P. Luis Vaccaro Cuevas
Teólogo
Es el decimotercer domingo del Tiempo Ordinario el que hoy celebramos. El evangelio de San Marcos que la Iglesia nos ofrece, señala dos gestos decisivos de Jesús frente a la muerte que se entrecruzan en el relato. La mujer que tenía un flujo de sangre permanente, es el arquetipo de la frustración vital. Para la mentalidad hebrea la mujer estéril estaba lejana de Dios, se le podía considerar maldita. Casi traslapando el relato se presenta esta petición de Jairo para que salve a su hija enferma, que por el texto se puede deducir que ya estaba muerta cuando es requerida la intervención de Jesús.
Nuestra mentalidad racionalista y acostumbrada a la comprobación empírica de los sucesos que nos rodean, podría agotarse sin encontrar la clave para la interpretación del relato evangélico y su mensaje: Jesús es el verdadero Mesías, porque su palabra va a la par de la vida. Por ello Jesús, es presentado por San Marcos, con los mismos rasgos que en la Sagrada Escritura se presenta a Dios: Aquél que produce la vida por propio poder. Sin embargo, de modo paradójico, el Señor Todopoderoso, es exaltado en su humanidad: el hombre Jesús hace preguntas como todos los demás “¿Quién me ha tocado?”, no intenta envolver su poder salvador en el áurea de un poder mágico, al contrario, tiende a minimizar lo hecho “la niña no está muerta sino dormida”, y está atento a los detalles de la vida cotidiana: “dijo que dieran de comer a la niña”.
Jesús quiere hacer saber que la muerte no es ya un límite absoluto: esa realidad sólo es alcanzada por la de quien, en su humanidad, puede ver al Mesías de Dios, al Enviado que trae el cumplimiento de toda promesa de vida. Lo importante, entonces, no es el milagro sino la confianza que se deposita en Jesús como Fuente de la Vida. Es esa confianza la que engendra el milagro de la vida en cada uno de los que se acercan a Jesús. No se busca en Él a un taumaturgo, que realiza proezas y milagrería, de la que tan hambrientos estamos a veces. En el Mesías hay que depositar la vida, hay que entregarla en sus manos, porque el ha hecho cercana la salvación de Dios en su humanidad, en sus gestos, en sus palabras. Ya no se teme a la muerte porque el Señor está en medio de nosotros. Su presencia vence toda esterilidad y toda muerte.
Nuestra vida con frecuencia cae en la desesperanza, que no es más que una forma de buscar salvaciones a nuestra medida. Al creyente le es pedido acoger al Mesías y permanecer en la esperanza cierta de que la vida nos será regalada.
Domingo 28 de junio de 2015. (Mc. 5, 21-43)