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30 Oct2015

Solemnidad de Todos los Santos

p luis vaccaroP. Luis Vaccaro Cuevas
Teólogo

El texto de San Mateo sobre las bienaventuranzas, se sitúa en el contexto del gran Sermón de la Montaña. Allí, el evangelista quiere mostrar a Jesús como el Maestro que enseña a sus discípulos cual es la ley de la nueva alianza, que El inaugura. Es un texto que, sin duda, hemos escuchado y reflexionado muchas veces, pero  que de igual modo se convierte en novedad que habla al corazón cuando lo escuchamos como palabra de Dios, que busca revelarse al hombre y acercarse amorosamente, en la presencia del Verbo Encarnado.

La Iglesia nos presenta este relato cuando celebramos la solemnidad de todos los santos: Ello implica celebrar a la Iglesia capaz de vivir radicalmente el  espíritu de las Bienaventuranzas. La santidad es la alegría plena de quien ha descubierto en Dios toda respuesta y todo consuelo. Con frecuencia recordamos hoy a nuestros hermanos difuntos cuya conmemoración se celebra al día siguiente. También es un modo de tener presentes a todos aquellos que ya viven de cara a Dios y han triunfado, en Cristo, sobre toda muerte

Las bienaventuranzas son el texto programático, del vivir creyente que Jesús proclama a los que tengan capacidad de escucharlo, es decir, a aquellos que permanecen abiertos a la novedad de la Vida, a los que no están defendidos y enquistados en la fuerza de su prestigio, a los que no están atados al poder seductor de la riqueza o de la imagen que hay que mantener para lograr el favor de los demás. Son palabras dirigidas a quien acepta que la lógica del Evangelio es totalmente distinta de los criterios de este mundo. Es un mensaje dirigido a aquellos que la Sagrada Escritura llama “los pobres del Señor”, y que Jesús coloca en el vértice mismo del elenco de bienaventuranzas que El enuncia. Existen tres expresiones, que son claves, para entender dentro de este contexto, cual es la verdadera actitud religiosa, en el mensaje de Jesús, es decir, cuales son las actitudes claves que nos permiten relacionarnos, de manera cercana y concreta con el Padre de Jesús, en otras palabras como vamos haciendo que en nuestra vida se vaya juntando, progresivamente, lo que nuestro corazón desea con lo que nuestras obras demuestran.

La “pobreza de espíritu” indica una disposición global, que está muy lejos de ser una espiritualización que nos evada o que encubra al corazón obstinado, se trata de puntualizar cual es el sentido más radical de las palabras de Jesús: la propuesta que El hace implica un compromiso continuo, hecho en fidelidad pequeña y cotidiana, a vencer la autoafirmación que da cualquier clase de idolatría, porque ellas nos vuelven “ricos”, llenos de nosotros mismos, distantes de Dios y por ello incapaces de fraternidad y comunión. Cuando nos aceptamos pobres, no fundados en nosotros mismos, dependientes de un Dios que cuida de nosotros, entonces aceptamos la creación  como un espacio para realizar el amor y no para dominar.

Felices “los puros de corazón”, es la segunda clave. El corazón es el lugar de la consciencia, de la voluntad, de los afectos del hombre. Allí se juegan nuestras opciones y decisiones, y por ello desde allí parte nuestro actuar de cada día. La pureza no es más que la transformación de nuestro corazón, en un corazón más humano y más creyente, capaz de albergar en sí los deseos salvadores que Dios tiene sobre nosotros. La tercera clave son los “mansos”: aquellos que no usan del poder para imponer sus derechos, aquellos que se abandonan al cuidado amoroso de Dios, por eso construyen la paz en torno suyo y la comunión con Dios y con sus hermanos es el horizonte de sus vidas. Estas tres expresiones pueden ayudarnos a leer, con otros ojos, el texto que la Iglesia hoy nos ofrece, y sobre todo a comprometer nuestra vida de discípulos con la vida del Maestro.

Domingo 01 de noviembre de 2015. (Mt. 4, 25 - 5 ,12)

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