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31 Ene2020

Los pobres nos evangelizan

p luis alarP. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social y Talca Ciudad
Párroco de Los Doce Apóstoles y Capellán Santo Tomás Talca

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación de ellos, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: <<Todo varón primogénito será consagrado al Señor>>. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de palomas, como ordena la Ley del Señor. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: <<Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel>>. Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de Él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: <<Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos>>. Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.

Aunque sea un texto largo y que ocupa más de la mitad del comentario me parece bueno y justo que podamos leerlo no una vez, sino muchas veces y poder contemplar la fe de los sencillos. La gente adulta mayor es la que nos enseña a mirar la historia con ojos de cuidado y de esperanza. A pesar de que pareciera que les queda poco tiempo entre nosotros no se quedan mirando el pasado, sino que muestran una apertura al futuro y a la seguridad que les da el comprobar que ha llegado una palabra que por fin realizará las promesas que tanto escucharon a los profetas.

Ellos alientan el caminar de hombres y mujeres porque han contemplado una verdad que no es fácil de comprender, ven lo esencial. Saben reconocer a Jesús que es presentado en medio del Templo: en él ven al Mesías.

No resulta lo mismo para los que debían acoger: los sacerdotes y levitas. Para ellos ha pasado como cualquier otro. Al parecer su profesionalismo no ha traspasado su ser o su sensibilidad divina. Pueden hacer bien las cosas rituales, pero sin notar la cercanía o presencia de Dios a su lado. Se han distanciado de lo que tenían como tarea principal. Ser el consuelo, la palabra que guía, la compañía en el camino.

Los pobres de Israel en cambio tienen abierto su corazón a reconocer ese amor encarnado. Pidamos que cada uno de nosotros podamos descubrir al Señor presente en cada hermano especialmente en los más pobres, ellos nos evangelizan, nos cuenta el libro del Sínodo diocesano de Talca.

Domingo 2 de febrero, La Presentación del Señor Lucas 2, 22-40.

Diseño, Edición y Producción: Departamento de Comunicación Social.
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