LA  ORACIÓN: ACOGIDA  AL  ESPÍRITU
(Lc. 11, 1- 13)

Talca,Domingo, julio 25 de 2010.

 

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Pbro. Luis Vaccaro Cuevas

P. Luis Vaccaro Cuevas
Profesor de la Facultad de Ciencias Religiosas y Filosóficas de la Universidad Católica del Maule

El Evangelio de hoy, nos pone en medio del corazón de todas las realidades que, en los domingos anteriores, San Lucas nos ha ido mostrando. Hemos descubierto la doble exigencia del amor a Dios y a los hermanos. Con el Buen Samaritano se nos revela el sentido más profundo del amor al prójimo. También María nos mostraba el valor de la escucha de Jesús. Ese es nuestro telón de fondo para recibir hoy la luz que la Palabra de Dios nos da sobre la oración.

La fórmula de oración que Lucas nos transmite es sin duda muy cercana a lo que debieron ser las palabras del mismo Jesús. El tema fundamental es la apertura del hombre ante el misterio de Dios que nos revela su reinado. Las dos primeras peticiones constituyen el gran propósito del orar, ambas coinciden  en el hecho de implorar la manifestación de Dios en nuestra historia. Dios revela la santidad de su nombre precisamente en la venida de su reinado. Las dos peticiones siguientes, ruegan por dos elementos que ponen de relieve la indigencia de la vida del hombre, su necesidad, que se sustenta permanentemente en Dios. Por ello pedir el pan y el perdón es evocar que el creyente camina y se alimenta en la comunión con otros que comparten la misma huella.

Es esta la oración que nos abre al horizonte de lo eterno que se hace concreto en las palabras y gestos de Jesús. Es la súplica del hombre que se descubre abierto ante el misterio de Dios y que confía totalmente en su presencia y en su fuerza salvadora. Esta fuerza tiene dos características importantes: es don, regalo de Dios que nos ofrece su confianza  de allí que la segunda característica sea el perdón. La gratuidad es siempre amor regalado que produce comunión, sana heridas y traduce en realidades pequeñas y cotidianas la misericordia de Dios.

Hoy nuestra oración, nos enseña Jesús, debe nacer de nuestra indigencia. Jesús no da fórmulas, ofrece un modelo. El que ora derrama su indigencia ante un Padre que ama y acoge, de allí los ejemplos tan concretos del amigo que insiste y del hijo que pide. Un horizonte pleno que hace más ardiente el deseo del creyente: El Reino. Todo lo llena la pasión por el Reino y la seguridad de ser oídos. Sin abrir nuestros labios el sabe lo que necesitamos, más que un padre y mejor que un amigo. Por esto la oración  tiene un componente de esperanza grande, que nace de nuestra condición de peregrinos que caminan buscando. Nuestra vida no es un proyecto acabado y pleno, hay que pedir a Dios vislumbrar la hondura de la vida y su sentido, con la luz que su amor nos regala.

Oración significa estar abiertos al amoroso reinado del Padre. Estar abiertos como Jesús, que ha confiado en la palabra de su Padre y vive inmerso en la andadura del Reino. Desde aquí descubrimos que toda oración cristiana consiste en un volverse transparente ante el don de Dios que llega. Por eso, siempre que pedimos algo, desde lo más profundo de nuestros deseos y aspiraciones, estamos anhelando la venida de Dios hacia nosotros, aunque las formas concretas, a veces, no sean las que se han formulado en nuestra súplica. Si la oración ha sido verdadera, recibiremos el Espíritu, la fuerza de Dios que conduce nuestra vida más allá de nuestras metas y deseos y nos sumerge en la conciencia de la presencia de este Padre amoroso que siempre interpreta nuestro querer.