P. Luis Vaccaro Cuevas
Teólogo
La curación del ciego Bartimeo se nos ofrece como una muestra más en la larga lista de milagros obrados por Jesús en personas no videntes. El tema teológico que subyace al gesto salvador de Jesús está profundamente ligado a las promesas mesiánicas del Antiguo Testamento que San Marcos recoge en su evangelio. Resuenan, en este texto los oráculos de Isaías sobre el tema de la ceguera de Israel, aquél que tiene “los ojos cerrados”, que se ha vuelto incapaz de ver los signos de los tiempos y la acción de Dios en la historia. Esa es la misión del Mesías: hacer brillar la luz sobre las tinieblas para que todos vean la presencia salvadora de Dios.
Podemos entender, entonces, que bajo la simple descripción física de la curación de Bartimeo, se manifiesta un signo más profundo, y por tanto de cuño claramente mesiánico. Es lo que manifiesta, como grito lleno de esperanza, el ciego al proferir la exclamación “Hijo de David” dos veces en el texto. La ceguera profunda y no sólo física de ese hombre frente a Jesús desaparece. Es más, es el mismo Jesús el que proclama el don de la fe presente en este pobre hombre situado al borde del camino de la vida y abandonado de la multitud “muchos le gritaban para hacerlo callar”; frente a ellos, las palabras de Jesús son claras: “Tu fe te ha salvado”. Resulta muy significativa la reacción del ciego a las palabras y al acto milagroso de Jesús: “y se puso a seguirlo por el camino”. Es el seguimiento del discípulo. Por ello, en este texto de modo especial, la narración de un milagro se convierte en la historia de una vocación a la fe y al discipulado.
La presencia de Jesús se convierte entonces en raíz de la liberación de cualquier ceguera, es la imagen usada en San Marcos para expresar la ausencia de la verdadera luz que el hombre sufre, en todo tiempo y lugar. Nuestras cegueras de hoy nos son muy diferentes de las de los hombres y mujeres de otras épocas, y además producen el mismo fruto: el abandono, la incapacidad de caminar solos, la pérdida de visión de los acontecimientos, personas y circunstancias que constituyen el tejido vital de la historia y de la vida concreta.
En la figura de Bartimeo está reflejado el existir de cada uno. Está concretado la realidad de la Iglesia: una comunidad de hombres y mujeres, que no son poderosos, autosuficientes, sino pobres, ciegos y sordos.
A todos y a cada uno nos es dirigido el gesto de salvación de Jesús, que es más que la liberación de nuestra ceguera, es el regalo de la fe que nos permite recorrer en mismo camino de Jesús.
Domingo 25 de octubre de 2015. (Mc.10, 46-52)