P. Luis Alarcón Escárate
Vicario Episcopal de Pastoral Social
Vicario Episcopal Zona Costa
Párroco de Hualañé y La Huerta de Mataquito
Hemos iniciado el tiempo litúrgico conocido como Ordinario o Año del Señor, en el cual durante treinta y cuatro semanas recordamos el único acontecimiento pascual de Jesucristo en la mesa de la Eucaristía. El color litúrgico de este tiempo es el verde, color de esperanza y vida.
El texto evangélico nos presenta el conocido pasaje de las bodas de Caná. Un matrimonio en su fiesta al cual se le acaba el vino. Algo tan importante y que nos puede hablar de alguna mala programación o descuido de quienes han preparado este evento.
Jesús viene como cualquier otro invitado a disfrutar, acompañando a su vecino, amigo o puede ser algún familiar ya que su madre María estaba ahí también y en una actitud de servicio ya que, es quien se da cuenta de la falta de algo tan esencial para que la fiesta funcione.
Son muchas las reflexiones que pueden surgir de este pasaje y que le invito a ejercitarse en ellas durante la semana: el sentido bautismal, la solidaridad, el estar atento a las realidades que gritan, el inicio del ministerio de Jesús, la conciencia mesiánica, etc.; que de acuerdo a la situación de cada uno provoca el leer el texto de san Juan.
En lo personal, quiero invitarles a que podamos gustar la vida como Jesús lo hace, participa en la vida de todos. Muchas veces ‘lo pintan’ como lejano, poco amigo de las fiestas y de los ruidos. Y eso en una gran mayoría de la gente le hace creer que es malo el reírse mucho, aplaudir en la misa, o que un encuentro festivo no tiene que ver con Dios, que un partido de fútbol es pagano o un baile es falta de respeto ante lo religioso.
Jesús aparece en muchísimos encuentros festivos, es el que ‘se invita’ a la casa de Zaqueo, o de Mateo, etc.; y con ellos se alegra, conversa, comparte la vida y es ahí donde va evangelizando, va proclamando la Buena Nueva en el corazón mismo de la vida. Si se aleja es para poder mirar mejor y para discernir dónde es que debe ir para animar a los hombres y mujeres del mundo.
Las bodas de Caná son el lugar propicio para iniciar su trabajo por el Reino. Ahí, movido por su madre María, que capta la necesidad, Jesús, obedece a su petición y empieza a desplegar sus dones. El reconocimiento de los Magos de Oriente hace algunos domingos atrás de su ministerio real, sacerdotal y profético, el fruto del bautismo en el Espíritu, que contemplamos el domingo pasado se hace visible ahora en este camino que no parará hasta la cruz.
Su servicio será la alegría de unos novios que veían su fiesta echarse a perder. Su palabra será una palabra que hace lo que dice, el agua ahora es vino, y lo es inmediatamente, no es una palabra que tramita, que pide una firma en otra oficina, es instantánea.
Nuestro Dios se compromete con la alegría de su pueblo, es lo que contaban los profetas y que Isaías nos relata en este domingo. Mucha gente habla de las pruebas de Dios, situación con la cual siempre me he rebelado. No creo en las pruebas de Dios: en aquellas que nos hacen llorar, la enfermedad, el accidente, la pérdida de algo valioso, lo repito: no creo en ellas, ya que casi todas son situaciones evitables y que únicamente hablan de la mala previsión o cuidado. Pero sí creo en las pruebas de Dios que son el amor, la cercanía, el cultivar una buena amistad, el crecer en justicia, en solidaridad, el convertirse, es una prueba evidente de la cercanía de Dios. Las otras, las negativas, se hacen pruebas en la medida en que tuvimos la asistencia divina para seguir adelante, para no decaer.
Habría sido un gran sufrimiento la fiesta arruinada por falta de vino, descuido humano. Pero la prueba del cariño y cercanía de Dios estuvo ahí, una madre que se da cuenta del problema y un hijo que sabe obedecer con humildad y nos revela el rostro verdadero de Dios. El rostro humano de Dios.
Evangelio según San Juan 2, 1-11, Domingo 17 de enero de 2016.