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25 May2015

Pentecostés: la venida del Espíritu Santo

p luis vaccaroP. LUIS VACCARO CUEVAS
Teólogo


Hoy en nuestras comunidades, capillas y parroquias hemos realizado hermosas y sentidas vigilias de oración para pedir, que sobre nosotros descienda, como sobre los primeros discípulos, el Espíritu Santo. Se cumplen cincuenta días desde que la Pascua de Jesús nos fue proclamada como realidad de vida para cada uno. Hoy pedimos el Espíritu que fecunda esa vida y la abre a una vocación de proyecto de Dios realizado en el hoy de nuestra historia. El Evangelio, que proclamaremos en nuestras celebraciones, ilumina y nos introduce en este misterio que celebramos. El trozo evangélico describe vivamente “El Pentecostés pascual y eclesial” tan propio del estilo de San Juan. Para Juan Pentecostés y Pascua coinciden, como promesa y realización del Resucitado que nos da El Paráclito, el que nos vendrá a consolar y a defender para que nos mantengamos fieles a la vida que nos ha sido regalada.

El texto nos muestra tres momentos que lo articulan: La iniciativa de Jesús: “Paz a ustedes”. El reconocimiento propio de la fe pascual: “Les mostró las manos y el costado”. Y la misión: “El Espíritu Santo para el perdón de los pecados”.

El símbolo central de este “soplo” de Jesús sobre los discípulos, un gesto sin duda evocador del acto primordial creador de Dios. En el perdón de los pecados, gozosa realidad ofrecida por la Iglesia, está el signo de la presencia del Espíritu en medio de nosotros y es el inicio de una nueva creación que origina una humanidad justa y redimida. El Espíritu será, desde ahora, el poder salvador que los discípulos transmitan como fruto de su experiencia con Jesús Resucitado. Por ello Pentecostés es una experiencia fundamentalmente eclesial. Es la gran  conmemoración de la Salvación que nos llega y se realiza a través del Espíritu Santo en su Iglesia. Por ello Pentecostés es una celebración, que en el sentido más profundo, nos constituye como Iglesia, como comunidad creyente animada por el Espíritu de Jesús.

Pentecostés es celebrar y renovar el memorial de esta “nueva creación”; de la vida y la historia, cotidiana y permanente que la acción del Espíritu hace armónica y profundamente novedosa.  La vida se hace misionera cuando permanece abierta a las maravillas de Dios. Por ello Pentecostés, es celebración de la gracia que se nos da gratuitamente en los sacramentos.  Allí se nos comunica la salvación por la que nuestra vida se vuelve salvadora, el bautismo y la reconciliación son momentos esenciales en que la realidad del Espíritu toca nuestra historia y lo más íntimo de nosotros mismos.

Pentecostés es la celebración de la universalidad del amor de Dios que salva. No existen barreras, de ningún tipo, que el amor hecho proyecto de vida no pueda vencer. Hoy pedimos amar como el Espíritu nos de a entender, pedimos mirar, tocar y relacionarnos con los otros al modo de Jesús.

Pentecostés es la celebración de la acción de Dios manifestada de muchos modos en la comunidad. Los carismas, las diversas maneras de vivir y acentuar la fe, nos ayudan a vivir la multiplicidad y el pluralismo como riqueza que nos lleva a la comunión en el mismo y único Espíritu.

Pentecostés es también la celebración de la permanente presencia de Jesús Resucitado entre nosotros. Él nos ayuda a entender sus palabras, a poder vivir sus gestos a invitar a otros a encontrar en su “memoria” el sentido de la vida.

Pentecostés es el acontecimiento vivificante del Espíritu Santo, que su continua memoria sea para nosotros fuente de discernimiento para que nuestras vidas y nuestras comunidades reconozcan cada día con mayor fidelidad y felicidad las huellas de Jesús en la historia que nos toca vivir, en los hombres y mujeres con quienes nos relacionamos y en los movimientos interiores que van tejiendo y configurando nuestras propias opciones de vida.

Es bueno y necesario asentir a la voz de los Padres de la Iglesia: “Tú que sigues a Cristo y quieres imitarlo, tú que meditas su ley noche y día…vive siempre de cara al Espíritu y jamás te alejarás”.


Domingo 24 de mayo del 2015. (Jn. 20, 19-23)

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