P. Luis Vaccaro Cuevas
Teólogo
Seguramente el trozo de San Marcos que la Liturgia nos ofrece hoy, no aparece, a primera vista, un texto que se muestre claro, y por sí solo como fácil de interpretar. Sin embargo hay claves, que dándole el debido contexto, hacen del evangelio de hoy un mensaje claro e incisivo para tocar nuestra vida. Estamos llegando al final del año litúrgico, los textos comienzan a impregnarse del tono de esperanza en el que la Iglesia debe vivir este tiempo. Un problema que surge y que los creyentes de todo tiempo y lugar debemos vivir: saber que esperamos y a quien esperamos, hay que aprender a buscar, a mirar y a acertar. Con estos elementos el texto nos resulta un mensaje vivo e iluminador.
El motivo central de este trozo del Evangelio es calmar toda intranquilidad o turbación. Jesús, vive una época, en que abundan los profetas de desgracias, aquellos que llaman a prepararse para lo peor. Jesús pone en claro las cosas: el tema no es el fin del Mundo, sino la venida del Hijo del Hombre, es decir, la llegada del Reinado de Dios entre los hombres. Por tanto no se trata de acontecimientos cósmicos, sino de una perspectiva creyente la que se ofrece para mirar la historia y la vida. La venida del Mesías, del Señor, significa para todos la salvación y la instauración de un nuevo orden de relación entre los hombres que reconocen a un mismo Padre, el de Jesús.
Pero queda una pregunta en el aire, entre la primera y la segunda venida del Señor ¿qué deben hacer los creyentes?, la respuesta del Maestro frente a esta interrogante se traduce, a través, de una bella imagen: cuando la higuera comienza a verdear y se perciben los brotes de las hojas, no se puede decir que el verano ha llegado. Se puede afirmar que está cercano. Esta es la clave para construir la actitud de esperanza que los cristianos deben asumir durante la historia y el tiempo que les toca vivir.
La esperanza vigilante es aquella que sabe leer la vida, cierta de la proximidad de Dios y de su actuación en ella. Por eso no se deja engañar por los falsos profetas del inmediatismo, que anuncian el fin del mundo. De todos aquellos que no conocen los ritmos de Dios y quieren forzar el fino mecanismo de la vida. El discípulo debe esperar y vigilar, debe saber interpretar situaciones como la cruz y el sufrimiento, sabiendo que es parte del proyecto mesiánico. Sólo de ese dolor nace la vida.
El hombre de fe se sitúa entre sus hermanos, no como alguien distante y lejano, sino como el que ofrece una manera diversa de enfrentar la vida: eso es regalar la esperanza. Ella exige por su propio dinamismo, una constante conversión a los diversos modos en que Dios se manifiesta. Hay que discernir para ser feliz, para percibir la cercanía del Señor que sostiene nuestra historia. Para regalar lo único valioso que poseemos: la esperanza cierta de salvación.
Domingo 15 de noviembre de 2015. (Mc.13, 24 – 32)