P. Luis Vaccaro Cuevas
Teólogo
El texto del Evangelio de Juan, que la Iglesia nos ofrece para celebrar y proclamar tiene su centro en el mandamiento del amor. Amor que sólo es posible teniendo a Dios como su fuente. San Juan explicita aún más esta intención del relato: El Padre ha tenido la iniciativa de este don de su amor, enviando a su Hijo al mundo, por y para la salvación de los hombres. El Hijo acepta esta misión y lleva esta corriente de amor al género humano. Sólo de este modo puede originarse el movimiento inverso: del hombre a Cristo y a través de Cristo al Padre. Este círculo del amor y de la respuesta en la obediencia, que lo garantiza, constituye el núcleo esencial de la fe cristiana y del camino que supone el discipulado.
Desde esta óptica nace casi naturalmente la tarea del amor mutuo. San Juan no pone el acento en el amor recíproco, queriendo excluir el amor a los enemigos, sino porque el amor fraterno de los cristianos se halla en singular relación con el amor existente entre el Padre y el Hijo que se manifiesta en el Espíritu. Es este amor el que se expresa en la capacidad de entrega, en el sacrificio entregado que hace fecunda la vida de otros. Por ello es que antes que a los discípulos se les pida amar de esa manera, Cristo mismo ha cumplido el proyecto del Padre haciendo suyo el amor llevado al extremo en la entrega de la vida, y es esa entrega la que se constituye en salvadora de los hombres, y de modo especial es sentida y experimentada por los discípulos.
Dar la vida por los amigos es la prueba suprema del amor. Una de los tantos elementos que sorprenden en San Juan es que Jesús llame amigos a los que los siguen, es decir, a los creyentes. La amistad supone, tal como la entendemos corrientemente, una cierta igualdad, y a veces, con cierta dosis de ventaja e interés mutuo. ¿En qué sentido, somos entonces, en cuanto discípulos, amigos de Jesús?: La respuesta sólo puede surgir desde una nueva definición de lo que los hombres entendemos por amistad. Él es el Señor, no gana nada con nuestra relación. Esa nueva definición está subrayada por el mismo San Juan: La iniciativa de nuestra elección, como la de todo discípulo en la historia y en el tiempo, parte del mismo Jesús. El amor se nos ofrece como regalo y como vocación. Nuestra respuesta a esa llamada y a esa elección es la fraternidad. Es el convertir nuestra vida en signo viviente de la entrega de un Dios cercano y apasionado por el hombre. Sólo experimentando esta elección podremos amar sin límites.
Domingo 10 de mayo de 2015. (Jn. 15, 9-17)