P. Luis Vaccaro Cuevas
Teólogo
Estas palabras del texto que San Marcos no ofrece hoy en la liturgia dominical, son una incipiente confesión de fe. Una afirmación muy propia de la simpleza y de la sencillez del evangelio considerado de más antigua data: Él ha hecho oír a los sordos y hablar a los mudos. Esas maravillas, en el lenguaje, del Antiguo Testamento son signos que acompañan la presencia del Mesías. Para el creyente es la afirmación de que la presencia de Cristo en la historia es principio de alegría, de libertad y de salvación. Ese es el horizonte, hacia el cual camina la Iglesia. El nuevo pueblo de Dios, que desde su miseria, peregrina con esperanza cierta hacia la Vida Nueva que no pasa.
Es esta la perspectiva para leer la narración que San Marcos hace de la curación del sordomudo. Es un texto que sólo se encuentra en este evangelio. El gesto de Jesús, va unido a su palabra, un antiguo término arameo, que fue introducido en la liturgia bautismal de la primera Iglesia. Significa que la palabra de Cristo es eficaz y determinante. Las fronteras del dolor, la limitación y la debilidad son abiertas por Él, tal como lo anunciaron los profetas en el pueblo de Israel. El Mesías inaugurará una era del todo diversa donde Dios haga presente su poder y su cercanía para siempre.
Como sucede de modo muy frecuente en San Marcos, Jesús ordena callar aquello que los discípulos y seguidores han visto. Jesús no quiere que el gesto de sanación sea entendido como magia, como milagrería que distorsione el real sentido de la salvación que Él trae. Jesús quiere acentuar lo callado y oculto del obrar de Dios, sin exhibicionismos ni efectos rebuscados, con los que de modo tan común se nos hace creer en nuestra época que lo importante está en aquellas cosas que no lo son. Por ello el comentario de la gente se convierte aquí, no en simple comentario asombrado de lo que han visto, sino en un reconocimiento gozoso de la eficacia liberadora que la acción del Reinado de Dios, concretado en las palabras y en los gestos de Jesús, tiene para el hombre, y de modo preferencial, por aquellos más débiles y pequeños. Los que nunca podrán retribuir y ni siquiera agradecer.
La palabra “Éfata”, que significa “ábrete”, no sólo hace referencia a la apertura de los órganos cerrados de aquel hombre, sino es un llamado a la apertura de cada discípulo a la fe en Aquél que “todo lo ha hecho bien”. Esa fe se concreta en la tarea de acercar nuestros gestos y nuestras palabras a las del Maestro para que otros conozcan y experimenten la salvadora cercanía de Dios.
Domingo 06 de septiembre de 2015. (Mc.7, 31-37)