P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social y Talca Ciudad
Párroco de Los Doce Apóstoles y Capellán Santo Tomás Talca
Jesús dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Vengan a mi todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana (Mateo 11, 25-30).
Llevamos casi tres meses en cuarentena voluntaria en la ciudad de Talca, y en Curicó tres semanas seguidas obligatoria con la renovación de estos días. Si hay algo que hemos aprendido es que la mejor actitud que podemos tener es la humildad. La de verdad, no la que algunos hacen “para la pantalla”; esa en la cual se niegan a recibir aplausos, pero es “solo para la cámara” porque internamente, en el corazón se creen con ciertos derechos que los demás le quitan cuando no lo reconocen o no le dan lo que cree merecer. Así hablaban de un diputado de nuestra región que, según dicen, no debía mostrar su salvoconducto debido a su cargo, “no lo necesito, soy diputado”, dicen que dijo.
Eso nos puede pasar a cualquiera. Es por tanto muy importante que aprendamos de Jesús. En tiempos de pandemia lo mejor es la actitud de humildad para saber que yo no sé de salud, por lo cual me cabe obedecer las instrucciones que se me dan para cuidar mi vida y la de toda la comunidad a mi cargo. Que sepamos aplaudir a quienes están en la primera línea luchando por sanar a los contagiados y aquellos que en la investigación buscan urgentemente el remedio para, en lo posible, erradicar la pandemia. Y únicamente debo cumplir las tareas que me corresponden si soy de algún rubro estratégico. A mí, humildemente, me corresponde estar atento a toda situación de acompañamiento espiritual a través de plataformas que nos permiten estar cerca de quienes se angustian y requieren como toda persona contención, un abrazo, una palabra orientadora y que no tiene que ver con situaciones clínicas de stress o neurosis que deben acudir a un especialista. Hay muchas necesidades espirituales: participar en la eucaristía, ser escuchado, buscar el sentido de mi vida en este tiempo de pandemia, aprender a compartir ese sentido con otros que viven junto a mí. Me corresponde cumplir las obligaciones “propias del servicio”, dicen fríamente los salvoconductos; pero se refieren a necesidades demasiado importantes para las personas. Que a veces son incomprendidas por el mismo personal médico que en algunas pérdidas de humildad creen que son los que sanan y no se dan cuenta que la primera necesidad es la de Dios. El cuidado y la salvación de las almas, como se decía antiguamente. Y que se nos exige y nos llaman para visitar enfermos de otras dolencias, que siguen existiendo y más que el Covid 19, para asistirles con los sacramentos que acompañan la enfermedad, les dan esperanza, sanación espiritual y muchas veces corporal.
Este evangelio lo podemos leer hartas veces y siempre descubriremos una invitación nueva en un tiempo nuevo. Hoy, se nos invita a compartir con todos, estar atento en lo más humano que es la cercanía, pero también en lo que hemos compartido en otros domingos: la comida para quienes hoy no tienen y, que no son solo los más vulnerables, sino que muchos que antes tenían algo y hoy no se atreven a pedir. Ahí debe estar el Pastor para servir y acompañar con dignidad a quienes sienten que la han perdido. Esa tarea no pesa. Es un yugo liviano, es la opción de quien ha descubierto a Jesús humilde, hermano, amigo, cercano, amable, y quiere ser y vivir como él.
Domingo 5 de juliio, Décimo cuarto domingo del año