P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social
Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito
Este domingo el texto que se nos regala para la meditación de nuestra vida nos presenta un pasaje que no es el de la Última cena sino que es el pasaje de la multiplicación de los panes. Es una escena que nos muestra la caridad pastoral de Jesús, que tiene una preocupación por el alimento integral del ser humano. Es decir, la salud humana requiere de todos los elementos para estar bien, no solo interesa el pan espiritual sino también el pan que alimenta el cuerpo; si falla uno de los dos está mal la salud de la persona. Se inicia con la predicación acerca del reino de Dios y con la sanación de todos los que necesitaban curarse de alguna enfermedad y culmina con la entrega de un alimento que ha salido de en medio de ellos que se bendice y alcanza para todos.
Es una muestra de la pedagogía divina que nos hace partícipes de su tarea salvadora. Nos regala todo pero necesita nuestra colaboración. El pan y los peces son frutos que surgen de Dios para la vida de los hombres, pero han sido recogidos por el trabajo humano y ofrecidos como dones que van haciendo día a día ese círculo de amor entre Dios y los hombres.
El padre Hurtado, San Alberto Hurtado, dice que “su vida es una misa prolongada” porque hace alusión a que lo vivido sacramentalmente no se puede quedar únicamente en el altar y en el interior de un templo, sino que ese sacrificio de la Eucaristía se hace vida en el trabajo diario de un hombre o mujer creyente. Hacer el bien, construir una casa, preparar el campo para los cultivos, tener la disposición de servir en la política o en salud, en educación, etc. siempre será un gesto de entrega a los demás porque se hace, o debería ser, sin otro interés sino que la gloria de Dios, que su amor se irradie a todos.
El joven que entrega los panes y los peces, en cierto modo muere a sí mismo y su gesto da vida a toda una multitud de hombres y mujeres con hambre.
Hoy celebramos la presencia real de Cristo en el Pan y el Vino consagrados, son su cuerpo y su sangre, don de Dios y promesa de estar siempre con nosotros, pero que requiere de la colaboración humana, si no la valoramos ni la vivimos, se puede perder su verdadero sentido y se puede perder su vivencia en un mundo que en muchas situaciones prescinde de Dios, que soluciona todos sus problemas con un simple llamado, con una tarjeta de crédito o con un buen contacto.
Les invito a meditar en este día y durante esta semana en lo que significa la Eucaristía para cada uno de ustedes. ¿Será solamente un momento mágico que me permite evadir situaciones difíciles? ¿Será una experiencia personal que al vivirla todos los problemas se solucionan de inmediato? ¿Será un encuentro con alguien que compromete mi vida cada día y me impulsa a dar una respuesta en la construcción del Reino de Dios?
Jesús está verdaderamente presente en el pan y el vino consagrado, pero esa Eucaristía vivida está verdaderamente presente en el trabajo diario de cada hombre y mujer que la extiende a todos los rincones y realidades del mundo.
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Lucas 9, 11-17