P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social y Talca Ciudad
Párroco de Los Doce Apóstoles y Capellán Santo Tomás Talca
Dijo Jesús a sus apóstoles: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquél que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo. Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa (Mateo 10, 37-42).
Estamos iniciando el invierno en nuestro país. Contrariamente a los pronósticos, hemos recibido con alegría las lluvias que nos acercan a años normales, en los cuales podemos ver asegurado el suministro de riego para los cultivos de nuestros campos y la generación de energía, el consumo de la población y, con eso, la vida de muchos seres vivientes como son los que habitan humedales o lagunas como Torca en la zona costera al norte de nuestra región y diócesis, o las hermosas Siete Tazas del Parque Radal de Molina. Pedimos al Señor que esta lluvia permanezca para que podamos tener posibilidad de sostener la agricultura y los alimentos de una familia que es mucho más grande que los nacidos en el seno de unos padres biológicos o apellido cualquiera que este sea.
En medio de la pandemia hemos sido testigos, como lo han dicho algunos de lo mejor y lo peor de la humanidad: por un lado, que son la mayoría, están cuidando la vida de sus abuelos, padres, hijos o amigos que se han contagiado o padecen cualquier otra dolencia y lo hacen heroicamente. Para ellos, la familia es la humanidad completa y lo dan todo por mejorar las condiciones de salud y de vida. Cuantos, dedicados a la investigación para desarrollar la vacuna que nos haga inmunes al virus y podamos, como ha sucedido en otras pandemias mayores de la historia, seguir realizando la vida de otra manera. Hay tantos que se han volcado a la solidaridad entregando alimentos en ollas comunes y en canastas solidarias para acompañar a quienes no pueden salir a trabajar porque se necesita tomar distancia y de esa manera evitar que se expanda la enfermedad.
Y, por otro lado, vemos lo peor: personas que aprovechando esta instancia han subido los valores económicos de productos que a los pobres les hacen tanta falta como la parafina para calefacción. Hay quienes apelando a su condición de pobreza han sido capaces de robar los alimentos de la gente vulnerable, lo vimos en los comedores de la población Carlos Trupp de Talca y en zonas de otras regiones con los alimentos destinados para ellos.
Una familia no se cierra a dejar a otros sin nada, si hay algo de comer se reparte y se comparte de tal manera que alcance para todos. En situaciones peores lo hacían en los campos de concentración de la segunda guerra mundial: se compartía un pedazo de chocolate entre varias personas.
Es decir, se puede cargar la cruz cuando hay una mirada amplia, amorosa. No es sufrir por sufrir buscando dolores, que la vida ya trae consigo; sino que es únicamente el asumir lo que se presenta por grandes causas, una de ellas es el bienestar de la familia. Donde un dolor duele a todos; una alegría es compartida por todos. Pidámosle al Señor que nos regale siempre su misma fortaleza para saber servir y compartir su misión de sanar el corazón humano.
Domingo 28 de junio, Décimo tercer domingo del año.