P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social
Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito
Volvemos en este domingo a contemplar la escena de la Última Cena de Jesús con sus discípulos. En una conversación íntima donde se abre el corazón para contar los secretos más importantes de la vida y donde se nota el inmenso cariño de Jesús por sus amigos: “Tengo muchas cosas que decirles…”, y que para comprender se requiere una ayuda que debe venir del mismo Dios, de la inspiración del Espíritu Santo que introduce en toda la verdad.
Jesús hace notar que ese Espíritu lo glorificará y que todo lo que es del Padre es mío, en una armoniosa visión de lo que cada una de las personas de la Santísima Trinidad es: el Padre creador, el Hijo imagen verdadera del Padre y el Espíritu consolador es quien anunciará y les aclarará todas las cosas.
La vida divina es la imagen perfecta de lo que una comunidad cualquiera debe ser. Y surge la invitación a vivir según la Santísima Trinidad donde cada persona hace su tarea, donde no se chocan ni existen envidias ni rivalidades; cada cual perfecciona al otro. La gloria de Dios se hace presente en cada uno de manera igual y perfecta.
Es una hermosa fiesta en donde se aprende a desarrollar el amor perfecto. Es bueno mirar la realidad para descubrir que tenemos mucho que crecer ya que no es raro encontrar a personas que lo primero que hacen es hablar mal de los que están junto a él aunque sus tareas perfeccionan la propia. Siempre se habla mal del vecino aunque su cercanía nos da seguridad porque cuida la casa cuando no se está, puede recibir recados y dártelos después, este compañero de curso a veces me cae mal pero su conocimiento me ayudó a mejorar en un ramo, etc.
La Santísima Trinidad es la fiesta de Dios comunidad, que no es un solitario mañoso que actúa según el genio de cada día: si está feliz nos premia; si está enojado nos castiga o pone pruebas. Dios no es un solterón. Es un Padre que junto al Hijo y al Espíritu Santo dialogan y crean, como aparece en el libro del Génesis en una conversación en la cual dicen: “Hagamos…”; es decir todo es compartido. Me ha tocado ver familias donde la relación es casi comercial: cada cual pone en plata lo que se come o usa; que triste es esta situación porque ahí no hay acogida ni cariño, sino únicamente una sobrevivencia. La vida de Dios en cambio es muy distinta porque se consagra a amar y lo hace de manera total: no piensa en si misma sino que siempre en el otro. Dios no espera agradecimiento por haber creado, así como Jesús no se preocupa de sí sino que su palabra es: perdónalos porque no saben lo que hacen y el Espíritu Santo los hace comprender todo y los envía por todos los rincones del mundo para que anuncien la Buena Nueva y bauticen en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
En tiempos de preparación de elecciones es bueno aprender de la Santísima Trinidad: en ella hay respeto por la vida del otro, no se habla del otro si no es para glorificarlo y para acompañarlo en la tarea común que es dar vida, que es animar a crecer y a ser perfectos como el Padre es perfecto.
Domingo de la Santísima Trinidad. Juan 16, 12-15.