P. Luis Vaccaro Cuevas
Teólogo
La frase con la que hemos titulado este comentario pertenece a un antiguo himno mariano, que los sacerdotes rezamos en el Oficio Divino durante el Tiempo Pascual. Es un pequeño himno en el que se alaba a la Virgen porque Aquél a quien ella ha llevado en su seno ha resucitado tal como lo prometió. Las palabras de esta pequeña antífona, pueden ayudarnos a entrar en el corazón del mensaje que el texto evangélico nos quiere entregar en este Domingo de Gloria, primero del Tiempo Pascual.
Sin duda, que el acontecimiento de la Resurrección de Jesús, es algo que abre los ojos de los discípulos a una nueva lectura del misterio de Cristo. Ahora como dice el texto “creyó”, hablando del discípulo predilecto de Jesús, que en Juan puede significar todo el que es amado y sigue a Jesús con fidelidad. “Pues todavía no habían entendido lo que dice la Escritura, que Él tenía que resucitar”. Con estas palabras termina el evangelio para subrayar que el acontecimiento que se ha presenciado sólo se puede leer con los ojos de la fe. Ella da la capacidad necesaria para ir más allá de lo aparente. Por eso San Juan no presta atención a detalles que se suponen; por ejemplo, que el sepulcro había sido debidamente sellado. Se va más allá aún, se va pasando de la consternación y de la sorpresa, que están encarnadas en María Magdalena, a la fe que se expresa como la actitud del discípulo amado. El encuentro con el sepulcro vacío, supone, por tanto, un proceso, un camino que parte desde la observación de lo que se ofrece simplemente a la vista y a los sentidos en la visión del sepulcro vacío hasta la penetración en el misterio que hace creer en la promesa cumplida de Jesús.
Por tanto para Juan, el que creyó se convierte en testigo de la fe a partir del sepulcro. Es la única vez que en todo el Nuevo Testamento se afirma que alguien creyó al ver vacío el sepulcro donde había sido enterrado Jesús. Sin duda que lo que San Juan quiere afirmar, es que aquél discípulo, tocado de manera especial por el amor de Jesús fue el primero, antes aun que Pedro y María Magdalena, quien hizo el proceso del paso de lo aparente al misterio y se abrió a la realidad de la promesa cumplida de Dios: en Jesús ha sido definitivamente derrotada la muerte.
Esto es importante para la comunidad, pues aquel discípulo que se abrió a la novedad de estos signos, es signo para otros que no han conocido al Señor en persona, pero pueden creer y tener acceso a la realidad de la Resurrección, a través, de lo que otros vieron y creyeron. Por ello, quien abre sus ojos y su corazón a la vida y a la fe que la Iglesia, comunidad viva del Resucitado, quiere transmitir, descubre también que nuestra alegría es segura porque nos lo testimonian aquellos que han seguido y siguen a Jesús. También el misterio del “ver y creer” se convierte en un desafío y un llamado para todos los que hemos experimentado la cercanía de Jesús. Estamos llamados a anunciar que la victoria de la vida es definitiva. Somos portadores alegres de la certeza que Jesús está con nosotros y nos comunica su gloria. La convicción profunda que da la fe, y nos convierte en discípulos, hará que otros pasen de la sorpresa a la fe, de la extrañeza a la confianza que permite entregar la vida para que se abra a la eternidad.
Domingo 05 de abril de 2015. (Jn. 20,1-9)