P. LUIS VACCARO CUEVAS
Teólogo
La solemnidad de la Ascensión del Señor, junto a la celebración del próximo domingo, marcan el fin del tiempo Pascual. Este año la Iglesia nos ofrece el relato del evangelista San Marcos. El texto evangélico describe la decisión y la adecuada comprensión de la realidad de Jesús que los discípulos tienen a partir del misterio de la Ascensión. El acontecimiento no deja lugar a dudas: “Ellos fueron a predicar por todas partes”. Es la ejecución de las instrucciones dadas por el Maestro, que se consignan al inicio del texto: “Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Noticia a toda la creación". San Marcos subraya la experiencia pascual de los creyentes, de aquellos discípulos, de los de hoy, y de los de siempre. Es esta experiencia la que se vuelve fundante y por ello es camino efectivo para la fe. Es en el fondo reencontrarse continuamente, ante una nueva y posible opción por Jesucristo Resucitado, que exige la escucha de su Palabra y el cumplimiento de su voluntad.
Resulta notorio como el evangelista propone una aparente paradoja en los dos últimos versículos: primero se dice que “el Señor fue llevado al cielo y está sentado a la derecha del Padre”, y casi de inmediato señala: “El Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban”. Es esto precisamente lo que san Marcos quiere indicar: En Jesús Resucitado el tiempo y el espacio han sido superados como limitantes. Esto no significa que cualquiera pueda decir que Jesús está aquí o allá. Al contrario, queda una gran certeza para quien lee y acoge este texto: su presencia se continúa y permanece en la Iglesia. Es en la comunidad de los discípulos donde la presencia de Jesús se hace real, cercana, dadora de vida, autora de signos de salvación para la existencia de tantos hombres y mujeres, cuya existencia debe ser sanada y restaurada.
Al mismo tiempo esa presencia es la que hace a los discípulos libres para entregar la presencia de Cristo, inmunes a los venenos que hacen de la vida un signo distorsionado, distante y conocedores de los demonios que constantemente tientan la vida alejándola de su Padre y Creador.
La celebración de hoy es un llamado a acoger la totalidad de misterio de Cristo en nuestra vida, a descubrir en Él, no sólo un profeta de buenas obras, a un modelo que debemos imitar. Hay que confesar al Hijo de Dios que, en el Espíritu, permanece con nosotros siempre. Es este reconocimiento lo que hace de nuestros actos, gestos y ministerios signos claros y eficaces de la salvación que tantos esperan, y que sólo viene de Dios a través nuestro.
Domingo 17 de mayo del 2015. (Mc. 16, 15-20)