P. Luis Vaccaro Cuevas
Teólogo
El tema del alimento, tan querido para los autores bíblicos, no sólo es un problema de supervivencia, está unido en la tradición judía a la intimidad y a la comunión. Compartir el pan y el vino, es compartir la vida, en todo lo que ella tiene de profundo y humano.
También Cristo, en el trozo evangélico de hoy, prepara una mesa e invita a ella a todos los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar. El texto final, que como ya hemos señalado tiene como entorno la sinagoga de Cafarnaún, ha sido considerado en la tradición de la Iglesia, como parte de una meditación sobre la Eucaristía, que sin duda, era leída en la liturgia de la Iglesia primitiva, que San Juan ha tomado para insertarlo en el texto de su evangelio. El texto claramente tiene un centro desde donde hace surgir toda su luz y dinamismo: “Mi carne es verdadero alimento y mi sangre es verdadera bebida”. Esta afirmación sostiene, entonces, la absoluta necesidad de comer la carne y beber la sangre para tener la vida que viene de Dios y resucitar tal como Jesús lo afirma. En otras palabras, Cristo es el único salvador. Para salvarse el hombre debe tener la experiencia de ser absolutamente sostenido por Él. Ser sostenido no es un acto externo, es la acción interior que se produce al ser alimentado y transformado.
He aquí entonces, la realidad de la verdadera y profunda comunión del creyente: “Quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en Mí y Yo en él”. Esto niega la cualquier concepción mágica de la Eucaristía, no es algo externo que pueda ser manejado o utilizado. Por un lado es la celebración de la “carne”, es decir, de la Encarnación de Cristo y por otro el reconocimiento del intercambio vital, de la relación salvadora que se establece entre Jesús y sus discípulos. Por ello la eucaristía, lejos de ser cena ritual sin contenido, remite a lo duro y real de la Encarnación, de la Cruz, de la relación entre Dios y el hombre.
La comunión eucarística transforma al creyente, lo convierte, lo hace parte de su Cuerpo. Por ello es importante descubrir, a la luz de este texto, la importancia fundamental que la Eucaristía tiene en la vida de cada creyente y de la Iglesia. Desde la presencia eucarística de Cristo surge la vida y la salvación que da sentido a la vida de los cristianos y se convierte en Buena Noticia que ofrecer a otros. Sólo podemos evangelizar cuando experimentamos, que somos portadores, vivos y activos, del don de la Vida que se nos regala en la Eucaristía.
Domingo 16 de agosto de 2015. (Jn. 6, 51-59)