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10 Abr2015

Una nueva presencia

p luis vaccaroP. LUIS VACCARO CUEVAS
Teólogo

Desde los tiempos de la primitiva comunidad cristiana, en las liturgias dominicales posteriores a la celebración de la Pascua, se leían los textos evangélicos que relatan las apariciones de Jesús Resucitado a la primera comunidad de los discípulos. La proclamación de estos textos evangélicos, no es un simple recordatorio que la Iglesia ha mantenido, a través de los siglos, para rememorar el  acontecimiento posterior al hecho de la Resurrección, es sobre todo, una gran confesión de fe, que celebramos y proclamamos, reconociendo esta nueva presencia de Jesús entre nosotros. Presencia, que en los creyentes, es la aceptación agradecida y humilde de que el Padre ha cumplido su promesa en Jesús, su Hijo Amado, y en Él nos ha regalado, por puro y simple amor, la vida que vence toda muerte; la alegría que no se arredra ante el pesimismo y la tristeza; el consuelo que sana toda herida y se vuelve misericordia salvadora.

Este domingo, la Iglesia en la liturgia Eucarística, nos ofrece un texto especialmente rico en momentos y matices que describen esta nueva relación del Resucitado con la comunidad de los primeros discípulos. En esta aparición relatada por San Juan, es Jesús quien toma la iniciativa y se manifiesta en medio de una comunidad temerosa y desconfiada. Él es el Señor, y como tal, no sólo saluda, sino que otorga la paz a quienes gozan de su cercanía; la cercanía, no de un fantasma, sino del mismo Jesús que comió, compartió y caminó con ellos, pero que ahora se muestra con la Gloria, concreta y real ,que en su cuerpo manifiesta el acontecimiento de la Resurrección. Esto produce alegría, que vence el miedo y la sensación de abandono: el saludo de paz se repite por segunda vez y va acompañado de una misión, que reproduce la misión que Jesús ha recibido de su Padre y la continúa en la historia y en el tiempo. Para ello reciben el Espíritu, en un gesto concreto y muy significativo en el lenguaje bíblico: aquél de soplar. La evocación del Dios Creador que soplando sobre el barro otorga la vida. De la misma manera, Jesús otorga la nueva vida y recrea al hombre con la gracia de la Resurrección.  Es esta gracia la que permite comunicar a otros la vida y rehacer los vínculos rotos, una y otra vez, tal como Dios actúa, a través del perdón de los pecados, misión que continúa en la Iglesia la nueva presencia salvadora del Resucitado.

En un segundo gran momento del texto se produce el encuentro con el discípulo que tiene dudas sobre le nueva realidad que se ha operado en Jesús. Él ha estado ausente en las apariciones anteriores y le cuesta creer en el testimonio que sus compañeros le ofrecen. Jesús no lo rechaza, le invita a tocar ese cuerpo que es a la vez el mismo, y también absolutamente otro. La incredulidad de Tomás se convierte en una profunda confesión de fe: “Señor mío y Dios mío”. El proceso de fe que hace este discípulo es el paradigma de muchos hombres y mujeres, a quienes el camino de la fe no les ha resultado fácil ni evidente. Creer es una tarea ardua, y a veces, fatigosa, no tanto por lo que hay que aprender sino por lo que hay que acoger y reconocer, tal como lo hace Tomás. Finalmente el texto nos dice que este acontecimiento se produjo para que los que accedan a este testimonio escrito, reconozcan que Jesús es el Mesías. Pidamos al Señor la gracia de acogerlo en este tiempo, de aprender a reconocer su presencia salvadora que trae alegría y paz, y que esa experiencia nos haga más fieles en su seguimiento y más agradecidos con la misión que como creyentes hemos recibido: transmitir la vida como un regalo, porque como regalo la hemos recibido.     

Domingo 12 de abril de 2015. (Jn. 20, 19 - 31)

Diseño, Edición y Producción: Departamento de Comunicación Social.
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