P. Luis Vaccaro Cuevas
Profesor de la Facultad de Ciencias Religiosas y Filosóficas de la Universidad Católica del Maule
El texto del Evangelio que la liturgia de la Iglesia nos ofrece este domingo es una parábola que está presente en los tres evangelios llamados sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). La versión que San Mateo presenta es de una sencillez y de una simplicidad extraordinaria, al mismo tiempo que permite penetrar en los elementos más profundos que la parábola pretende descubrir. Desde el tiempo de los profetas el tema de la viña aparece, con mucha frecuencia, ligado a Israel. Jesús asume el sentido de la viña en esta dirección: Israel es la viña que Dios ha cuidado y ha vigilado con esmero y delicadeza. Es una viña, que debiera estar en el mejor estado para dar los frutos esperados. Pero, aquellos que cuidan la viña, no responden del modo adecuado, la traición y el maltrato a los enviados del dueño, deja claro que ellos se han adueñado de la viña, sin respetar la propiedad y el cuidado con que el dueño había mantenido y preparado la viña para que diese buenos frutos. Es la imagen de la relación de Dios con Israel, y la de todo hombre en relación con el Padre de la vida. Son relaciones donde el egoísmo y la infidelidad han pasado a llevar el amor siempre fiel y cuidadoso de Dios, y esto se concreta en el maltrato que sufren aquellos que anuncian y denuncian lo que no es conforme al designio salvador del Creador sobre sus creaturas.
El mensaje es claro en la imagen de los empleados de la viña. Ellos no servían a la viña se servían de ella. Su plan era explotarla, sin tasa ni medida, y hasta el mismo Dueño debía ajustarse a su proyecto. Es la manera en que Israel traiciona el sentido más profundo de la Ley. Ella se ha convertido en el Absoluto y no en el instrumento que les permitiera ver con claridad como cuidar mejor de la viña en la espera del Hijo del Dueño. De allí también, surge la imagen del Hijo como una amenaza que hay que eliminar porque viene a realizar los planes del Dueño. Es una imagen especialmente adecuada para nuestros tiempos: es el reflejo real y concreto del hombre cuya permanente tentación y pretensión es construir su vida, desde sí mismo y para sí mismo con la autonomía y prescindencia de su ser creatura. Aun diciéndonos creyentes, podemos caer en el poner nuestra mirada en la viña de la vida, y cultivarla sin asumir que otro es el dueño, que estamos para cuidarla y hacerla fecunda en la permanente acogida de las muchas voces que el Señor de esa Vida nos envía, para recoger los frutos maduros del discipulado. Así, como Israel confundió la ley con Dios, también nosotros podemos confundir las muchas imágenes de Dios, que fabricamos a nuestra medida y conveniencia, sin permitir su irrupción soberana y sorprendente que hace realmente productiva la viña de nuestra vida, no según los criterios del mundo, sino según los de su Dueño y Creador.
En el final de la parábola está definido el camino que todo creyente ha de recorrer. El antiguo Israel, los primeros servidores de la viña, han sido reemplazados por el nuevo Israel que es la Iglesia, somos los nuevos servidores que han acogido y recibido al Hijo del Dueño. Él ha traído una nueva manera de cuidar la viña, que sólo se aprende estando cercano a Él. Sólo se aprende a cuidar la vida cuando los gestos y las palabras de Jesús van siendo nuestros gestos y palabras que llegan a esta gran viña de los hombres y mujeres que buscan la fecundidad feliz de sus vidas. Nuestra misión es vivir para que otros vivan, servir para que otros se alivien, acompañar para que otros no sientan que la ternura de Dios es palabra vacía. Así seremos servidores fieles que sabremos presentar al dueño de la viña, no nuestros muchos frutos, sino nuestras vidas gastadas por el amor fiel que ha hecho fecunda la viña que Él ama.
Domingo 05 de octubre de 2014