P. Luis Alarcón Escárate
Vicario Episcopal de Pastoral Social
Vicario Episcopal Zona Costa
Párroco de Hualañé y La Huerta de Mataquito
Queridos amigos y amigas, hermanos en la fe, quiero comenzar estas palabras con un saludo afectuoso a cada uno de los que siguen estos comentarios bíblicos dominicales y haciendo un homenaje al Padre Luis Vaccaro Cuevas, que durante muchos años nos acompañó e invitó a entrar en el corazón del Padre Dios con sus palabras de sabiduría y de invitación a seguir al Señor Jesús.
El texto de hoy, todavía en tiempo de Navidad, nos cuenta acerca del Nacimiento de Jesús en un momento determinado de la historia humana. No es historia inventada en la imaginación de alguien, sino que se dan algunos datos concretos de esa presencia divina como es el Reinado de Herodes. Y algunos estudiosos se atreven a decir que la estrella es el Cometa Halley, que cada setenta y seis años dentro de su viaje por el Universo pasa cerca de nuestro planeta tierra. Además, existía dentro de la tradición judía la profecía de un Mesías que sería el libertador del pueblo de Israel y que estaría acompañado de muchos signos y prodigios, que se empiezan a notar desde su nacimiento.
La Epifanía viene a ser esa irrupción de Dios en la historia humana. Una irrupción violenta, ya que hace despertar en el corazón de un pueblo oprimido por muchas situaciones el deseo de su acción pronta para devolver lo que había perdido en libertad y en otros el deseo de eliminar esa amenaza a quienes ostentan el poder político, religioso y económico. Herodes representa esa fuerza negativa y los Reyes Magos, junto a los Pastores y a los Padres de Jesús son la expresión de los valores nacidos en el corazón mismo de Dios que son el amor, la sencillez, la paz, la justicia, la verdad.
La Epifanía viene a ser un gesto misionero del niño Jesús, que se abre al mundo entero representado en la figura de los Magos de Oriente, no es solo un asunto de curiosidad y simpatía, sino que se transforma en una adhesión de toda la vida de esos hombres a ese niño que ha nacido y que nos desarma de todas las seguridades que teníamos: ante el niño recién nacido no necesitamos máscaras, ni expresiones grandilocuentes, sino que somos nosotros mismos. Ante el niño Jesús nos vemos a nosotros mismos, es un gran regalo de esta Navidad. Ese niño necesitado de cariño, de calor, de alimento es el hombre creado a imagen y semejanza de Dios, pero es también Dios. Es verdadero Dios y verdadero hombre. Es el encuentro de nuestra vida con la de Dios. Creo que todo hombre y mujer del mundo es hoy quien se puede mirar en el pesebre para demostrarle su amor y su deseo de cuidarlo.
En esta Solemnidad de la Epifanía sería bueno que cada uno de nosotros pudiera ver en el pesebre de su corazón el momento en el cual se encontró con este niño y cómo le ha cambiado la vida. Porque el encuentro con Jesús provoca en las personas actitudes de compromiso verdadero con las realidades que siempre gritan a nuestro lado. El homenaje rendido es la transformación de todo aquello que impide vivir la vida a la manera de Jesús.
En una Iglesia Misionera estamos invitados a ser epifanía, a mostrar el rostro de Jesús alegre, cercano, amigo, comprometido con los dolores de todos. Es disfrutar con aquellos que les va bien en la vida, no porque han ganado económicamente sino porque se han hecho más personas; es estar atentos a las realidades de dolor para transformarlas en alegría, es ser fuente de esperanza para aquellos que no la tienen. Es poder en algún momento detenerse porque la estrella ya nos ha mostrado donde hay que mirar.
Ahora hay que ponerse de pie y contar a todos que el Señor ha nacido, que nuestra liberación ya está aquí. Solo debemos prestar nuestros ojos, oídos, boca, manos, todo nuestro cuerpo a Dios para que realice su plan de amor en nuestra comunidad, en nuestra casa común, como el Papa Francisco ha dicho que es nuestro mundo.
Domingo 3 de enero de 2016, Evangelio de Mateo 2, 1-12