P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social
Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito
La semana pasada pudimos reflexionar en torno a las grandes dificultades que tiene este tiempo en el cual vivimos para poder hacer presente lo que Jesús nos enseña. Veíamos que hay muchas dificultades que nos dividen y como ovejas sin pastor nos dispersamos y más aún, nos hacemos daño entre todos cuando no confiamos ni creemos en la conversión de los hermanos, o cuando no tenemos una disposición de servirlos en sus momentos de dolor en la enfermedad, en la solidaridad en los momentos de catástrofes como los terremotos que hemos sabido en estos días.
Hoy el Evangelio de san Juan nos invita a crecer en esta actitud que brota del mismo Dios. Dios es amor, nos dirá el evangelista en su carta. La belleza, el esplendor, el poderío de Dios no está en saber que él dirige toda la historia hacia un momento culminante de amor, sino en la comunicación diaria y en pequeños gestos de su inmenso sentimiento de cercanía, de pensar en el otro, de conmoverse con el otro, de querer hacerse el otro, que es el verdadero amor.
Un buen pastor, es aquel que sabe amar como el mismo Dios lo hace, con misericordia, mostrando de ese modo la gloria de Dios. Muchos hombres y mujeres se complacen en aquellos que tienen un corazón que sabe sentir como el otro y que sabe desvivirse por los demás con una sinceridad que hace presente el rostro de Dios. Es por eso que mucha gente sencilla se abanderiza con tal o cual persona: político, religioso, sacerdote, profesor, etc.; porque tiene una vocación que se nota. No busca su propio beneficio, sino que siempre y ante todo pone de relieve a otro, al que lo ha enviado, al Señor de su vida, que es Jesús.
Nuestro buen pastor, hoy nos entrega un mandamiento nuevo, que no anula la ley, sino que le da pleno sentido. Aquél que lee y comprende la historia del pueblo creyente como una experiencia de amor, devuelve en su vida lo que ha recibido. Cumple la ley no por una obligación sino que por un compromiso de amor. Jesús no nos enseña algo nuevo, sino que desempolva algo que los hombres olvidan siempre.
Es por amor que todo se ha hecho. Es por amor que alguien vive una vocación y se prepara de manera exigente y constante para servir ya sea en la salud, en la enseñanza, en la construcción, en las ciencias, en las artes; en todo lo que nos toca vivir.
Es muy distinto a lo que la mentalidad moderna nos ha hecho: hoy, muchos viven y desarrollan su vocación porque es “lo que me hace feliz”. Para el cristiano, la disposición es porque esto hará feliz a los demás, será fuente de vida nueva, de mundo nuevo, de creación nueva.
En esta semana, hemos despedido a un hombre que sirvió al país y fue su presidente en un momento crucial, y salió adelante porque él pensó en servir y en amar. No pensó en él, sino que su pensamiento estaba en su país y en sus habitantes que necesitaban paz, esperanza y país nuevo.
Que su ejemplo, que nacía del Señor Jesús, nos mueva a nosotros a mostrar la gloria de Dios en el amor que nos tenemos entre nosotros.
Quinto domingo de Pascua. Juan 13, 31-35