P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social y Talca Ciudad
Párroco de Los Doce Apóstoles
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles: "Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. “Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados”. “Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra”. “Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados”. “Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. “Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. “Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios”. “Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos”. “Dichosos ustedes cuando los insulten y los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa”. “Estén alegres y contentos, porque su recompensa será grande en el cielo” (Mateo 5, 1-12a).
En este domingo la Iglesia nos invita a recordar a todos los santos. A reconocer a todos aquellos amigos y amigas de Jesús que durante su vida dieron testimonio de su fe siendo dichosos y dichosas, de alegría por poder manifestar en actitud de servicio y disponibilidad su gozo de ser amigos de Jesús y hacerlo presente en su propio tiempo con tantos gestos de amistad verdadera, solidaridad y compromiso con la historia de sus pueblos para que alcancen el verdadero progreso. Hay muchos de estos santos que están reconocidos en el Martirologio, el libro donde se inscriben aquellos que han sido canonizados; pero una inmensa multitud ha vivido de manera anónima, no han sido conocidos por la multitud, pero han sido mirados por el Señor, para quien nadie es anónimo ni desconocido. Es, además, la invitación a asumir el desafío de entrar en el camino de santidad que Jesús nos propone y que no tiene nada que ver con la imagen que muchas veces nos imponen o se instauran en la mentalidad de la gente religiosa: ser santos es un estilo de vida que parte desde este programa de vida que el evangelio de hoy nos presenta.
La santidad resulta un desafío apasionante para quien ha encontrado a Jesús, porque la invitación de “Ven y sígueme” se transforma en una gran aventura, una buena aventura, como se conoce este texto: las bienaventuranzas. Cuando lo comparo con la entrega de las tablas de la ley a Moisés, se me ocurre que aquí se nos da permiso para actuar y vivir. Al lado de las diez veces no, en esta se nos dice que tenemos licencia para hacer el bien. Con creatividad, esperanza y cariño. Podemos equivocarnos, suele ocurrir, pero podemos corregir esos errores, se nos insta a jugarnos por un proyecto que lleva actitudes de pobreza, de desprendimiento, que hace presente la justicia, etc.; la alegría llegará en la medida en que concretemos este programa de vida.
Nuestro país recién ha vivido un proceso de decisión: ahora viene la parte en la cual lo hacemos explícito en una redacción que debe responder a la realidad de todos, para que nadie se considere desplazado o ignorado. Queremos que todos puedan comprometerse en un camino que debemos hacer renunciando a algunas cosas o deseos personales, para que se haga lo que todos soñamos. La vida cristiana es un aporte a la formación de una comunidad como es el país, el testimonio de los santos nos permitirá recoger su herencia que ha marcado una huella para poder seguirla y presentársela a los que vendrán de tal manera que continúe Cristo presente en nuestro país porque es un aporte a la dignidad, a los derechos humanos y a la democracia del mundo. Jesús se impone en la vida de esa comunidad porque todo lo ha vivido primero en su carne. La alegría que disfrutamos ha pasado por el crisol de la cruz, como muchas historias humanas que conocemos. La multitud de los santos han pasado por el dolor y han triunfado.
Domingo 1 de noviembre, Domingo de Todos los Santos