P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social
Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito
Celebramos hoy un día que está en el corazón y sentir de casi todas las personas, recuerdo siempre las iglesias llenas de gente en este día con sus ramos preparados para ser bendecidos. Siempre fue como una celebración alegre y que nos hacía sentir como que estábamos junto a Jesús que entraba a Jerusalén, la sede del Rey de Israel. Personalmente disfrutaba este día y me imaginaba viviendo esta semana y acompañando cada uno de los momentos contradictorios de esta historia.
Dos evangelios son los que nos acompañan en este día y uno de ellos nos relata la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, donde dirige la acción enviando a los discípulos a buscar el burrito en el cual montará para ingresar en medio de la aclamación de todos los habitantes de la ciudad. Es una hermosa escena en la cual todos agitan ramos de olivo y palmera, extienden en el piso sus mantos para que entre el Señor. Me llama la atención el hecho que ya adelantaba: Jesús es quien dirige todos los movimientos, como un director de teatro y que a la vez actúa en la obra.
En el pasaje de la Pasión del mismo modo vemos cómo Jesús es el que conduce todo: envía a los discípulos para que preparen todo en el lugar donde celebrarán la cena y luego a pesar de verse apresado y luego condenado, tiene el protagonismo de conducir todo a un fin determinado.
No quiero decir con esto que Jesús sabía lo que ocurriría, un tema muy importante en las materias que lo estudian y que se llama la conciencia mesiánica. El Señor no es un adivino, ni un mago. Es lo que hemos reflexionado durante todos los domingos anteriores. El Señor de Nazaret ha sido un hombre creyente, que al entrar en contacto con la Palabra de Dios conocida que era el Pentateuco, los Salmos y los Profetas, supo del gran amor del Padre Dios por sus hijos y él lo cree profundamente y lo vive, no es algo puramente teórico, sino que encarna ese amor. Se va constituyendo poco a poco en aquél que todos esperaban: el Mesías. Y es tal su confianza en el amor de su Padre Dios que no tiene dudas de entregar su vida por un ideal tan grande como es la instauración del Reino. Aunque siente temor y duda como cualquier hombre, como cuando pide que si es posible se aparte de él este cáliz, o cuando siente la soledad y el abandono en la cruz: ¿por qué me has abandonado?; es más fuerte el amor del Padre que durante su vida lo ha confirmado en varios momentos y le ha regalado el don de ser una palabra de vida para tantos hombres y mujeres que padecían enfermedades o pobrezas de vida muy grandes, que no tiene dudas para entregarse confiado en sus manos al final: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Hoy es un día de solo contemplar, y de ver cómo el Señor conduce la historia para salvar, para seguir siendo en el mundo una palabra y una acción de aquellos que creen en él, transformadores de todas las situaciones de injusticia, de dolor, de muerte en realidades nuevas de presencia de ese reino por el cual vale la pena dar la vida.
Podemos preguntarnos ¿cuál de todos los personajes de esta historia soy yo?, ¿cómo he permanecido junto a Jesús o he huido como los discípulos? ¿He ayudado a llevar la cruz como el Cireneo? ¿He estado siempre a su lado como María y el discípulo amado? ¿Me dejo arrastrar por la vida como un muñeco o la dirijo como Jesús lo ha hecho con la suya?
Que podamos vivir estos días en ambiente de oración, de ayuno y penitencia con un sentido anhelo de configurarnos con Cristo. Hoy, el ambiente lo hacemos los que creemos en Jesús, ya no esperemos que nos den programas religiosos en la televisión o en la radio como cuando éramos niños, es tiempo del testimonio y de animar la vida, de conducirla hacia Dios.
Domingo De Ramos. Lucas, 19, 28-40; Lucas 22, 14-23,56