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29 Dic2014

La Sagrada Familia

p luis vaccaroP. Luis Vaccaro Cuevas.
Profesor de la Facultad de Ciencias Religiosas y Filosóficas de la Universidad Católica del Maule.

La existencia humana, nuestra vida de todos los días, está llena de momentos y detalles que nos conducen a los caminos más importantes y más complejos de nuestra vida. Hoy domingo, el primero después de la Navidad, La Fiesta en que en lo pequeño se nos hizo grande lo importante, celebramos y recordamos a la Familia de Nazareth, el sencillo grupo humano donde la vida nació para convertirse en salvación ofrecida a todo hombre y mujer que quiera acogerla.

El sentido más profundo, que la celebración de hoy nos hace ver, no puede ser reducido al simple modelo de una familia plena y realizada, lo que no es poco en nuestra época, pues sabemos que en ese lugar del hombre, tan humano, importante y frágil, muchos han fracasado. Por esta misma razón no se la puede reducir a una piadosa consideración o un modelo a seguir, porque no todos los hijos son tan buenos como Jesús, no todas las madres son  comprensivas como María, y no todos los padres son acogedores como José. Esta fiesta tiene la intención de explicar y hacer resplandecer el significado más profundo del amor humano, vivido al interior de una estructura también muy humana, cuya característica fundamental es ser escuela de amor, en todo lugar y tiempo.

El evangelio de San Lucas nos sitúa en el contexto de la tradicional ley judía, por la que todo primogénito es sagrado, y por lo tanto ha de entregarse a Dios, y ello se realiza por medio de la ofrenda sacrificial de un animal puro. Lucas resalta que el niño “ha sido presentado al Señor”. El sentido de esta ofrenda que los padres hacen de Jesús sólo se comprende a la luz del calvario. Ese niño, en su debilidad, manifestará el triunfo del madero de la cruz. Este destino de Jesús, alcanza  a todo su grupo familiar: la escena en que Simeón, el anciano que revela la verdad sobre Jesús, así lo pone de manifiesto. María, la madre que ha llegado al templo para cumplir con los ritos de la purificación, debe escuchar el futuro de su hijo y el anticipo de la dolorosa participación que a ella le espera. A José no se le nombra más  que veladamente al usar la expresión “Su padre y su madre estaban admirados de lo que oían decir de él”. Suele pasar con el amor entregado y silencioso de José, que de manera implícita subyace en muchos de los relatos de la infancia. En esa pareja y en ese niño se cumplirá el designio de salvación y de esperanza que llenará toda ansia y colmará todo anhelo. Es esto lo que los llevará por caminos que, sin duda, no esperaban recorrer, por el consuelo y el dolor, la alegría y el abandono, la huida y el retorno; todos ellos caminos que los hombres recorren, pero que en este caso, son asumidos por corazones capaces de libertad y de aceptación de los designios de Dios para ese niño que será signo vivo y eficaz del amor del Padre y despertará la fe de muchos que conocerán, en sus gestos y en sus palabras, que los hombres tenemos un Padre que nos ama: el Padre de Jesús.

La fiesta de hoy es memorial de la acción amorosa y providente de Dios que se hace amor y entrega paterna, que no renuncia  a ser ternura y comprensión materna. Invocar hoy a la Sagrada Familia es renovar nuestra común llamada a generar y a descubrir el amor allí donde nos toque vivir y comunicar nuestra fe.  


Domingo 28 de diciembre de 2014.(Lc. 2, 22-40)

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