Pbro. Luis Vaccaro C.
Teólogo
El evangelista San Marcos utiliza este domingo dos imágenes contenidas en un par de pequeñas parábolas. Ellas refieren a la presencia, o como hemos dado en llamarle, el reino de Dios en la historia y en la vida de los hombres. La primera parábola hace relación directa a la dimensión fundante del actuar de Dios: esa dimensión no se “consigue”, no se “cosifica”. El ejemplo del grano echado en tierra es claro. La semilla crece no importando que el hombre “está dormido o despierto, que sea de noche o de día”. Resulta curioso que toda alusión al trabajo humano, arar, cuidar, etc. sea omitido. Sólo se hace referencia a esto en la frase final “en seguida se corta con la guadaña…”.
El mensaje es concreto: toda tarea, trabajo de la voluntad y todo desvelo que el hombre ponga en el vivir bien su vida, no anula la iniciativa de Dios. El hace crecer su presencia en el mundo, independientemente de todo nuestro deseo y trabajo. Nuestra gran tarea más que merecer es acoger esa presencia misteriosa que no elimina la tarea humana sino que le da sentido. El ejemplo de la siega final, una evidente imagen del juicio final, requerirá de la acción humana, no para que acontezca sino para que se realice y nos plenifique en la comunión con Dios. La gran tentación es caer en una especie de inmovilismo, porque “como Dios hace las cosas….”. O saltarnos al otro polo: creer que todo lo consigue nuestra penitencia, nuestra humillación y nuestro esfuerzo. Ambos extremos no asumen que el gran trabajo es abrir el corazón a Quien realmente lo puede llenar de toda generosidad.
La segunda parábola tiene relación con otro mensaje muy concreto. El grano de mostaza que crece hasta una altura gigantesca siendo la más pequeña de las semillas, refleja la lógica del Reinado de Dios crece desde lo pequeño y su grandeza sirve para que otros encuentren cobijo en él, tal como las aves en las ramas del árbol de mostaza.
A Dios no se va por el camino de los sentimientos de inferioridad consolándonos en una pequeñez que se esconde detrás de complejos y falsas humildades. Tampoco se llega esperando triunfalismos que alimentan falsas esperanzas de grandeza en la Iglesia y en las comunidades. Al Reino se llega cuando aceptamos que lo verdadero es pequeño y pobre y que allí adquiere paz y realismo nuestra vida.
Domingo 14 de junio de 2015. (Mc. 4, 26-34)