P. Luis Vaccaro Cuevas
Teólogo
En el relato de la Última Cena, San Juan ha puesto numerosos temas muy propios de la manera en que su evangelio presenta la figura de Jesús. En el texto que la Liturgia de la Iglesia nos ofrece hoy, el evangelista da una nueva luz sobre la relación que existe entre Jesús y la comunidad de los creyentes. Esta relación de intimidad y cercanía vital, está descrita con una imagen que es muy querida para los autores bíblicos, y ha sido usada numerosas veces para señalar el modo de relación que Dios tiene con su Pueblo en el Antiguo Testamento. Esta imagen es la de la viña, y más específicamente, aquella de la vid y el sarmiento. Es la graficación de la adhesión vital del creyente a Cristo, que se vuelve condición esencial para la fecundidad de la propia vida. No es algo circunstancial que en el texto se repita, de varias maneras, la expresión: “en mí”.
El permanecer en el Señor es fundamental para el crecimiento de la fe que habita en nosotros. Por ello en el versículo seis se dice que el fiel que se separa de Jesús es condenado a la sequedad y al fuego. Ha perdido la raíz y el sentido de la vida. Es claro en esta imagen la lucha que se da en la existencia de todo hombre por permanecer unido a la vida y al amor. No es algo que se pueda deducir simplemente, que al decirnos seguidores de Cristo, realmente abracemos su proyecto y su persona como la fuente de nuestra vida. También se puede optar por las tinieblas, por la sequedad de una vida sin Dios.
Por ello es que los sarmientos que se mantienen unidos en fidelidad a la vid, también deben experimentar el momento de la poda, como se señala al inicio del texto. Es la necesaria purificación que la Iglesia debe vivir, para madurar en su opción por el Dios siempre vivo y actuante en la historia. La fe no nos es dada, como algo inerte de una vez para siempre. Exige, al igual que el crecimiento de una parra, el ser continuamente liberada de limitaciones, pérdidas de vitalidad y de las idolatrías en las que muchas veces caemos, por no discernir donde se encuentra el verdadero rostro de Dios.
De esta manera se construye la verdadera paz y el verdadero amor. El vivir unidos a Jesús es condición indispensable para dar fruto. Esto implica la Gloria de Dios: en hacer de nuestra vida no un proyecto que nazca de la sola eficacia de nuestros medios, de la cantidad de buenas y generosas intenciones y proyectos que tengamos. Glorificar al Padre de Jesús es renovar continuamente nuestra condición de discípulos, de creaturas que han experimentado a Jesús como la fuente de la vida. Aquella desde donde nos llega toda savia que permite ofrecer al mundo testimonios, gestos y palabras eficaces desde el Evangelio. Nuestra vocación, adoptando las muchas formas que en la Iglesia existen para realizar un camino de fe, es proclamar que toda fecundidad nos viene de Dios pues de Él recibimos la vida para entregarla tal como Él lo hizo.
Domingo 03 de mayo de 2015. (Jn., 15, 1-8)