimonio de los santos. De dónde han sacado los santos la fuerza para transformar el mundo, por qué resistieron tanto a pesar de la oposición del egoísmo y del sin sentido. Su secreto es uno solo: la oración. La elevación de todo hombre a Dios por medio de la plegaria humilde, perseverante y confiada, por eso estamos aquí. Hagamos más intensa la oración, la oración salvará al mundo y hará que nuestro trabajo tenga un fruto que no muera jamás. El hombre nunca es más hombre que cuando se eleva por sí mismo en la oración. La oración hace brillar lo mejor que hay en el corazón humano, en cada familia, en cada comunidad. Oremos de la mano de la Virgen María, Patrona de Chile, estrella de nuestra bandera, la santísima Virgen del Carmen. En estos días el Papa Benedicto visitando la gruta de Lourdes, en Francia, al conmemorar 150 años de la aparición de la Virgen Inmaculada, nos dice que oremos más. Con fuerza solamente humana no se puede construir una patria digna de los hombres. Por eso quisiera hacer un llamado a una mayor vida espiritual, de acuerdo a la fe de cada uno. Alguien decía quien no escucha a Dios no tiene nada de qué hablar. Necesitamos al Señor, necesitamos silencio, necesitamos escuchar al Señor. Así nos haremos cargo de las urgentes cuestiones sociales, económicas y laborales del ahora presente; de las urgentes preguntas que nos desafían, de la inquietudes de la época y de cada corazón humano. Con humildad y respeto los invito a todos, volvámonos a Dios, busquemos en el silencio lo que Él nos quiere decir. La Virgen santa le da a Chile ese calor de hogar que nos impide avanzar sin penar en los más pequeños. Ella nos llevará a la Eucaristía, al banquete del Reino de los Cielos. Por eso decimos ¡A ti, oh Dios, alegres te alabamos! Que nuestra oración llegue hasta Ti por medio de Jesucristo el Señor y de María Santísima. Bendice con toda clase de bienes espirituales y celestiales a tus queridos hijos. Bendice a nuestras familias, nuestros campos, nuestras siembras y cosechas, nuestros animales. Bendice nuestros negocios y empresas, nuestros cuarteles, nuestra actividad política, sindical y solidaria. Bendice nuestras escuelas, liceos y universidades. Bendice nuestras reparticiones públicas y tribunales, nuestros hospitales, asilos y cárceles. Danos tu luz para cuidar el regalo de la creación y construir una sociedad en la que tú seas el fundamento, y la persona humana el criterio fundamental. Ayúdanos a ser constructores de una sociedad fundada en Ti. Ayúdanos a ser promotores de la justicia del Buen Samaritano que es misericordia y regálanos a todos el donde la salvación, de la vida eterna, donde esperamos encontrarnos todos sin fronteras en una alabanza que será eterna a tu gloria. Amén.
+ HORACIO VALENZUELA ABARCA |