P. Luis Alarcón Escárate
Vicario Episcopal de Pastoral Social
Vicario Episcopal Zona Costa
Párroco de Hualañé y La Huerta de Mataquito
El texto de San Lucas nos habla de la expectativa que tenía el pueblo ante la figura de Juan Bautista, se preguntaban si no sería el Mesías que tanto esperaban. Jesús estaba entre los presentes como uno más escuchando a su primo y además empapándose, sin querer, de aquello que descubría en la gente que se aglomeraba confiada en este hombre que predicaba en el desierto y que se alimentaba de langostas y miel silvestre, de sus penas y alegrías, de sus angustias y esperanzas, dirá el Concilio Vaticano II; pero que a la hora de hablar removía las esperanzas de todos, los invitaba a cambiar de vida para que el día del Señor los encontrara bien dispuestos ya que él no era el Mesías sino solo un servidor.
Su palabra contrasta con la imagen que tenemos de Jesús, que es más sencillo y cercano. De hecho viene entre la gente y se hace bautizar por Juan en el río Jordán humildemente, disponiéndose al reino que está cercano.
Creo que si seguimos con la reflexión del día de la Epifanía acerca del encuentro con Jesús, que seguramente para los Magos de Oriente fue algo importante y que cambió su vida para siempre, esta lectura del Bautismo de Jesús nos puede ayudar a que profundicemos en ese encuentro y nos dispongamos a la vida en el Espíritu. Muchos lo hemos tenido y nos hemos adherido a los valores que Jesús nos entregó dejándonos mover por el Espíritu de Jesús. No ha sido un simple rito, sino que ha sido hacer pública mi aceptación y mi compromiso con el anuncio creativo del Reino. El Espíritu de Jesús nos hace entrar en la propia línea de acción. Todos hemos recibido un don, nos dirá San Pablo, pero es personal y para el bien de la comunidad. Es decir, el bautismo debiera llevarnos a hacer de la humanidad una familia más justa y fraterna.
En Jesús se nota esa fuerza nueva del Espíritu, ya que se aleja del estilo rudo del Bautista y en su estilo comienza a predicar la buena nueva, con parábolas y con una cercanía que conquista el corazón de todos los hombres y mujeres de su tiempo, sanando a los enfermos y expulsando demonios, liberando a hombres y mujeres. Todo bautizado debiera plantearse su forma de anunciar esa verdad, con la creatividad propia del Espíritu, ya que muchos se quedan únicamente en que han cumplido religiosamente, pero no se notan los frutos de ese bautismo y con pena podemos decir que en muchas de nuestras comunidades la respuesta es que siempre se ha hecho así, que para qué complicarse la vida, que la fe es algo personal, individual.
Jesús se ha inclinado en el río igual como muchos, pero en su oración se han visto signos de su vocación primera que es ser Hijo de Dios, y lo empieza a vivir de inmediato. Podríamos decir, que es también un texto vocacional. Por lo tanto cada uno puede preguntarse: ¿Qué dirá Dios de mí?, seguro soy un hijo muy amado, es lo primero. Pero además se revela el camino que debiera seguir. ¿Cuál es mi compromiso con el Reino de Dios? Lo planteo porque mucha gente cree que la Espiritualidad es algo inútil, y otros creen que tiene que ver con rezos y cosas invisibles que hace la gente seria o alejada de la vida real; como que lo material, lo concreto es lo que interesa y no lo espiritual. Hoy está muy presente en la sociedad actual el sentido de las cosas, el porqué de cada acción, de esa tendencia, qué se quiere decir, qué lo anima, cuál es su espíritu. El bautismo de Jesús nos plantea esa respuesta vocacional, de lo que debe estar en la base de cada persona al hacer su vida.
El Padre Pagola nos enseña para qué creer, pensando en lo anterior, bautizado con agua es quedarse en cosas enormemente extrañas que no tienen nada que ver con la vida. El ser bautizado en el Espíritu de Jesús es sabernos acogidos, consolados, perdonados del pecado y la mediocridad, fortalecidos en la impotencia y caducidad; vernos impulsados a amar y crear vida en medio de la fragilidad. Para vivir la vida con más plenitud, para atrevernos a ser más humanos, para defender nuestra libertad sin rendir nuestro ser a cualquier ídolo, para no perder nunca la esperanza en el ser humano ni en la vida.
Domingo 10 de enero de 2016, Evangelio de Lucas 3, 15-16.21-22.