Pbro. Luis Vaccaro Cuevas
Teólogo
El texto que en este segundo domingo de Cuaresma la Iglesia nos ofrece para ser proclamado y acogido en la liturgia, podría hacernos pensar en triunfo y gloria, en poder y fuerza. Sin embargo el mensaje de la Palabra, es algo diferente.
Jesús, durante todo el evangelio de San Marcos, no deja de subrayar su condición de Mesías. Pero tal condición supone en Él, de modo constante, una paradoja. Eso es la que hoy se nos muestra en el relato de la Transfiguración. Jesús manifiesta su gloria y su poder usando los elementos más cercanos a la tradición del Antiguo Testamento: la luz, la nube, las vestiduras resplandecientes. Lo singular del relato consiste en mostrar a Jesús en medio de Moisés y Elías, ambos personajes insignes de la Escritura. Es el modo de señalar la supremacía de Jesús sobre toda la Antigua Alianza.
En medio de esta escena, el evangelista, hace resaltar la actitud de Pedro, que puede ser la de muchos creyentes en cualquier lugar de la historia y del tiempo: él cree que el triunfo final ha llegado e ingenuamente propone quedarse allí en el monte. Es en ese momento, cuando se producen los dos elementos que señalan lo paradójico del mesianismo de Jesús: se oye la voz del Padre “Éste es mi Hijo muy querido, escúchenlo”, acto seguido, y casi de modo brusco, la escena de la transfiguración termina. El mensaje es claro: la esperanza debe ayudarnos a proclamar el destino final que en Jesús está reservado a todo hombre, pero esa esperanza se madura y se vuelve clara, cuando no caemos en triunfalismos, en inmediatismos que nos hagan perder de vista que lo único que nos ha sido dado es Jesús. Aquél que debe sufrir y padecer para que la cruz se convierta en signo real de vida.
Por ello, el texto finaliza con una escena que conjuga estos elementos esenciales de la paradoja de Jesús. La prohibición de anunciar lo visto, hasta que se cumpla el proyecto de Dios y ello deja en los discípulos preguntas, cosas que solucionarán sólo siguiendo al Maestro de Nazareth e intentando entrar en su relación íntima con el Padre, que lo ha enviado a nosotros para que tengamos vida.
Mirar este texto y acogerlo en el tiempo de la Cuaresma, es volver a sentir el llamado dentro de nosotros a redescubrir nuestra vocación de discípulos, a reconocer que no nos está permitido, si queremos ser fieles, el acomodo o la instalación en los muchos montes en que el Señor nos ha manifestado su presencia y su poder. Sólo se llega a comprender el misterio de la salvación con que somos salvados y que debemos anunciar, cuando acogemos al Cristo pobre e insignificante a los ojos del mundo. Cuando descubrimos que nuestra gran vocación es creer en la fuerza de lo débil, en el camino que sólo se acabará cuando el Señor sea todo en todos; mientras tanto, hemos de seguir peregrinando por situaciones, circunstancias, historias y vidas que nos hagan peregrinos y anunciadores del Hijo de Dios que se ha hecho carne de nuestra carne, para regalarnos la salvación.
Domingo 01 de marzo del 2015. (Mc. 9, 2-10)