P. LUIS VACCARO CUEVAS
Teólogo
La existencia humana, nuestra vida de todos los días, está llena de momentos y detalles que nos conducen a los caminos más importantes y más complejos de nuestra vida. Hoy domingo, el primero después de la Navidad, la fiesta en que lo pequeño se nos hizo grande lo importante, celebramos y recordamos a la Familia de Nazareth, el sencillo grupo humano donde la vida nació para convertirse en salvación ofrecida a todo hombre y mujer que quiera acogerla.
El sentido más profundo, que la celebración de hoy nos hace ver, no puede ser reducido al simple modelo de una familia plena y realizada, lo que no es poco en nuestra época, pues sabemos que en ese lugar del hombre, tan humano, importante y frágil, muchos han fracasado. Por esta misma razón no se la puede reducir a una piadosa consideración a un modelo a seguir, porque no todos los hijos son tan buenos como Jesús, no todas las madres son comprensivas como María, y no todos los padres son acogedores como José.
Esta fiesta tiene la intención de explicar y hacer resplandecer el significado más profundo del amor humano, vivido al interior de una estructura también muy humana, cuya característica fundamental es ser escuela de amor, en todo lugar y tiempo.
El evangelio de San Lucas nos sitúa en la verdad más profunda de la acción de Jesús: Él proviene de Dios y debe ocuparse de las cosas de su Padre. Su sabiduría no proviene de la ley que tantos maestros enseñaban en su época y su mensaje no es producto de las normas máximas que de ese código hacían los rabinos de su tiempo. Por ello el acento está puesto en la ruptura que se produce entre sus padres y Jesús. Sólo el amor contemplativo de María y la transparencia de José pueden salvar las barreras que los separan de ese Jesús, Hijo de Dios.
La escena constituye, con elementos de una gran ternura, pero de gran precisión una especie de parábola que nos muestra la vida de Jesús: Él ha nacido en una familia concreta pero su proyecto va más allá de ella. Creciendo en esa familia: “Y regresó con sus padres a Nazareth”, Jesús siempre hará presente el misterioso y único vínculo que lo une a su Padre: el amor y la pasión porque se haga su voluntad. Eso es lo que cuida y hace crecer la actitud comprensiva y liberadora de José y María. Ellos, porque son su familia, ayudan a que el misterio de Dios vaya madurando en Jesús.
Domingo 27 de diciembre de 2015. (Lc. 2, 41 – 52)