José Manuel Neira Farías, fue enviado como ministro este domingo 04 de enero, durante la Eucaristía que se celebró a las 12:00 horas, y fue presidida por el obispo de Talca, monseñor Galo Fernández.
La relación de José Manuel con la vida parroquial comenzó cuando era muy pequeño, participando en su niñez y durante su adolescencia y juventud en diversos espacios de servicio. A lo largo de más de cuatro décadas, ha sido parte activa de grupos juveniles, comunidades cristianas de base, equipos de liturgia y, especialmente, del trabajo catequético, acompañando a niños y jóvenes en su preparación para la Primera Comunión, la Confirmación y en procesos de formación comunitaria.
Aunque hubo un tiempo en que debió alejarse debido a su trabajo, José Manuel nunca dejó de sentirse parte de la comunidad. Y fue hace algunos años cuando la hermana Nancy Beltrán, religiosa del Amor de Dios, lo animó a asumir un compromiso mayor como ministro enviado.
Actualmente, mantiene una estrecha relación con las comunidades de Bajo de Lircay y San Miguel, donde ha desarrollado una labor constante de acompañamiento, especialmente en la pastoral con enfermos, visitas domiciliarias y actividades comunitarias junto a las religiosas. El cariño y la cercanía de la gente han sido un impulso fundamental para asumir este nuevo servicio, dijo José Manuel Neira.
“Hay gente muy contenta y se nota por lo que hemos ido haciendo, por ejemplo, con las hermanas hacemos pastoral y uno va descubriendo la necesidad que hay de los enfermos, la necesidad que hay de visitar los hogares, pero ahí hemos salido, también el año pasado tuvimos a la Virgen Peregrina, y uno va descubriendo la necesidad de la gente y el cariño con que la gente lo recibe cada vez que llegamos a sus casas, a sus comunidades y la gente está super contenta, así que eso también me motiva a seguir trabajando”.
En lo personal, José Manuel vive este momento con una mezcla de tranquilidad y responsabilidad. Reconoce que hay temor ante el nuevo desafío, pero también una profunda paz al sentir el respaldo de la comunidad.
“Hay momentos en que digo, ‘Señor, ¿dónde me metiste?’. Y da miedo, claro da mucho susto, pero uno va viendo que la gente lo quiere tanto que al final uno se entrega, hay que entregarse y que Dios diga y hable por uno”.