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12 Ene2015

Bautismo del Señor

p luis vaccaroP. Luis Vaccaro Cuevas
Profesor de la Facultad de Ciencias Religiosas y Filosóficas de la Universidad Católica del Maule.


La fiesta del Bautismo del Señor concluye el tiempo de Navidad. La Encarnación como realidad de salvación se nos muestra aquí como misión, como el servicio que la vida de Jesús presta a los hombres: la conversión a su persona es el camino para llegar a experimentar la misericordia del Padre y el cambio profundo que esto produce en la andadura concreta de la vida.

En el evangelio de San Marcos,  que la Iglesia nos ofrece hoy para celebrar este momento, la figura del Bautista es presentada con los rasgos típicos del profeta. Es un hombre, cuya austeridad y denuncia, no se deben a una pose o a una estrategia. Juan tiene conciencia de ser el que anuncia la salvación que no es el mismo: “Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme  a sus pies para desatar la correa de sus sandalias”. Esta conciencia profética hace de la figura del Bautista, alguien capaz de introducir públicamente, el misterio de Jesús en medio de aquellos que los seguían, tal como nos lo dice escuetamente el propio evangelista: “Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán”.

Esta primera escena da lugar  a un segundo y sugerente momento: Aquél que es esperado como el Mesías, él que simbolizaba para Israel, en muchas interpretaciones de la Escritura hechas en ese tiempo, el poder, la fuerza, la capacidad de obrar al modo de los poderosos de este mundo, de enfrentarlos de igual a igual, y por tanto de usar la misma lógica, se pone en la fila de los que Juan bautizaba como uno más. La Humanidad de Jesús es mostrada en toda su cruda sencillez. La humildad y la pequeñez no son para Él condiciones de prédica, sino la situación profundamente vital y clara desde donde el Reino de Dios, será vivido y proclamado. La humanidad es asumida no desde la autonomía de quien se cree poderoso, sino en la perspectiva y situación del pobre y del desvalido. Cuando esto sucede, entonces se produce la gran paradoja  que constituye el mensaje fundamental del texto de hoy. En ese hombre que se pone en la fila de los bautizados por Juan en el Jordán, se manifiesta la voz del Padre que proclama el vínculo único y excepcional que lo une a él: “Tú eres mi Hijo muy querido”. Esto no constituye sólo una expresión de amor, sino la gran proclamación de la divinidad de Jesús. Se oye la voz del Padre, junto al Espíritu que desciende sobre Él como Ungido, como Cristo.

La escena del bautismo relatada por Marcos, es pues, la manifestación de lo más central del ministerio de Jesús: mostrar que Él es Dios hecho carne para nuestra salvación. Que no hay que seguir buscando en otros lugares o personas donde está el Rostro amoroso del Padre y su cercanía. El Evangelio, la Buena Noticia de Salvación, serán los gestos y las palabras de Jesús, su manera de vivir la vida y de descubrir en ella la voluntad de su Padre. Por ello, toda proclamación del Reino, más allá de ideas, doctrinas, sentimientos, es la experiencia de cercanía con la persona de Jesús, el Dios hecho Hombre. Desde esa experiencia se puede entender cabalmente lo que significa evangelizar y ser evangelizados: No significa sólo adherir a ideas, valores, o concepciones de la vida, es el seguimiento del Hijo de Dios para que siendo discípulos, aprendamos quien es nuestro Padre y cuales son nuestros hermanos.

Domingo 11 de enero del 2015. (Mc. 1, 7-11)

Diseño, Edición y Producción: Departamento de Comunicación Social.
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