P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social
Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito
Iniciamos un camino junto a Jesús hacia Jerusalén, será un tema que nos acompañará durante muchos domingos de este año ya que Lucas presenta su evangelio con esta temática casi por veinte semanas. Seguramente muchos se plantean la vida de fe como un camino y la peregrinación o las procesiones que realizamos en diversos momentos de nuestra vida son signo de ese caminar junto a Jesús hacia Jerusalén, hacia el lugar que algunos rechazan como los samaritanos o al cual todos quieren ir como los judíos que peregrinaban todos los años para dar gracias a Dios y realizar el sacrificio debido. Al parecer es un tema de opciones profundas. Para los judíos es el lugar del encuentro con Yahveh, el Dios que nos ha creado, que nos cuida y acompaña siempre.
Durante estos días hemos acompañado a la selección de fútbol de Chile y todos esperamos que sea campeón, y fanáticos han hecho lo imposible por estar en esa cita del deporte; también se preparan para viajar quienes irán a las olimpiadas de Rio; con muchas esperanzas de que sea el lugar del triunfo, pero podría ser un lugar de derrota y de sufrimiento. Seguramente el deporte no es el mejor ejemplo pero, San Pablo lo usa para referirse a su propia peregrinación, a su camino hacia el propio Jerusalén de su vida y dice “he triunfado, he conservado la fe”.
La vida de Jesús es una peregrinación hacia el Padre, así también la vida de cada uno de nosotros y para realizarla hay reglas o condiciones que se pueden leer en el texto: la libertad que debe estar a la base de la decisión de ir tras de Jesús: que suele ser dolorosa cuando se plantea al futuro discípulo. La libertad debe ser total de todo tipo de bien material como la cama y también afectiva como el cariño por tus padres o parientes, y espiritual que implica una total adhesión al gran valor del Reino de Dios.
Para Jesús, estas exigencias son fundamentales para que el triunfo pueda llegar, sino se verá amenazados por los recuerdos, sentimientos, o personales inclinaciones que te desviarán del camino emprendido. Y todo discípulo debe estar dispuesto a asumirlo.
Como hemos dicho en otras ocasiones, lo que hace posible vivir estas exigencias son el movimiento de amor que brota en la experiencia cristiana, la certeza del amor del Padre y la respuesta que brota generosa del amor que hace que todo se considere una ganancia y no una pérdida. La vida sacerdotal, religiosa, matrimonial para algunos es una renuncia muy grande porque la ven desde fuera y desde las conveniencias del tiempo que se vive; pero para los que han respondido en cada una de ellas es únicamente asumir cada día como discípulo la tarea que recibes del Señor, no te duele ni te pesa. Es un yugo suave y que se vive con la alegría y con la apertura a la misericordia del Padre. De ahí que se pueda recordar a muchos que han sido fieles como son los santos y alguien muy cercano a nosotros como el Obispo Manuel Larraín a quien recordamos en estos días por su Pascua, seguramente hubo dificultades en su vida ministerial que lo hicieron sufrir, pero tomó el arado y se dispuso a caminar detrás de Jesús, se desprendió de todo: nombre, riqueza, fama y se hizo un discípulo fiel; un obispo preocupado y que llegó a la meta.
Décimo tercer domingo del año. Lucas 9, 51-62.