P. Luis Vaccaro Cuevas
Teólogo
El texto de San Marcos, que la Iglesia nos ofrece en la liturgia está centrado en el segundo anuncio de su pasión. A este anuncio que Jesús hace resulta contrastante la incapacidad que tienen los discípulos para entender el mensaje. Está incapacidad se nota en la mención que San Marcos hace a que “tenían miedo”. La ceguera y la desconfianza siempre suelen producir temor.
El evangelista con mucha agudeza nos deja entrever el motivo de la ceguera y de la falta de entendimiento de estos hombres que seguían a Jesús. Ellos están ciertos que Jesús quiere formar un grupo de íntimos que proclamen la mesianidad del Hijo de Dios. Por ello el motivo de su discusión, mientras caminaban era el lugar de primacía y poder que cada uno ocuparía en esa comunidad del Mesías de Israel. Jesús quiere hacerles entender que la lógica del que lo sigue es absolutamente otra y por ello toma el ejemplo de un niño. A este ejemplo ha precedido en el texto lo que podríamos llamar el código fundamental de la autoridad en lenguaje cristiano: “El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.
Es esta la actitud fundamental de entrega, de donación que constituye en el discípulo su más grande dignidad. La frase, que como sentencia, pronuncia Jesús en la escena en que toma al niño en sus brazos rechaza la concepción de que aquél es sólo objeto de educación y adiestramiento por parte de los adultos. El niño, por su propia condición es alguien que transmite una manera de ser que hace concreta la disponibilidad, el abandono sin cálculos, sin dobleces interesados. El niño es aquél que se ofrece y se entrega sin reservas desde su propia debilidad y pequeñez. El discípulo, entonces, no es alguien que vive en medio de los hombres con la fuerza del poder violento, de las maquinaciones o del dinero, el que quiere seguir a Jesús debe vivir como el servidor de todos. Quien sigue a Jesús vive testimoniando el amor del Padre y del Hijo, que pasa por entrega, por dar la vida sin aspirar más que esa única dignidad: ser como el Maestro que entrega su vida por amor a los hombres.
Esta propuesta de Jesús, hace experimentar sin duda a todo creyente, que el poder del que sirve pasa por la muerte y por la cruz, una cruz que conocerá su fecundidad en la vida que surja en otros y no en la retribución, en el prestigio y en el agradecimiento manipulador, que muchas veces se confunde con amor caritativo. El mensaje de Jesús es duro y claro: el amor es nuestra única fuerza, vivirlo nos lleva a gastar la vida; a la certeza, sin duda clara, que sólo así seguimos al Señor de todo poder, al rey cuyo trono es la cruz, al Dios que se ha hecho pequeño para hacernos cercana su grandeza salvadora.
Domingo 20 de septiembre de 2015. (Mc. 9,30-37)