P. Luis Vaccaro Cuevas
Teólogo
Hoy inauguramos el nuevo año litúrgico. El primer domingo de Adviento, no sólo inicia este nuevo año, sino que comienza un tiempo litúrgico especial, en el que ponemos la esperanza en el corazón de la vida. La palabra “adventus” en latín, significa espera, pero no una espera hecha de cualquier modo, es realizar la acción de esa espera en constante vigilia por lo esperado. De ese modo los creyentes nos preparamos a la celebración de la Encarnación del Hijo de Dios, que se hará uno de nosotros para darnos la vida.
En la Liturgia haremos presente este tiempo y su actitud fundamental con signos que evoquen y hagan presente la realidad de nuestra fe: “que venga tu Reinado”, ese reinado no es más que la persona de Jesús, nacido pobre y de Virgen en el pesebre de Belén. Se revestirá el color morado, se omitirá el canto del Gloria, que no se cantará hasta la misa de la Nochebuena, se encenderán cada domingo los cirios de la Corona de Adviento etc.
Esta relación entre la cercanía y la espera, la venida y la esperanza es la dominante en el texto del Evangelio de San Lucas con el que comenzamos este tiempo. La atención del creyente, según el evangelista, debe estar centrada en esa salvación inaugurada con la presencia de Jesús. Es en la historia concreta que nos toca vivir, con sus avatares y sus procesos, donde debemos alzar la cabeza. Hay que mirar a lo importante y a lo fundamental de la realidad. Es peligro dejarse engañar por aquello que no tiene horizonte, por lo que en apariencia es urgente, pero dista mucho de ser importante. Por ello se nos aclara que hay asumir la vida no huir de ella. Discernir y actuar no es para nosotros optativo: es la forma correcta de esperar. “Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y la preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes como una trampa”.
Se hace indispensable escoger, reaccionar y saber leer los signos de los tiempos que la vida, historia donde Dios se manifiesta, nos va ofreciendo. No podemos dejar que nos contagie una enfermedad tan antigua como el hombre: la indiferencia, vivir sin ponderar las situaciones ni mirar con los ojos de la fe. Eso lleva a superficializar la vida y, entonces no podremos alzar la cabeza porque miraremos hacia donde no está la liberación. Hay que tener mirada con horizonte, con destino, con sentido. Sólo así nos prepararemos a acoger la vida que como don se nos regala en el Señor Jesús.
Domingo 29 de noviembre de 2015. (Lc.21, 25-28.34-36)