P. Luis Vaccaro Cuevas
Teólogo
Hoy el Evangelio de este tercer domingo del tiempo ordinario, nos pone delante de una realidad que constituye parte fundamental de nuestra vocación creyente. San Marcos quiere poner de relieve, cual es el mecanismo más profundo de toda la acción que Dios realiza en nosotros. Jesús llama a los hombres para ser discípulos. No lo hace a la manera de un rabino, ya que según la costumbre de la época, era éste escogido por su discípulo. Es el Señor quien llama y crea la decisión de seguirlo, al modo soberano y libre como Dios crea las cosas.
Lo que se realiza en Andrés, Simón, Santiago y Juan es un acontecimiento de gracia, un tiempo y un momento especial de Dios en sus vidas. Este es el significado más profundo de la frase con la que comienza el texto “El tiempo se ha cumplido”: es el tiempo de Dios en el que se derrama gracia sobre los hombres. Su Reino no es más que la plenitud del amor que hace capaz al hombre de responder e iniciar la andadura de los caminos que la presencia del Reino señala: “y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron”.
Por eso el texto indica, de manera clara y muy sencilla, que cuando se hable de Jesús, se habla, nada más y nada menos, que del Dios Encarnado. Sólo a Él se le puede seguir de esa manera. Todo otro personaje en la historia de los hombres está llamado a servir; y su mediación será efectiva en la medida que apunte al seguimiento del Señor, es decir, en tanto que se haga claro que “El Reino de Dios está cerca”, en esa misma línea se estará anunciando que al único que hay que seguir es a Jesús, no sólo su mensaje o los valores que Él encarna, sino a su persona. Ella es fuente de gracia. El discipulado no es más que el reconocimiento de este tiempo nuevo inaugurado en la persona de Jesús. Lejos de catastróficos presagios, o juegos con fechas y cambios de siglo, el tiempo de la Buena Noticia se convierte en tiempo de salvación, de regalo gratuitamente donado, de esperanza cierta en que la salvación nos ha llegado. El rechazo de los creyentes a los presagios sobre tal o cual desgracia, tal o cual catástrofe que acaecerá según combinaciones de tiempos, fechas y oráculos, no se debe a un rechazo de los otros ni a una actitud ingenua, al contrario, nace de la confianza absoluta puesta en el Único Absoluto.
El texto de hoy es de una particular claridad respecto de la salvación, no como un acontecimiento que se logre por las muchas cualidades, ni por la búsqueda de una perfección, que puede ser egoísmo disfrazado, ni por creer que el decirnos cristianos ya nos constituye en discípulos. La vida plena y el sentido de nuestra historia, en lo pequeño y en lo grande, es iniciativa de Dios. Es Él quien muestra su pasión por el hombre, haciéndose carne de nuestra carne e inaugurando un tiempo en que el llamado es a seguirlo, a buscar sus huellas. Allí reside el secreto de toda esperanza y de toda felicidad.
Domingo 25 de enero del 2015. (Mc.1, 14-20)