P. LUIS VACCARO CUEVAS
Teólogo
Es un domingo del todo especial el que hoy celebramos. El así llamado “Domingo de Ramos”, por los ramos de palma y olivo que se bendicen al inicio de la liturgia, nos introduce en la semana del año más relevante para nuestra experiencia como discípulos del Señor. Hoy, al leer de manera solemne, narrando la historia que origina y posibilita lo que somos y creemos, comenzamos a acompañar el misterio del cumplimiento de la voluntad del Padre que lleva a Jesús hasta la cruz, que se convertirá en fuente de vida por la mano amorosa del Dios que realiza la Pascua de Jesús.
La Liturgia de este domingo está llena de signos, que nos deben ayudar a descubrir el misterio que quieren expresar: bendecimos los ramos, para hacer memoria del acompañamiento y la acogida triunfal que se hace de Aquél que entra en Jerusalén porque ha llegado su hora. Se revisten ornamentos rojos, signo de la realeza en los tiempos antiguos, pero que en este rey que aclamamos es simultáneamente signo de la sangre que será vertida por el amor salvador de quien no ha puesto límites al amor en su vida. El Evangelio, que hoy no es proclamado, sino narrado, nos pone en la clave de los que celebraremos esta semana. La pasión y muerte de Jesús en el Evangelio de San Marcos es la Palabra que la Iglesia nos ofrece para introducir nuestra vida en este tiempo de gracia y de especial cercanía a la persona de Jesús.
San Marcos nos presenta dos escenas que introducen el relato: la unción con el costoso perfume que le hace una mujer, simbolizando la gratuidad del amor al mismo tiempo que su condición de Mesías y la segunda es la cena pascual en la que Jesús acepta libremente su muerte como sacrificio por nuestra salvación. El evangelista vincula estas dos escenas con la conspiración del Sanedrín y la traición de Judas. Por tanto toda la narración conducirá a mostrar, de un modo sobrio y escueto al Mesías de la cruz, que muriendo por nuestra salvación es rechazado, traicionado y dejado en total abandono. Ese Dios de la cruz no es alguien ajeno al mundo. Su entrega hace de la historia, real y verdadera historia de salvación.
Delante de este Cristo, Mesías crucificado, se presenta toda la humanidad, cada uno con su respuesta: El rechazo dramático y traidor de Judas, el odio implacable de los sumos sacerdotes, el temor del joven y la fragilidad inconsistente de Pedro; pero también se presenta la respuesta llena de amor, admiración y fe, en boca de un pagano, un centurión de las legiones romanas. Sus palabras son la conclusión de todo itinerario creyente: “Verdaderamente Éste es el Hijo de Dios”.
Domingo 29 de marzo de 2015. (Mc. 14,1-15,47)