P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social y Talca Ciudad
Párroco de Los Doce Apóstoles y Capellán Univ. Santo Tomás
“Cuando Jesús y los suyos se aproximaban a Jerusalén, estando ya al pie de monte de los Olivos, cerca de Betfagé y de Betania. Jesús envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo; y si alguien les pregunta: <<¿Qué están haciendo?>>, respondan: <<El señor lo necesita y lo va a devolver enseguida>>. Ellos fueron y encontraron un asno atado cerca de una puerta, en la calle, y lo desataron. Algunos de los que estaban allí, les preguntaron: <<¿Qué hacen? ¿Por qué desatan ese asno?>>. Ellos respondieron como Jesús les había dicho y nadie los molestó. Entonces le llevaron el asno, pusieron sus mantos sobre él y Jesús se montó. Muchos extendían sus mantos sobre el camino: otros, lo cubrían con ramas que cortaban en el campo. Los que iban delante y los que seguían a Jesús, gritaban: <<¡Hosanna!¡Bendito es el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!>>.
En nuestras liturgias de este domingo tenemos dos textos evangélicos: uno es el que se presenta como introducción a este comentario y otro extenso que es la lectura de la pasión, ambos de San Marcos.
Es un día muy importante porque se inicia la semana central de la vida de fe de los católicos. Viviremos Semana Santa que parte con esta entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. El Padre Fredy Peña en su comentario nos dice que “cuesta asimilar la entrada de un rey en un asno y que a pesar de ello se le aclame con vítores y palmas de una forma triunfalista”. “Jesús, al ingresar a Jerusalén cabalgando, no lo hace como un peregrino, y tampoco como un maestro o curandero, sino como el Rey prometido que anunciaron los ángeles a los pastores. No viene como un conquistador ni como un rey belicoso con sus tropas, sino totalmente humilde y pacífico. Él no quiere honores ni poderes exteriores, solo trae consigo el valor de su propia persona y nada más; por lo tanto, no busca subyugar ni dominar a nadie. Sólo quiere donar su amor sin ningún otro interés más que el bien del hombre”. No se presenta como los reyes con riqueza material ni fuerza apoyada en las armas. “Jesús es Mesías Rey y su realeza se diferencia de otras porque se aleja de los círculos de poder y de quienes abusan de su autoridad. Él está al servicio de los discriminados o condenados que la sociedad juzga fuera de la ley. Esta expectativa en los tiempos de Jesús era signo de esperanza y lo es también hoy para el mundo creyente, porque cree que él es el bendito y el enviado de Dios”.
Como segundo punto de reflexión quiero invitarles a mirar la muerte de Dios. Ya en el siglo pasado un filósofo llamado Nietzche proclamaba esta situación. Él decía que el hombre podía crecer a una estatura gigantesca, pero no podía porque tenía un techo que se lo impedía. Ese techo era Dios, y para poder alcanzar la grandeza debía superar ese obstáculo y por lo tanto debía morir. El hombre debe por su voluntad de poder, sobreponerse a todas las situaciones y comenzar a ser el amo y señor del mundo. Muchos se escandalizaron de sus planteamientos que son muy extensos y profundos. Pero hoy vemos la muerte de Dios y no nos escandaliza. Más bien nos acostumbramos a ella y la extendemos con nuestra forma de enfrentar las cosas de modo individualista, y en una mentalidad economicista.
Hoy vemos cómo el mismo Cristo nos muestra su deseo de que el hombre sea libre, que pueda comenzar a caminar hacia el universo. Él mismo se entrega para que ese anhelo se cumpla. Dios nos quiere hombres libres. El contemplarlo a él verdadero Dios y verdadero Hombre reconocemos con humildad que el amor es el que transforma todo. No el imponerse ni el poder sobre los demás. Es la apertura a la vida nueva, a un reino nuevo que el pueblo de creyentes siempre espera.
Domingo 25 de marzo, Marcos 11, 1-10.