P. Luis Vaccaro Cuevas
Teólogo
El texto que la Iglesia nos ofrece en la liturgia de este domingo pone fin al extenso capítulo de San Juan sobre la Eucaristía que se ha leído y proclamado en los domingos anteriores. Este gran paréntesis, ha tenido el objetivo catequético de profundizar, en el mensaje de San Juan sobre la experiencia de la Eucaristía.
El final del capítulo que hoy se lee concluye el diálogo sostenido, a través de todo el relato, en la sinagoga de Cafarnaún. Sea el misterio de la Encarnación, o sea el de la Eucaristía, ambos ponen al hombre frente a una opción fundamental. Esta opción, se hace al interior de la comunidad, no se trata de aquellos que escuchan a Jesús como a un extraño, se trata de los discípulos, de los que lo siguen. Jesús sabe que la multiplicación de los panes, y así nos lo deja claro San Juan, puede llevar a convicciones equívocas respecto de su persona y su mensaje “Es duro este lenguaje”, es esta la frase que indica el escándalo que produce la humildad, la pequeñez, de la Encarnación, de la Cruz y de la Eucaristía, misterios que San Juan une en este capítulo.
El versículo central del texto “Es el Espíritu el que da la Vida, la carne no lleva a nada”. Hace clara la crisis que divide a los discípulos, a los que se van y a los que se quedan. La comprensión que supera el simple nivel humano, es decir, “la carne”, es aquella que realmente otorga vida, porque es inspirada por el Espíritu y hace que el hombre se encuentre con las palabras de Jesús, no de cualquier manera sino como espíritu y vida, es precisamente lo que refleja la concreta y maravillosa confesión de Pedro: “Tú solo tienes palabras de vida eterna”. Los discípulos que han abandonado a Jesús, han optado, según la “carne”, según criterios que no permiten aceptar la sorpresa y la novedad del Evangelio. Mientras los doce que han hablado por boca de Pedro han entendido y se han dejado llevar por la acción del Espíritu que los conduce al reconocimiento, en Jesús, del Mesías Salvador. Al seguimiento de Aquél que es la única y definitiva palabra salvadora de Dios sobre el hombre.
La opción del hombre por la pequeñez y la humildad del Pan de Vida, que se nos da en la Eucaristía, es siempre un llamado a reconocer en Jesús, al Señor, al Dios hecho hombre, pero que no se ha hecho hombre, a la manera de los poderosos, ni realiza su salvación siguiendo la lógica del poder, del dominio y de la eficacia, tan de moda en nuestro mundo, para medir la validez de las personas y de las cosas, al contrario nuestra opción es la experiencia de Pedro y de los doce que descubrieron lo grande en lo pequeño, lo fuerte en lo débil, lo infinito y eterno en el concreto rostro de Jesús.
Domingo 23 de agosto de 2015.(Jn.6, 60-69)