P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social y Talca Ciudad
Párroco de Los Doce Apóstoles y Capellán Univ. Santo Tomás
Estamos viviendo la tercera semana de Cuaresma. Para los cristianos es un tiempo especial de gracia en el cual podemos crecer en muchos aspectos de nuestra vida para ser testimonios del gran amor que Dios tiene por la humanidad y que los hombres y mujeres sepan esta noticia para que puedan mirar con esperanza su futuro y el de todos.
El evangelio que se lee en todas las Iglesias del mundo es aquel en el cual Jesús, viendo el templo lleno de mercaderes, toma un montón de cuerdas y con ellas golpea, derriba las mesas y expulsa a los vendedores y cambistas de monedas porque han convertido esa casa en una cueva de ladrones. Es un signo profético muy grande e importante porque es ahí donde se da todo el movimiento económico de Israel, es como el banco central de la época.
Dos cosas me parecen importante de meditar y proponer a quienes leen este artículo: lo primero es el templo como signo de la presencia de Dios en medio de cualquier comunidad. Cualquier capilla en la ciudad o en el campo expresa esa cercanía, ese espacio de encuentro con la divinidad, con el misterio. Que importante es darle la importancia que tiene, sabiendo que no se cierra ahí la presencia de Dios. Mucha gente cree que si no es en un templo su oración no es escuchada o no tiene valor. Dios está en todas partes, por lo tanto, aunque el edificio está cerrado, mi oración es recibida por Dios. Pero es signo de acogida, de amistad, de cercanía, de ambiente propicio, el que existan lugares que me remiten a Dios y que permiten apertura del corazón para expresar lo que siento o lo que necesito. El agradecimiento o el perdón. Un lugar de uso único para el culto es importante, pero sabiendo que Dios habita en el corazón del hombre, por decirlo de alguna manera. Los que se dejan inspirar por el Espíritu, saben que la presencia de Dios en cada persona se manifiesta en actitudes de servicio, de solidaridad, de superación de todas las realidades que dañan el corazón humano. Es por eso que un lugar contaminado con negocios, por cualquier otra actividad económica, distrae el pensamiento y puede distraer también nuestras acciones del fin que el Señor nos propone a cada uno.
El segundo tema importante de meditar es el valor que tiene el dinero en nuestra vida. Cuantas cosas se pueden conquistar si existe una moneda. Muchas personas viven únicamente para tener dinero. Lo buscan permanentemente y tienen la creatividad suficiente para inventar negocios que hacen crecer los capitales personales. Es un Dios muy poderoso y cambia los corazones humanos. Lo hace endurecerse y poco a poco convierte a las personas en solitarios que se apegan a su riqueza para defenderla de quienes creen que se las pueden quitar. Uno de los mayores demonios es el dinero y por esa razón es que Jesús expulsa a los vendedores. Porque los negociantes se aprovechan de los más pobres para enriquecerse más. Cuantas muertes hay en el mundo por culpa del dinero. Que cuando se hace socio de la droga y de las mafias, corrompen a las personas e incluso gobiernos.
Pidamos al Señor Jesús que nuestra vida sepa reconocer día a día su presencia en el templo que es cada persona y no la dañemos con la fuerza que el dinero tiene de comprar y corromper.
Domingo 4 de marzo. Juan 2, 13-25.