P. Luis Vaccaro Cuevas
Teólogo
El texto que la liturgia nos ofrece hoy es de una particular fuerza interpeladora. Forma parte de este largo discurso Joánico sobre el Pan de Vida, que en el cuarto Evangelio está situado en el contexto, especial para Jesús, de la sinagoga de Cafarnaún.
La crisis, la incomodidad que produce la presencia de Jesús, se traduce a través de una actitud común en el pueblo de Israel cuando la fidelidad a Dios se ha debilitado. Ellos “murmuran”. “Los judíos murmuraban de Jesús”, señala lacónicamente el texto. Es la actitud típica de los israelitas cuando desconfiaban de Dios en el desierto. La incredulidad se dirige ahora contra de Jesús, contra el misterio de su Encarnación. Para ellos es absurda la propuesta realizada por Jesús: “Yo soy el pan bajado del cielo”. La visibilidad de la carne y de la humanidad de Jesús que debería ser un instrumento de gracia, amorosa transparencia de la tierna cercanía de Dios en medio de los hombres; es para los ojos incrédulos una verdadera cortina que les impide descubrir en el hijo de José al Hijo de Dios: “¿Acaso no es éste el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre ¿Cómo puede decir ahora: Yo he bajado del Cielo?”.
Ante esta reacción Jesús revela cual es el camino para llegar hasta Él: la fe que es don del padre que el hombre acoge. Ella conduce a la vida, y aleja de la muerte. Por la fe el hombre descubre, según la sentencia del texto, puesto a la manera rabínica, cual es el verdadero pan, el maná que nos da la Vida Eterna y que no nos deja morir como al pueblo de Israel en el desierto. El que come de este pan es el que vivirá para siempre. La Eucaristía, no es otra cosa, en palabras de San Juan, que el mismo Jesús hecho prenda de Vida para los que quieran alimentarse de Él. El hombre, conquistado por Cristo, en la fe y en el alimento de vida Eterna se vincula, de manera misteriosa y concreta a un Dios que irrumpe en la vida y transforma toda la existencia.
La vida que se nos ofrece en la Eucaristía nos pone delante de Jesús, de su persona y por otro lado nos pone de cara a nuestra opción por Él. Dejar que el Señor tome nuestra vida es un regalo, ser conscientes que comemos su Cuerpo y bebemos su Sangre, no es merecido, es don que el Padre, que en su amor infinito da a los que buscan salvación y vida. Pero todo ello siempre irá acompañado de una opción libre y discernida, no exenta de crisis, de discernimientos, de búsquedas y de encuentros. Hay que pedir no ser hijos del desierto y vivir en la “murmuración de la incredulidad”, sino discípulos capaces de recibir y aceptar la nueva mirada de la fe para descubrir a Jesús como el Pan que da Vida al mundo.
Domingo 09 de agosto de 2015. (Jn.6, 41-51)