P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social
Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito
Siempre hemos escuchado el título de esta parábola como del Hijo pródigo, y de hecho al revisar el diccionario se nos dice que pródigo es aquél que gasta dinero de manera irreflexiva, insensata y sin necesidad, demasiado derrochador. Pero se define a la vez como aquél que es dadivoso, que da con generosidad y da a los demás todo lo que tiene, por esa razón también podría llamarse del Padre pródigo.
En este año de la misericordia hemos puesto el acento en mirar el rostro del Padre. En casi todas las reflexiones dominicales podemos descubrir la imagen de Dios que Jesús nos presenta. Y todas las explicaciones de Jesús nos llevan a alguien que ama profundamente y que da todo por aquellos que ama.
Lo importante para quienes intentamos vivir la enseñanza de Jesús es tener una vida que haga presente ese rostro de quien nos ama desde siempre. Recuerdo que el libro de Víctor Hugo, Los Miserables, nos presentaba la historia de un hombre que debido a la pobreza y de las injusticias de la sociedad tuvo que robar un pan para saciar el hambre de su familia y producto de eso lo condenan a una dura pena en la cárcel, huye y lo atrapan y cada vez le aumentan los años que debe cumplir por un simple robo de un pan. Al final escapa, pero el jefe de la cárcel lo perseguirá hasta el final de su vida: lo hace por una obcecada comprensión de la ley que le impide tener un corazón comprensivo ante una situación que se ha dado en un momento de la historia. No es que se justifique el delito, pero que se producirá un crecimiento en la medida en que impere la humanidad.
El padre pródigo comprende que ante el pecado lo que debe prevalecer es el amor, no el simple castigo, ya que lo vivido ha sido su condena. Es por eso que lo vemos atento, a pesar del tiempo transcurrido, en la espera de su hijo que al volver se apura a recibirlo y a vestirlo, a devolverle la confianza y a hacer fiesta porque el Hijo ha vuelto a la vida. Lo que había padecido antes era no-vida, era no-alegría, no-fiesta; es lo que muchos padecemos en el crecimiento humano y espiritual. Seguramente todos hemos creído que para ser libres debemos hacer lo que queremos, pero al andar nos damos cuenta que lo mejor era estar al lado de tu padre que te quiere, que está a tu lado para acompañarte a crecer de manera autónoma, no para hacerte sombra.
El hijo mayor es alguien que está muy apegado a la ley y que no entiende la acogida del padre. Hay mucha gente en el mundo que cree que el castigo es lo que cambia. Pero la experiencia nos demuestra que eso al final trae mayor resentimiento y deseos de venganza que nunca terminan bien.
Esta palabra del hijo o el padre pródigo, es la invitación a que cada uno de nosotros podamos reconocer por una parte que muchas veces nos hemos ido detrás de ideales o de búsquedas que no eran las mejores y que es un camino recorrido por la mayoría de los hombres y mujeres del mundo. Y es la invitación a reconocer que en la vuelta a casa a las raíces, a la ternura y al amor, ahí está nuestra vocación. La alegría de los hijos es junto a sus padres, que siempre esperan y buscan lo mejor para aquellos que aman.
Finalmente es bueno saber que en la iglesia están los que necesitan a Dios, no los “santos” o los “sanos”, dirá Jesús. Por eso es bueno alegrarse, o pararse a recibir a aquellos que vuelven a la comunidad de la Iglesia, o de la vida familiar después de haber estado enojados por mucho tiempo o por tener algún sentimiento negativo o de duda de fe. Porque allí nos apoyamos, nos ayudamos a superar las dificultades de relaciones fraternas, adicciones, violencias, etc. La vida eclesial no puede ser un lugar de gente aséptica o libre de todo pecado, sino que es la comunidad de aquellos hijos pródigos que han debido volver al amor de su padre, que estaba con los brazos abiertos.
Cuarto domingo de Cuaresma. Lucas 15, 1-3.11-32