P. Luis Vaccaro Cuevas
Profesor de la Facultad de Ciencias Religiosas y Filosóficas de la Universidad Católica del Maule
La escena de los Magos ha permanecido en la leyenda y el arte cristianos como una figura tradicional que asociamos al misterio de la Navidad y en el que la fe de muchos hombres y mujeres ha encontrado eco. Hoy celebramos ese episodio que San Mateo nos narra, lo llamamos “epifanía”, palabra griega que significa manifestación, revelación de algo o de alguien, y para nosotros es justamente el misterio que celebramos y al que la Palabra de Dios nos introduce.
El texto de San Mateo nos presenta a unos magos. La palabra es de origen persa y significa dirigentes religiosos; en el griego corriente en el que están escritos los Evangelios, sería lo que conocemos hoy como astrólogos. Mateo ha usado estas figuras con una intención teológica, es decir, instrumentos que sirvan para una lectura creyente de la vida de Jesús. Ellos ratifican la dignidad del personaje central del Evangelio. Más aún, estos hombres, que eran paganos, no judíos y por tanto desconocían la revelación sobre el Mesías del Antiguo Testamento, reconocen al Mesías y no se escandalizan de su humildad. Por el contrario los doctores de la ley, especialistas en la Escritura, no son capaces de reconocerlo. Esto es una gran verdad que Mateo quiere hacernos entender: Jesús es rechazado por aquellos que se creen elegidos de Dios y es aceptado por los paganos. Esto significa afirmar la universalidad de la salvación, quien realmente tiene el corazón dispuesto, sea judío o no, puede aceptar a Jesús como el Salvador, Aquél que ofrece la vida sin distinción ni límites para que el hombre pueda acercarse a lo Eterno. Por ello el tema de la realeza de Jesús, que se destaca en los regalos y en la manera en que los magos se acercan a El, es también otro motivo propio de Mateo: en Jesús se cumplen todas las esperanzas de todo hombre, en cualquier lugar o momento de la historia. El es el Rey que todos esperan, pero un rey humilde y oculto. Quien lo encuentra se alegra, como los magos, y le entrega lo mejor de sí.
El llamado a no perder en nuestra vida la capacidad de acoger el misterio de la Epifanía de Cristo es el corazón de lo que hoy celebramos. Está fiesta es memoria celebrada de lo que constituye nuestra continua búsqueda. Búsqueda que, a veces, se hace en la oscuridad, también nuestras estrellas se pueden apagar, puede ser que se den desviaciones; caminos recorridos que no llevan al pesebre, pero es necesario entender que la andadura de la fe no es algo rectilíneo, es paciente y no pocas veces fatigoso, lo importante es no desanimarse y pedir que nuestra mirada se mantenga en aquello que es la meta de toda vida creyente: postrarse y adorar.
La Epifanía es la fiesta en que celebramos el común llamado de todos a esta salvación en Cristo que no conoce de límites ni de fronteras, pero la solemnidad de hoy otorga un matiz particular: Celebrar es reconocer con humildad donde está el centro de nuestra vida. Adorar es reencantar la vida en el misterio de Cristo, es sumergirnos en lo que debe apasionar el corazón creyente: el niño de Belén que es la Palabra amorosamente definitiva de Dios sobre nosotros.
Domingo 04 de enero de 2015. (Mt.2, 1 - 12)